Un poeta varado en el estero.
Porque los pensamientos fluyen en el presente intangible, ya pasado, X intenta cabalgar sobre el delgado filo de la navaja, negando los abismos que se sitúan a ambos lados del corte, tratando de mantenerse en él, pese al riesgo de perecer demediado en dos mitades simétricas. Solo le salvará la levedad insoportable de su ser.
El camarero llega con el café; abrasa. Hace frio, mucho frio; abro el periódico y sus noticias, aún calientes, son pasado y por tanto más deprimentes aún, si cabe. Hay una ventana abierta y una ráfaga de aire me despeina desconsiderada. Los vendedores ambulantes se han volatizado y el camarero me cobra apresurado, exento ya del uniforme de hombreras doradas. Oigo la caída metálica de los cierres de la cantina, este lugar de reiteraciones; café con leche, vaso de agua, un vino, cerveza, bajando a la derecha, picar algo, bocadillo, jamón, queso, chorizo, tortilla, gracias, muchas gracias, de nada, adiós, ¿qué le debo?, resoplidos de la vieja y gigantesca cafetera, que exhala los cafés de doce en doce. Los muros parecen rezumar los ecos de estas palabras repetidas, lustro a lustro, por los viajeros, siempre repetidos, como los cromos para cambiar que guardábamos en la infancia. Viajantes de comercio, tratantes, campesinos, emigrantes, maestros en “itinere”, monjitas, fugitivos, policías de paisano, soldados de reemplazo y yo, yo mismo, que no vengo ni voy a ninguna parte, solo espero, espero paciente, como un lobo al acecho. Caigo en cuenta de que no se bien donde estoy, no lo recuerdo. El camarero ha desaparecido. Ha dejado una sola luz encendida, justo la que alumbra la gran cafetera. Se ha olvidado de cerrar la ventana. Debe ser Nochebuena; era por ahora. Oigo por la megafonía, de forma muy distorsionada por su propio eco, que hasta mañana a las diez no llegarán más trenes, que la estación se cierra. Que si queda alguien, tiene diez minutos para salir. Después soltarán los perros. No le hago caso, no me gusta que me amenacen; además, el cierre de la estación yo no lo tenía previsto. Pensaba pasar aquí la noche, como otras veces, sentado en este sillón metálico y con la cabeza apoyada sobre mis brazos. Lo mío es esperar. ¿Pero esperar a qué?. Inspiración, espero la inspiración. Quiero escribir el poema definitivo, el poema que salve a la humanidad de la inercia en que se mueve. Soy consciente de que ese día puede tardar.
Oigo ladridos; dos perros grises entran –por la ventana-, en la cantina en penumbra y vienen hacia mí. Me huelen y gruñen. Afortunadamente traen los bozales puestos y no me pueden morder. Siento que esto les frustra. Tratan de arañarme. Oigo el sonido agudo de un silbato, que les hace huir con el rabo entre las piernas. Son dos perros preciosos, tipo pastor alemán, pero no tan grandes. Son de color gris y blanco.
Ø - Buenas noches,- Dice alguien que entra por la ventana y que deduzco que es el guarda nocturno de la estación.
Ø - Buenas noches,- Contesto yo, como si tal cosa.
Ø - ¿No ha oído Vd. el aviso de cierre por megafonía?,- Me preguntó, dándose, ufano, aires de autoridad.
Ø - Pues no, la verdad,- Mentí con descaro.- Estaba dormido. Me despertaron los perros. ¡Que ejemplares tan bonitos! ¿Cómo se llaman?
Ø - Zipi y Zape.
Ø - Muy propio, ¿son hermanos?.
Ø - Sí, y muy traviesos cuando eran cachorros. Como los de los “comics”.
Ø - Bueno, Vd. sabe que no puede quedarse aquí. Está prohibido.
Ø - Hoy es Nochebuena, día excepcional. Tal día como hoy, nació Jesús.
Ø - No digo que no, pero el Reglamento no dice nada al respecto y, yo me debo al Reglamento.
Ø - Podemos cenar juntos.
Ø -¿Cenar, donde?.
Ø - Aquí mismo, en la Cantina. Mañana, cuando abran, yo pagaré lo que consumamos. Aún me queda dinero.
Ø - Y si se entera el Inspector…
Ø - No se enterará, y si lo hace, te ascenderá por haber sido humano en Nochebuena.
Ø - Bueno, acepto, pero con la condición de que sea Vd. quien pague las consumiciones cuando abran mañana la cantina.
Ø - Eso está hecho, generoso.
Buen chico el vigilante nocturno. Aún es muy joven; algún día aprenderá que la felicidad está en compartir.
Este soy yo en mi día bueno
martes, 30 de diciembre de 2008
lunes, 15 de diciembre de 2008
“Á cavera”
Galicia tiene un algo de “terra máxica”. Y lo digo porque, con bastante frecuencia acontecen cosas que.., bueno, a veces no son para contarlas. Yo lo voy a hacer porque estoy en deuda por vuestra comprensión hacia mi persona y os compadecéis de estas soledades que arrastro. Por estas embarradas sendas, tirando del ronzal de Á Coruña, mi acémila, no son sólo soledades lo que arrastro, que también arrastro la “pata chula” que dicen por la Castilla. El problema es que no puedo ir jinete de ella cuando va cargada de ajos y otras mercaderías. Yo sé que poder, puede, pero desde que ha aprendido que puede quejarse como cualquier otra “muller”, la hemos jodido. A cada paso que voy dando, voy cayendo en la cuenta de las cosas que van haciendo las brujas. Un ejemplo; la mula. No es que las mulas hablen, no. Eso no puede ser. Las mulas no hablan. La misma palabra lo dice, “mula”, o “semila”, que quiere decir que son bestias necias y por eso no pueden, ni deberían “falar”. El problema es que se ha metido una “meiga” dentro de ella y, esa puta, es la que la malea. Por eso muerde, cocea, se pone celosa. Pero, que no me oiga, entre nos; se la pienso vender al primer gitano que encuentre. “va se a xoder”.
No se si irme “pal” Paraguay. Las cosas que le pasan a uno aquí no se arreglan así como así. El otro día, sin ir más lejos, iba yo por una corredeira que atraviesa por mitad el cementerio Abreira. A mi no me importa cruzarlos, al fin y al cabo, yo hace tiempo que les perdí el respeto a esa jarca de ánimas, que son más falsas que judas. Pues bien, justo en mi camino, cortándome el paso, veo un bulto en el suelo –era ya noche cerrada-, y oigo que “sime” ah, ah,…y le mandé una patada con la pata tiesa para que se quitase de en medio. Pero claro, con la pierna mala no calculo la fuerza, por lo que aquello, lo que fuera, “a” o “x”, se rompió en mil pedazos. Yo seguí mi camino sin más. Pero no, la cosa no paró en eso. Un par de días después, estando yo en Carballino, cenándome una “carne o caldeiro”, quedé pasmado; una “cavera”, que llegó como sí nada, saltó sobre la mesa y dijo:
- “Boas noites”. –Calva si que lo era, pero aún le quedaban unos cuantos pelos.
- “Boas noites”, —contesté yo, disimulando y como la cosa mas natural del mundo. –sí quiere cenar le digo a la Xenara que le ponga plato.
- Mira, voy decirte una cosa. El otro día me faltaste al respeto en el cementerio de Abreira, me diste una patada y me esparciste por el barro.
- Algo harías, digo yo….Estar en el paso, estorbando. Además, yo no sabía qué era aquello. Tienes que ponerte en mi lugar, con tanta “bruxa” suelta que anda por ahí, a esas horas, con esta pata a la rastra, la acémila, que la tengo embrujada….no se lo que hubieras hecho tú en mi lugar.
- Yo estaba agonizante…He tardado ochenta años en morirme… Y de pronto, llegas tú y me arreas una patada.
- Pues anda que si te la da Á Coruña….
- Bueno, o me indemnizas o te pongo denuncia en Magistratura.
- “Vamos falar, vamos falar”…” tú non sabes con quen tas falando….”
El asunto se cerró con el compromiso por mi parte, que, amén de pagarle unas cuantas copas de orujo, del pago por anticipado en la Rectoral de su pueblo, de ¡sesenta misas! por la salvación de su ánima. Eso sí, me reconoció que había sido muy pecador.
Al final quedamos amigos y hasta me recomendó un “conxuro” para sacarle la bruja del cuerpo a la pobre mula. “O conxuro do congrio” me dijo que se llama.
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Galicia tiene un algo de “terra máxica”. Y lo digo porque, con bastante frecuencia acontecen cosas que.., bueno, a veces no son para contarlas. Yo lo voy a hacer porque estoy en deuda por vuestra comprensión hacia mi persona y os compadecéis de estas soledades que arrastro. Por estas embarradas sendas, tirando del ronzal de Á Coruña, mi acémila, no son sólo soledades lo que arrastro, que también arrastro la “pata chula” que dicen por la Castilla. El problema es que no puedo ir jinete de ella cuando va cargada de ajos y otras mercaderías. Yo sé que poder, puede, pero desde que ha aprendido que puede quejarse como cualquier otra “muller”, la hemos jodido. A cada paso que voy dando, voy cayendo en la cuenta de las cosas que van haciendo las brujas. Un ejemplo; la mula. No es que las mulas hablen, no. Eso no puede ser. Las mulas no hablan. La misma palabra lo dice, “mula”, o “semila”, que quiere decir que son bestias necias y por eso no pueden, ni deberían “falar”. El problema es que se ha metido una “meiga” dentro de ella y, esa puta, es la que la malea. Por eso muerde, cocea, se pone celosa. Pero, que no me oiga, entre nos; se la pienso vender al primer gitano que encuentre. “va se a xoder”.
No se si irme “pal” Paraguay. Las cosas que le pasan a uno aquí no se arreglan así como así. El otro día, sin ir más lejos, iba yo por una corredeira que atraviesa por mitad el cementerio Abreira. A mi no me importa cruzarlos, al fin y al cabo, yo hace tiempo que les perdí el respeto a esa jarca de ánimas, que son más falsas que judas. Pues bien, justo en mi camino, cortándome el paso, veo un bulto en el suelo –era ya noche cerrada-, y oigo que “sime” ah, ah,…y le mandé una patada con la pata tiesa para que se quitase de en medio. Pero claro, con la pierna mala no calculo la fuerza, por lo que aquello, lo que fuera, “a” o “x”, se rompió en mil pedazos. Yo seguí mi camino sin más. Pero no, la cosa no paró en eso. Un par de días después, estando yo en Carballino, cenándome una “carne o caldeiro”, quedé pasmado; una “cavera”, que llegó como sí nada, saltó sobre la mesa y dijo:
- “Boas noites”. –Calva si que lo era, pero aún le quedaban unos cuantos pelos.
- “Boas noites”, —contesté yo, disimulando y como la cosa mas natural del mundo. –sí quiere cenar le digo a la Xenara que le ponga plato.
- Mira, voy decirte una cosa. El otro día me faltaste al respeto en el cementerio de Abreira, me diste una patada y me esparciste por el barro.
- Algo harías, digo yo….Estar en el paso, estorbando. Además, yo no sabía qué era aquello. Tienes que ponerte en mi lugar, con tanta “bruxa” suelta que anda por ahí, a esas horas, con esta pata a la rastra, la acémila, que la tengo embrujada….no se lo que hubieras hecho tú en mi lugar.
- Yo estaba agonizante…He tardado ochenta años en morirme… Y de pronto, llegas tú y me arreas una patada.
- Pues anda que si te la da Á Coruña….
- Bueno, o me indemnizas o te pongo denuncia en Magistratura.
- “Vamos falar, vamos falar”…” tú non sabes con quen tas falando….”
El asunto se cerró con el compromiso por mi parte, que, amén de pagarle unas cuantas copas de orujo, del pago por anticipado en la Rectoral de su pueblo, de ¡sesenta misas! por la salvación de su ánima. Eso sí, me reconoció que había sido muy pecador.
Al final quedamos amigos y hasta me recomendó un “conxuro” para sacarle la bruja del cuerpo a la pobre mula. “O conxuro do congrio” me dijo que se llama.
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domingo, 14 de diciembre de 2008
MUERTES IMPROBABLES, PERO NO IMPOSIBLES
MUERTES IMPROBABLES PERO POSIBLES.
Ludovico Pio ha nacido con marcadas tendencias ubicuas. Esta faceta de su carácter le permitía, entre otras cosas, simultanear varios empleos, con los que se ganaba la vida de forma más que aceptable. A ello le ayudaba otra cualidad de su carácter, un gran desparpajo y simpatía
Su principal empleo era el de limpiabotas de sala en el bar del Palase, trabajo que requería de unas cualidades especiales; léase buen porte, limpieza, habilidad, simpatía y discreción; amén de otras no menos importantes. También fue intendente de campo del Sr. Marqués de la Garriga, (Moncho Puchades) en los ambientes de la Jet Set. Gracias a él, D. Ramón presumía de los mejores “tacos” en las cacerías a las que solía acudir y organizar. Estos tacos se sustanciaban en unas suculentas tortillas de patata, lomo y chorizo de orza, (que el mismo aliña y prepara), elección del vino adecuado y otros manjares y menesteres afines, tales como la munición adecuada para las escopetas del Sr. Marqués (munición de boca y arma, suele decirse).
Moncho Garriga, (D. Ramón) tenía una gran afición al agua de Carabaña, que tenía por mágica. Idea inducida por Ludovico, que le hizo creer, a pie juntillas, que tenía propiedades afrodisiacas a la vez que depurativas, por lo qué, en sus puestos de rececho, nunca faltaba líquido de este manantial. También ocurría que el esnobismo del aristócrata, además de venados y otros cérvidos, le llevaba a cazar “Dianas Atolondradas”, con las que gustaba holgar en la floresta, cual lúdico silvano, podría decirse. Pero, ¡un respeto!, en este tipo de cosas Ludovico no intervenía, no mediaba. Hasta aquí podríamos llegar, solía decir para sus adentros. Este pundonor castellano admiraba enormemente al infanzón ampurdanés, Marqués de la Garriga, descendiente directo de Roger de Flor y emparentado con la más rancia aristocracia catalana. Hombre garrido por demás, D. Ramón tiene varias amantes entre las damas asistentes asiduas a las cacerías, por lo que goza de gran predicamento entre las –a decir de las beatas-, casquivanas de la Jet. Con ello quiero deciros qué, un hombre así, no necesita alcahuetes.
La casualidad quiso que aquél día, poco antes de la berrea, en una de sus jornadas de caza en un coto, en los Montes de Toledo, mientras esperaba sentado en su puesto, con la paciencia y el silencio necesarios para este tipo de caza, recibió la visita de una de sus linajudas amigas. Con su penetrante y estimulante “Coco Chanel”, su atuendo verde caza y su gorrito tirolés, bajo el que asomaban los rubios bucles, Moncho se puso como una moto. Pero tan nervioso estaba, que en lugar de ofrecerle una copita de cava, que se enfriaba en la champanera de campaña, prevista por el inefable Ludovico, le ofreció un vasito de Carabaña, con la intención de estimular su libido, infalible remedio, que en sus propias carnes siempre había funcionado a la perfección.
Ni que decir tiene que aquello fue una metedura de pata, pues la señora en cuestión y cuyo nombre no damos por razones obvias, tuvo un subidón y allí mismo, se arrojó en sus brazos y comenzaron a hacer el amor con enorme desenfreno, ahuyentando con sus espasmódicos alaridos, a las más que probables piezas de caza, creándose en la mente del amante cazador un sentimiento encontrado, de placer carnal y de frustración de su otra gran pasión, la caza. Esto, unido a los múltiples vegueros que se fumaba cada día, hizo que su corazón se partiera en dos, teniendo una agonía indescriptible, provocada por un IAM, (infarto agudo de miocardio). Se puede decir que D. Ramón murió con las polainas puestas.
La posterior reacción del agua en los intestinos de su amante póstuma se salvó gracias a los buenos oficios de Ludovico Pio, que proveyó a la dama del indispensable papel higiénico de triple capa y que ostentaba el anagrama del Gran Hotel.
Ludovico Pio ha nacido con marcadas tendencias ubicuas. Esta faceta de su carácter le permitía, entre otras cosas, simultanear varios empleos, con los que se ganaba la vida de forma más que aceptable. A ello le ayudaba otra cualidad de su carácter, un gran desparpajo y simpatía
Su principal empleo era el de limpiabotas de sala en el bar del Palase, trabajo que requería de unas cualidades especiales; léase buen porte, limpieza, habilidad, simpatía y discreción; amén de otras no menos importantes. También fue intendente de campo del Sr. Marqués de la Garriga, (Moncho Puchades) en los ambientes de la Jet Set. Gracias a él, D. Ramón presumía de los mejores “tacos” en las cacerías a las que solía acudir y organizar. Estos tacos se sustanciaban en unas suculentas tortillas de patata, lomo y chorizo de orza, (que el mismo aliña y prepara), elección del vino adecuado y otros manjares y menesteres afines, tales como la munición adecuada para las escopetas del Sr. Marqués (munición de boca y arma, suele decirse).
Moncho Garriga, (D. Ramón) tenía una gran afición al agua de Carabaña, que tenía por mágica. Idea inducida por Ludovico, que le hizo creer, a pie juntillas, que tenía propiedades afrodisiacas a la vez que depurativas, por lo qué, en sus puestos de rececho, nunca faltaba líquido de este manantial. También ocurría que el esnobismo del aristócrata, además de venados y otros cérvidos, le llevaba a cazar “Dianas Atolondradas”, con las que gustaba holgar en la floresta, cual lúdico silvano, podría decirse. Pero, ¡un respeto!, en este tipo de cosas Ludovico no intervenía, no mediaba. Hasta aquí podríamos llegar, solía decir para sus adentros. Este pundonor castellano admiraba enormemente al infanzón ampurdanés, Marqués de la Garriga, descendiente directo de Roger de Flor y emparentado con la más rancia aristocracia catalana. Hombre garrido por demás, D. Ramón tiene varias amantes entre las damas asistentes asiduas a las cacerías, por lo que goza de gran predicamento entre las –a decir de las beatas-, casquivanas de la Jet. Con ello quiero deciros qué, un hombre así, no necesita alcahuetes.
La casualidad quiso que aquél día, poco antes de la berrea, en una de sus jornadas de caza en un coto, en los Montes de Toledo, mientras esperaba sentado en su puesto, con la paciencia y el silencio necesarios para este tipo de caza, recibió la visita de una de sus linajudas amigas. Con su penetrante y estimulante “Coco Chanel”, su atuendo verde caza y su gorrito tirolés, bajo el que asomaban los rubios bucles, Moncho se puso como una moto. Pero tan nervioso estaba, que en lugar de ofrecerle una copita de cava, que se enfriaba en la champanera de campaña, prevista por el inefable Ludovico, le ofreció un vasito de Carabaña, con la intención de estimular su libido, infalible remedio, que en sus propias carnes siempre había funcionado a la perfección.
Ni que decir tiene que aquello fue una metedura de pata, pues la señora en cuestión y cuyo nombre no damos por razones obvias, tuvo un subidón y allí mismo, se arrojó en sus brazos y comenzaron a hacer el amor con enorme desenfreno, ahuyentando con sus espasmódicos alaridos, a las más que probables piezas de caza, creándose en la mente del amante cazador un sentimiento encontrado, de placer carnal y de frustración de su otra gran pasión, la caza. Esto, unido a los múltiples vegueros que se fumaba cada día, hizo que su corazón se partiera en dos, teniendo una agonía indescriptible, provocada por un IAM, (infarto agudo de miocardio). Se puede decir que D. Ramón murió con las polainas puestas.
La posterior reacción del agua en los intestinos de su amante póstuma se salvó gracias a los buenos oficios de Ludovico Pio, que proveyó a la dama del indispensable papel higiénico de triple capa y que ostentaba el anagrama del Gran Hotel.
BERNARDINA
Bernardina
Dejó de llover y empezó a nevar; las canales de los tejados seguían evacuando el agua a la vez que iban tomando un color blanquecino, como pieles de grandes toros cárdenos, manchadas de blanco y negro. El humo que salía de las chimeneas distorsionaba esta imagen, dándole un aire preñado de vida. Los tapiales de calicanto que forman las pequeñas casas chorreaban agua y los tordos apenas se atrevían a asomar sus cabecitas desde sus refugios en las oquedades de las piedras. Desde los cercanos olivares se oían los maullidos de mochuelos y milanos. Los gorriones, más audaces, saludaban alegres mientras picoteaban las boñigas, aún calientes, de las vacas. Eran las yuntas de los carreteros que salían a los campos para el acarreo de leñas para las matanzas y los hornos del pan. Eran precedidos por las piaras de cabras y los rebaños de ovejas, que salían de sus majadas, habilitadas en la misma aldea para mejor defensa ante los ataques del lobo. Los perros ponían aún más confusión al conjunto, con su duelo de fieros y desaforados ladridos. Como contrapunto, un coro de gallos cacareaba en los corrales.
Bernardina había madrugado mucho aquel día. Tenía que ir al arroyo a lavar la ropa de D. Ruperto, el cura. El agua estaría muy fría y las manos le dolían por la artritis que le deformaba los dedos. Ojalá saliera el Sol, pensaba, á la vez que recitaba una jaculatoria que le había enseñado su madre. Hacía ya algunos años que se había quedado viuda. Bernabé, su marido, había muerto de una pulmonía doble, le había asegurado D. Servando, el médico. Se había quedado sola en este valle de lágrimas e Iba saliendo adelante como podía; como lavandera y niñera. También hacía las veces de ayudante de comadrona. Era una persona muy apreciada por su bondad y buen conformar. También era llamada para ayudar con las mortajas cuando alguien fallecía. A sus setenta años ya había acumulado una gran experiencia en todos estos menesteres.
Cuando salía de la casa de la Tía Capitana de comprar su cuartillo de leche de cabra para el desayuno, oyó el triste y solemne toque de ambas campanas, -ding dong- ding dong- ding dong- -dong…… Como movida por un resorte levantó la vista hacia el campanario y se sintió sorprendida de que alguien hubiera muerto y que ella se hubiera enterado por el tañido de campanas. Miró a su alrededor y no vio a nadie a quién preguntar. El toque a muerto seguía sonado. Llevaba unos días que se sentía cansada y lo achacó al reuma que le tenía los tobillos y rodillas tan hinchados.
Encaminó sus pasos hacia la tahona y se cruzó con la Eufemia, la mujer del panadero. Tiraba del ramal de su acémila, con los serones llenos de hogazas de pan. Era pan candeal y pan canedo, para los pastores y sus mastines, cuyos rebaños trashumantes pasaban su invernada en las Dehesas del Águila, al resguardo de las ventiscas. Bernardina se sintió dolida por la indiferencia de Eufemia, que no respondió a su saludo. No tuvo ocasión de preguntarle quien era el difunto de aquella mañana.
Cuando salió de comprar su libreta de pan vio venir al Mayordomo de la Hermandad de Entierros con uno de los acólitos. Les oyó comentar: pobre Bernardina, tan buena mujer como era. Somos muchos los que la echaremos de menos. Ella se sintió mareada y prefirió no preguntar nada. Les siguió por las embarradas callejuelas que conducían a su casa. Cuando vio al Mayordomo y su acólito entrar en su casa, el corazón le dio un vuelco y un llanto desconsolado le vino a la garganta. Supo en ese instante que en esa ocasión lloraba por sí misma, por su propia muerte.
Descanse en paz Bernardina, se oyó decir al Mayordomo. Descanse en paz, secundó el acólito.
Dejó de llover y empezó a nevar; las canales de los tejados seguían evacuando el agua a la vez que iban tomando un color blanquecino, como pieles de grandes toros cárdenos, manchadas de blanco y negro. El humo que salía de las chimeneas distorsionaba esta imagen, dándole un aire preñado de vida. Los tapiales de calicanto que forman las pequeñas casas chorreaban agua y los tordos apenas se atrevían a asomar sus cabecitas desde sus refugios en las oquedades de las piedras. Desde los cercanos olivares se oían los maullidos de mochuelos y milanos. Los gorriones, más audaces, saludaban alegres mientras picoteaban las boñigas, aún calientes, de las vacas. Eran las yuntas de los carreteros que salían a los campos para el acarreo de leñas para las matanzas y los hornos del pan. Eran precedidos por las piaras de cabras y los rebaños de ovejas, que salían de sus majadas, habilitadas en la misma aldea para mejor defensa ante los ataques del lobo. Los perros ponían aún más confusión al conjunto, con su duelo de fieros y desaforados ladridos. Como contrapunto, un coro de gallos cacareaba en los corrales.
Bernardina había madrugado mucho aquel día. Tenía que ir al arroyo a lavar la ropa de D. Ruperto, el cura. El agua estaría muy fría y las manos le dolían por la artritis que le deformaba los dedos. Ojalá saliera el Sol, pensaba, á la vez que recitaba una jaculatoria que le había enseñado su madre. Hacía ya algunos años que se había quedado viuda. Bernabé, su marido, había muerto de una pulmonía doble, le había asegurado D. Servando, el médico. Se había quedado sola en este valle de lágrimas e Iba saliendo adelante como podía; como lavandera y niñera. También hacía las veces de ayudante de comadrona. Era una persona muy apreciada por su bondad y buen conformar. También era llamada para ayudar con las mortajas cuando alguien fallecía. A sus setenta años ya había acumulado una gran experiencia en todos estos menesteres.
Cuando salía de la casa de la Tía Capitana de comprar su cuartillo de leche de cabra para el desayuno, oyó el triste y solemne toque de ambas campanas, -ding dong- ding dong- ding dong- -dong…… Como movida por un resorte levantó la vista hacia el campanario y se sintió sorprendida de que alguien hubiera muerto y que ella se hubiera enterado por el tañido de campanas. Miró a su alrededor y no vio a nadie a quién preguntar. El toque a muerto seguía sonado. Llevaba unos días que se sentía cansada y lo achacó al reuma que le tenía los tobillos y rodillas tan hinchados.
Encaminó sus pasos hacia la tahona y se cruzó con la Eufemia, la mujer del panadero. Tiraba del ramal de su acémila, con los serones llenos de hogazas de pan. Era pan candeal y pan canedo, para los pastores y sus mastines, cuyos rebaños trashumantes pasaban su invernada en las Dehesas del Águila, al resguardo de las ventiscas. Bernardina se sintió dolida por la indiferencia de Eufemia, que no respondió a su saludo. No tuvo ocasión de preguntarle quien era el difunto de aquella mañana.
Cuando salió de comprar su libreta de pan vio venir al Mayordomo de la Hermandad de Entierros con uno de los acólitos. Les oyó comentar: pobre Bernardina, tan buena mujer como era. Somos muchos los que la echaremos de menos. Ella se sintió mareada y prefirió no preguntar nada. Les siguió por las embarradas callejuelas que conducían a su casa. Cuando vio al Mayordomo y su acólito entrar en su casa, el corazón le dio un vuelco y un llanto desconsolado le vino a la garganta. Supo en ese instante que en esa ocasión lloraba por sí misma, por su propia muerte.
Descanse en paz Bernardina, se oyó decir al Mayordomo. Descanse en paz, secundó el acólito.
Historias del Tabernario
Historias del Tabernario
- Colores, ¡pon de beber! Somos cinco.
- Tranquilo Corea, que ya voy.
Colores, el anciano tabernero, curtido por muchos inviernos y por el trato con los rudos bebedores de su aguardiente de
El bebedor tempranero suele ser de tiro rápido; se echa la copa al coleto de un solo trago y gusta de chasquear la lengua, soltando una especie de “trallazo”, mostrando así su gran satisfacción por el “latigazo” ingerido. Son gente impaciente, que exige rapidez en el servicio. Ello obedece a que sus organismos reclaman sus primeras dosis de alcohol. Lo demuestran cuando, al entrar en la taberna, vienen ateridos por el relente, como entumecidos. Si la primera copa viene rápido, la segunda vendrá antes, parece que reflexionan.
- Colores, eres el mejor. Ya quisiera ese perico de Chicote que dicen que hay en los madriles. –Cacareó eufórico el “Verraco de Corea”, que así se apodaba el feligrés que había pedido la ronda, para, segundos después, soltar el chasquido de rigor, que fue secundado por sus comparsas con pequeñas variables-
- ¡Pon otra, Colorao!, que ésta es mía. –Soltó el Tío Mameluco, veterano en la ronda del aguardiente. Cuarenta años o más, solía afirmar. Mientras así decía, sacó la petaca y ofreció picadura a los compañeros.
- Corea, paga. –Le dijo Pirón, otro cofrade-, que luego te olvidas.
- Quién fue a hablar…El que no tiene palabras.-Así dijo Corea, a la vez que, con cierta pomposidad sacaba de su pelliza un enorme billetero, del que extrajo dos billetes de una peseta, el coste de la ronda de cinco copas, a cuarenta céntimos cada una.
Piron tenía fama de bruto. Parece ser qué, cuando llegaba a casa, borracho, requería de amores a su sufrida mujer - con la que, pese a no tener hijos, convivía desde hacía largos años-, y si le rechazaba, en venganza, se subía al tejado, se abrazaba a la chimenea y, simulando que fornicaba, la echaba abajo, llenando el hogar de cascotes y escombro. Sobrio era una bellísima persona.
La peña siguió tomando sus copitas, hasta completar las cinco cabales. Cada uno pagó su ronda y, de pronto, alguien soltó un órdago.
- Colores, pon otra y que se cague el cielo. ¡Pinta en bastos!
A la vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, Colores, el tabernero, trató de moderar la situación. Era el Corea, que se había sentido provocado por el tío Pirón. El tema era que, al pedirse otra ronda, los restantes estaban obligados a corresponder. El tener que pagar las rondas siguientes tampoco era todo el problema. Lo malo estaba en tener que beber otras cinco copas cada uno. Negarse era una especie de deshonra, pues se tocaba el pundonor de cada uno de ellos, en lo tocante a dinero y, lo que es peor, a su hombría,-yo aguanto más, ergo, yo soy más macho. Diez copas de aguardiente secuestraban su discernimiento, por lo que seguirían otras cinco y, así, hasta quedar tirados por los suelos.
- Oye, Corea, somos amigos y por eso te voy a decir una cosa. Tienes muchas cabras recién paridas y otras que en estos momentos estarán pariendo, el ganado te necesita, anoche les diste la sal y están muertas de sed. Tienes que echarlas al agua. Tú eres el mejor cabrero de la comarca y lo sabes mejor que nadie. Tus compañeros también tienen sus obligaciones y tienen que ir a sus tareas. ¡Es que no te haces cargo, coño!
- Pon otra ronda.- Lo dijo con un rono ronco, arrastrando las erres, como un macho cabrío cuando se encabrita. Aquel tono era inapelable. Todos lo sabían. Podían entrar en juego las cabriteras. O los garrotes.
- ¡Que la ponga!, saltó Pirón, que este no tiene media hostia. –Se refería a Corea, que efectivamente, pese a ser corajudo y violento, era petiso y se libró de la mili por la talla.
De forma imprevista, Corea le saltó por la espalda y con la cabritera, (de 108 girodias), le cortó la gorja, degollándole. Quedó tendido en un charco de sangre. Sus mal pronunciadas palabras, sin resuello, fueron algo así como… “Te espero en los piornales, barraco de mierda...”
- Colores, ¡pon de beber! Somos cinco.
- Tranquilo Corea, que ya voy.
Colores, el anciano tabernero, curtido por muchos inviernos y por el trato con los rudos bebedores de su aguardiente de
El bebedor tempranero suele ser de tiro rápido; se echa la copa al coleto de un solo trago y gusta de chasquear la lengua, soltando una especie de “trallazo”, mostrando así su gran satisfacción por el “latigazo” ingerido. Son gente impaciente, que exige rapidez en el servicio. Ello obedece a que sus organismos reclaman sus primeras dosis de alcohol. Lo demuestran cuando, al entrar en la taberna, vienen ateridos por el relente, como entumecidos. Si la primera copa viene rápido, la segunda vendrá antes, parece que reflexionan.
- Colores, eres el mejor. Ya quisiera ese perico de Chicote que dicen que hay en los madriles. –Cacareó eufórico el “Verraco de Corea”, que así se apodaba el feligrés que había pedido la ronda, para, segundos después, soltar el chasquido de rigor, que fue secundado por sus comparsas con pequeñas variables-
- ¡Pon otra, Colorao!, que ésta es mía. –Soltó el Tío Mameluco, veterano en la ronda del aguardiente. Cuarenta años o más, solía afirmar. Mientras así decía, sacó la petaca y ofreció picadura a los compañeros.
- Corea, paga. –Le dijo Pirón, otro cofrade-, que luego te olvidas.
- Quién fue a hablar…El que no tiene palabras.-Así dijo Corea, a la vez que, con cierta pomposidad sacaba de su pelliza un enorme billetero, del que extrajo dos billetes de una peseta, el coste de la ronda de cinco copas, a cuarenta céntimos cada una.
Piron tenía fama de bruto. Parece ser qué, cuando llegaba a casa, borracho, requería de amores a su sufrida mujer - con la que, pese a no tener hijos, convivía desde hacía largos años-, y si le rechazaba, en venganza, se subía al tejado, se abrazaba a la chimenea y, simulando que fornicaba, la echaba abajo, llenando el hogar de cascotes y escombro. Sobrio era una bellísima persona.
La peña siguió tomando sus copitas, hasta completar las cinco cabales. Cada uno pagó su ronda y, de pronto, alguien soltó un órdago.
- Colores, pon otra y que se cague el cielo. ¡Pinta en bastos!
A la vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, Colores, el tabernero, trató de moderar la situación. Era el Corea, que se había sentido provocado por el tío Pirón. El tema era que, al pedirse otra ronda, los restantes estaban obligados a corresponder. El tener que pagar las rondas siguientes tampoco era todo el problema. Lo malo estaba en tener que beber otras cinco copas cada uno. Negarse era una especie de deshonra, pues se tocaba el pundonor de cada uno de ellos, en lo tocante a dinero y, lo que es peor, a su hombría,-yo aguanto más, ergo, yo soy más macho. Diez copas de aguardiente secuestraban su discernimiento, por lo que seguirían otras cinco y, así, hasta quedar tirados por los suelos.
- Oye, Corea, somos amigos y por eso te voy a decir una cosa. Tienes muchas cabras recién paridas y otras que en estos momentos estarán pariendo, el ganado te necesita, anoche les diste la sal y están muertas de sed. Tienes que echarlas al agua. Tú eres el mejor cabrero de la comarca y lo sabes mejor que nadie. Tus compañeros también tienen sus obligaciones y tienen que ir a sus tareas. ¡Es que no te haces cargo, coño!
- Pon otra ronda.- Lo dijo con un rono ronco, arrastrando las erres, como un macho cabrío cuando se encabrita. Aquel tono era inapelable. Todos lo sabían. Podían entrar en juego las cabriteras. O los garrotes.
- ¡Que la ponga!, saltó Pirón, que este no tiene media hostia. –Se refería a Corea, que efectivamente, pese a ser corajudo y violento, era petiso y se libró de la mili por la talla.
De forma imprevista, Corea le saltó por la espalda y con la cabritera, (de 108 girodias), le cortó la gorja, degollándole. Quedó tendido en un charco de sangre. Sus mal pronunciadas palabras, sin resuello, fueron algo así como… “Te espero en los piornales, barraco de mierda...”
sábado, 13 de diciembre de 2008
Los siguinentes serán en castellano.
(I swear it if´s necessary)
Crozenere,
Let’s pray to the Rain’s Goddess
Here am I, hidden and sick,
Amongst the thirsty sand,
Suffering your pitiless indifference,
A dusty sycamore’s shadow, tied to..
Whilst my eyes expecting are
To you, new rainbow of the thirsty land…
At the no name fields..
No gardens, no vineyards
No grapes, no roses
No harvest, no crops,
corollary yield.
No wheat’s heaps,
No bread, no milk
Myriads of famished beings
No meadows, just
Narrow lanes against
the green Wet Land.
Just forgotten graves…
a pair of thirsty wells…
no orchards, no hems
No garbage, no eggs.
Even not working wills.
Just legions of fat flies,
Nesting at the children eyes s
Just illness and dead…
Nobody shall drill the needs
Of water sources indeed
Within deep sand’s holes..
Just the sardonic sound of wind
Shacking old warriors with
Wounded bodies, empty mouths
The Kingdom of Nemesis, the
Arbitrary judge., revenge
Is deeding steel… by
Her hypocrite Hand.
Amongst the Warlords,
Drill men and ravens,
A merry brotherhood,
At all the noise of cries
Just their crocodile tears
To irrigate the scrap’s orchards
Were the children play
The lonely sycamore…..
… and the emptiness felt
Whilst my eyes expecting are
Chained, at sycamore’s
Holiness shadow,
By the hungry ants
Bitted and swallowed
A new Mosses, shall come
Throughout by the Nile’s junks
Pharisees might make
A new Holly Wood with
its branches, two just.
A New Golgotha, Advent.
Darwin’s Lordship might bring.
(I swear it if´s necessary)
Crozenere,
Let’s pray to the Rain’s Goddess
Here am I, hidden and sick,
Amongst the thirsty sand,
Suffering your pitiless indifference,
A dusty sycamore’s shadow, tied to..
Whilst my eyes expecting are
To you, new rainbow of the thirsty land…
At the no name fields..
No gardens, no vineyards
No grapes, no roses
No harvest, no crops,
corollary yield.
No wheat’s heaps,
No bread, no milk
Myriads of famished beings
No meadows, just
Narrow lanes against
the green Wet Land.
Just forgotten graves…
a pair of thirsty wells…
no orchards, no hems
No garbage, no eggs.
Even not working wills.
Just legions of fat flies,
Nesting at the children eyes s
Just illness and dead…
Nobody shall drill the needs
Of water sources indeed
Within deep sand’s holes..
Just the sardonic sound of wind
Shacking old warriors with
Wounded bodies, empty mouths
The Kingdom of Nemesis, the
Arbitrary judge., revenge
Is deeding steel… by
Her hypocrite Hand.
Amongst the Warlords,
Drill men and ravens,
A merry brotherhood,
At all the noise of cries
Just their crocodile tears
To irrigate the scrap’s orchards
Were the children play
The lonely sycamore…..
… and the emptiness felt
Whilst my eyes expecting are
Chained, at sycamore’s
Holiness shadow,
By the hungry ants
Bitted and swallowed
A new Mosses, shall come
Throughout by the Nile’s junks
Pharisees might make
A new Holly Wood with
its branches, two just.
A New Golgotha, Advent.
Darwin’s Lordship might bring.
LA SENDA
DECURSO DE MI VIDA SECRETA
Salgo con la determinación de tomar la senda. Hace ya mucho, mucho tiempo que no la transito. He decidido revivir viejos tiempos. La senda secreta arranca desde detrás de la iglesia y es necesario sobrepasar viejas cercas de piedra. Es verano, hace mucho calor. De trecho en trecho, las mudas de culebra bastarda penden de las cebadillas A mi paso, los lagartos que sestean corren asustados. Alfa, verde, con el rabo amputado, roto, por la pisada de algún perdido buey nocturno, huye, ágil sabandija, entre los abrojos resecos por el agosto. Las aulagas, dentadas y feroces, me desgarran al pasar Las hormigas, en cambio, con su cautiva voluntad, reiteran estoicas sus rutas de acarreo. Mientras las disolutas cigarras les miran con suficiencia lamartinea y se placen en molestarlas con su chirriar monocorde. Mientras, las urracas se nutren de su frenesí y emiten sus graznidos estertores, anodinos, cual el mascar del pedernal del trillo. Sigo caminando, apartando las zarzas a mi paso. Me detengo. Oigo música a lo lejos. Una música candorosa, ingenua. Suena una dulzaina pastoril. Después un caramillo y algo que parece un pífano de alguacil, no estoy seguro. Luego se hace zampoña…. La nostalgia de otros tiempos, melancolía.Es un cortejo nupcial que va hacia la iglesia. Mientras avanzo la música se aleja. Me voy acercando cada vez más. La oxidada puerta cede quejumbrosa ante mí. Me deja pasar sin reconocerme, como una vieja mandadera que ha perdido la memoria. Sigo avanzando por aquella vereda cada vez más agreste y al fondo diviso al fin el viejo palomar, viudo ya de palomas. Lo que queda de él me recuerda un anciano buitre, en posición de firmes. Al fin llego a él y subo dando el obligado rodeo. Entro agachando levemente la cabeza y las lágrimas secas fluyen a mis ojos. Aún quedan indelebles manchas de palomina en los estantes vacíos. Docenas de salamandras se disimulan en las máculas, otras huyen. Las miro de soslayo y noto que me observan y se compadecen, Mentalmente les doy las gracias. Aprendí una vez que cuando escapan, llaman al macho y buscan su apoyo. Me concentro y procuro viajar al pasado, recordar mis actos de contrición en aquel lugar. Al fin salgo secándome una lágrima que al fin logra licuarse y me dirijo, con el sol de cara, hacia las ruinas de lo que fueron los henares, las cuadras y el viejo serpentín tras la pequeña bodega. La puerta de la culebrina sigue cerrada. Yo recuerdo donde escondíamos la llave, entre las carcomidas tablas del cerco. Al tocarla siento un sobresalto. ¡Sigue aquí!. Tras varios intentos y esfuerzos logro abrir la pesada puerta de madera y entro. Ahora es un reino de arañas y gusarapos, Aún deben acudir las ratas parturientas, al tufo lácteo de los quesos rotos, que allí se guardaban, Cuantos recuerdos. El dorado serpentín de cobre aún sigue ahí. Parece un milagro. Salgo cerrando la puerta tras de mí y desando el camino. Debo llegar al pequeño camposanto donde resido. Espero que Cristino, el Sacristán de Responsos no haya aún cerrado la verja. El alborozo de la boda habrá hecho que se retrase y de esa forma no tendré que saltar la valla, algo casi imposible dadas mis menguadas fuerzas. Afortunadamente nadie me ha visto, - salud y dicha a los desposados-, Mis atuendos, andrajos de tela de araña hubieran delatado mi vida secreta.
27/10/2008, 11:48
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Salgo con la determinación de tomar la senda. Hace ya mucho, mucho tiempo que no la transito. He decidido revivir viejos tiempos. La senda secreta arranca desde detrás de la iglesia y es necesario sobrepasar viejas cercas de piedra. Es verano, hace mucho calor. De trecho en trecho, las mudas de culebra bastarda penden de las cebadillas A mi paso, los lagartos que sestean corren asustados. Alfa, verde, con el rabo amputado, roto, por la pisada de algún perdido buey nocturno, huye, ágil sabandija, entre los abrojos resecos por el agosto. Las aulagas, dentadas y feroces, me desgarran al pasar Las hormigas, en cambio, con su cautiva voluntad, reiteran estoicas sus rutas de acarreo. Mientras las disolutas cigarras les miran con suficiencia lamartinea y se placen en molestarlas con su chirriar monocorde. Mientras, las urracas se nutren de su frenesí y emiten sus graznidos estertores, anodinos, cual el mascar del pedernal del trillo. Sigo caminando, apartando las zarzas a mi paso. Me detengo. Oigo música a lo lejos. Una música candorosa, ingenua. Suena una dulzaina pastoril. Después un caramillo y algo que parece un pífano de alguacil, no estoy seguro. Luego se hace zampoña…. La nostalgia de otros tiempos, melancolía.Es un cortejo nupcial que va hacia la iglesia. Mientras avanzo la música se aleja. Me voy acercando cada vez más. La oxidada puerta cede quejumbrosa ante mí. Me deja pasar sin reconocerme, como una vieja mandadera que ha perdido la memoria. Sigo avanzando por aquella vereda cada vez más agreste y al fondo diviso al fin el viejo palomar, viudo ya de palomas. Lo que queda de él me recuerda un anciano buitre, en posición de firmes. Al fin llego a él y subo dando el obligado rodeo. Entro agachando levemente la cabeza y las lágrimas secas fluyen a mis ojos. Aún quedan indelebles manchas de palomina en los estantes vacíos. Docenas de salamandras se disimulan en las máculas, otras huyen. Las miro de soslayo y noto que me observan y se compadecen, Mentalmente les doy las gracias. Aprendí una vez que cuando escapan, llaman al macho y buscan su apoyo. Me concentro y procuro viajar al pasado, recordar mis actos de contrición en aquel lugar. Al fin salgo secándome una lágrima que al fin logra licuarse y me dirijo, con el sol de cara, hacia las ruinas de lo que fueron los henares, las cuadras y el viejo serpentín tras la pequeña bodega. La puerta de la culebrina sigue cerrada. Yo recuerdo donde escondíamos la llave, entre las carcomidas tablas del cerco. Al tocarla siento un sobresalto. ¡Sigue aquí!. Tras varios intentos y esfuerzos logro abrir la pesada puerta de madera y entro. Ahora es un reino de arañas y gusarapos, Aún deben acudir las ratas parturientas, al tufo lácteo de los quesos rotos, que allí se guardaban, Cuantos recuerdos. El dorado serpentín de cobre aún sigue ahí. Parece un milagro. Salgo cerrando la puerta tras de mí y desando el camino. Debo llegar al pequeño camposanto donde resido. Espero que Cristino, el Sacristán de Responsos no haya aún cerrado la verja. El alborozo de la boda habrá hecho que se retrase y de esa forma no tendré que saltar la valla, algo casi imposible dadas mis menguadas fuerzas. Afortunadamente nadie me ha visto, - salud y dicha a los desposados-, Mis atuendos, andrajos de tela de araña hubieran delatado mi vida secreta.
27/10/2008, 11:48
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jueves, 11 de diciembre de 2008
LA HUIDA DE LA MUSALLERA
La huida de la Musallera..
Éramos tres, pero tu popa se escoró a mi lado y acertaste; era más limpia de sofismas, más larga, más obrera..
Sigo intrigado por cual sería, entre nosotros, el chivato…Bien pudo ser aquel gallego taciturno, el baranda de la cafetería quién pudo filtrarle a la bofia los secretos planes del canario de las mancuernas. Si, aquél sedicente, “El Godo Chindasvinto”, supuesto infiltrado sandinista en el MLNC, aquél insufrible, con su colmillo de pantera engarzado en oro colgando de su torso peludo. Paradigma “freehole” donde los haya. Cuando se los llevó la social tú quedaste desamparada como un cervatillo. Mejía Godoy ya se había lucrado de tus perjumenes, mujer…que tú inspiraste con tus cántaros de miel..Pero antes hubo otro, el himeneo fue a los diez y siete, con tu profe de literatura, confesión espontanea por tu parte.Tu quedaste a mi merced, y me nutriste con la jalea de tus senos redondos de “madonna” renacentista y me embrujaste. ¿Hubo alguna vez algo más bello en este mundo sublunar?
Cuando te cansaste de maularme pusiste pies en polvorona y aprovechando que te presenté a Paul Kaloutian, el chef del “De Funi”, (haute cuisine libanaise), ¡ese alcahuete!, tomaste la nave fenicia y te largaste al castillo del Líder, Walid Jumblatt, “El Pragmático”. el druso. Su amor contigo lo compartía con su inseparable “Kalashnikow”..Y mientras de tus senos siguió manando esa miel con sabor a deliciosas ambrosías, fuiste su favorita. Cuando perdiste status en su serrallo huiste como alma que lleva el diablo y un buen día arribaste a Fiumicino y, con los mochos topacios del druso se compraste una villa en el “collis Aventinus” Toda una premonición. Un día coincidimos en el Café de París, en Vía Véneto. Yo me apretaba unos deliciosos spaghetti frutti di mare y, cuando te hice señas para saludarte, volviste la cabeza despectivamente. ¡Casquivana!.Te maldije con el peor de mis sortilegios y desde ese día un terrible surmenaje te aqueja Al salir, ya de madrugada, caminé dando tumbos por efecto de un despechado chianti espadachín y afrutado,…Un propagandista, estudiante de teología, me dio una invitación para un “topless” y me puse a ver tetas a todo pasto. Ni punto de comparación con las tuyas “cuore amoroso e sempiterno” Aquella noche aprendí uno de los grandes arcanos de la vida: “si disogna una donna, donna piu”, Balthasar Gracian lo dijo con más gracia.”Si quieres damas, da más” .En aquella Roma “post-felinica” comenzaste a dejarte ver por los parnasillos literarios. Ibas de caza, salamandra sibilina, al fin encontraste a tu tritón…que moraba todavía…D. Alberto te hizo su musa y para ti fue un honore. ¡Ay Carmela!..( questo sottovoce) en secreto, al alba, en el Campidoglio de Roma…
Te sigo amando cara Carmela…
Crocenere.
Éramos tres, pero tu popa se escoró a mi lado y acertaste; era más limpia de sofismas, más larga, más obrera..
Sigo intrigado por cual sería, entre nosotros, el chivato…Bien pudo ser aquel gallego taciturno, el baranda de la cafetería quién pudo filtrarle a la bofia los secretos planes del canario de las mancuernas. Si, aquél sedicente, “El Godo Chindasvinto”, supuesto infiltrado sandinista en el MLNC, aquél insufrible, con su colmillo de pantera engarzado en oro colgando de su torso peludo. Paradigma “freehole” donde los haya. Cuando se los llevó la social tú quedaste desamparada como un cervatillo. Mejía Godoy ya se había lucrado de tus perjumenes, mujer…que tú inspiraste con tus cántaros de miel..Pero antes hubo otro, el himeneo fue a los diez y siete, con tu profe de literatura, confesión espontanea por tu parte.Tu quedaste a mi merced, y me nutriste con la jalea de tus senos redondos de “madonna” renacentista y me embrujaste. ¿Hubo alguna vez algo más bello en este mundo sublunar?
Cuando te cansaste de maularme pusiste pies en polvorona y aprovechando que te presenté a Paul Kaloutian, el chef del “De Funi”, (haute cuisine libanaise), ¡ese alcahuete!, tomaste la nave fenicia y te largaste al castillo del Líder, Walid Jumblatt, “El Pragmático”. el druso. Su amor contigo lo compartía con su inseparable “Kalashnikow”..Y mientras de tus senos siguió manando esa miel con sabor a deliciosas ambrosías, fuiste su favorita. Cuando perdiste status en su serrallo huiste como alma que lleva el diablo y un buen día arribaste a Fiumicino y, con los mochos topacios del druso se compraste una villa en el “collis Aventinus” Toda una premonición. Un día coincidimos en el Café de París, en Vía Véneto. Yo me apretaba unos deliciosos spaghetti frutti di mare y, cuando te hice señas para saludarte, volviste la cabeza despectivamente. ¡Casquivana!.Te maldije con el peor de mis sortilegios y desde ese día un terrible surmenaje te aqueja Al salir, ya de madrugada, caminé dando tumbos por efecto de un despechado chianti espadachín y afrutado,…Un propagandista, estudiante de teología, me dio una invitación para un “topless” y me puse a ver tetas a todo pasto. Ni punto de comparación con las tuyas “cuore amoroso e sempiterno” Aquella noche aprendí uno de los grandes arcanos de la vida: “si disogna una donna, donna piu”, Balthasar Gracian lo dijo con más gracia.”Si quieres damas, da más” .En aquella Roma “post-felinica” comenzaste a dejarte ver por los parnasillos literarios. Ibas de caza, salamandra sibilina, al fin encontraste a tu tritón…que moraba todavía…D. Alberto te hizo su musa y para ti fue un honore. ¡Ay Carmela!..( questo sottovoce) en secreto, al alba, en el Campidoglio de Roma…
Te sigo amando cara Carmela…
Crocenere.
TOMAR EL OLIVO
Tomar el olivo también es huir….
Tiempo ha que descubrí que caminar en solitario por sendas y cañadas, por cuestas y vericuetos, en un triscar alegre y despreocupado, es antídoto infalible contra muchos de los males que afean nuestros cuerpos y espíritus…Ya se sabe, “mente sana in corpore insepulto”. Bromas aparte, sudar la camiseta es muy sano de suyo. Yo lo hago con una pequeña mochila a la espalda y me ayudo con un añoso cayado de pastor. No se trata de una garrote cualquiera. Lo gané a las tabas siendo niño. El zagal que lo perdió me aseguró que tenía por nombre “Matalobas” y que perteneció a su abuelo.
Pues bien, en uno de estos paseos iniciáticos por costaneras y barrancas, acaeció que tras una marcha de unas tres horas, fatigado ya, hice un alto para tomarme el bocadillo y darle un tiento a Disoluta, mi inseparable bota. Como podréis comprender, a esas alturas me resultaba tierna y acogedora como un seno de valkiria en el reposo del guerrero. Me había sentado a la sombra de un enebro pleno de aromáticas bayas. El suelo era un mullido césped por lo que no pude resistir la tentación de caer en brazos deMorfeo, que pese al nombre tiene multitud de fans y es un colega legal.
Recuerdo que tuve un sueño galante y muy movido.Me enamoraba de una rancherita, a la que juré que sin ella no me encontraba…que encogía..Parece ser que me propasé un poco. Me arreó un sopapo y me dijo que me lo montase con la Lupita.
Despertado por el bofetón, observé que se me había hecho tarde, que a los árboles les habían crecido las sombras desmesuradamente..y que el Astro Rey se había hecho tramontano, al esconderse en la falda occidental del cerro donde yo me encontraba..Decidí por ello regresar a casa pues no me hacía maldita la gracia andar de noche por aquellos andurriales, si, a pesar de la “Matalobas”..Me puse en marcha con la impronta del Sol a mis espaldas, marchando esta vez cuesta abajo y con el redoblado ánimo de quién camina a favor de querencia.
En ello estaba cuando en un recodo de la senda me di casi de bruces con un gigantesco toro negro que venía al trote ligero y qué, al verme en la luz crepuscular, enfiló hacia mí dando un aterrador bufido. En ese instante, la adrenalina multiplicó por diez mi instinto de supervivencia, dotándome de la astucia de un Lagartijo y la agilidad del Gallo. Me acordé del hambre y de las “cornás”, por lo que tomé el olivo dando un salto de medalla. Caí entre unos cardos dándome una costalada de antonomasia. ¡Que no se sepa!. Por efecto de la adrenalina, me levanté de un salto, justo a tiempo de ver como el morlaco, con un furioso arreón, arrancó de cuajo dos de los endebles postes de enebro que sostenían, precariamente, dicho sea, la malla conejera trás la que yo había saltado. El toro seguía muy encelado y vino hacía mi nuevamente como una apisonadora. Justo a mi espalda había como un pequeño laberinto de rocas, más o menos altas y entre las cuales el toro y yo comenzamos a jugar al escondite.La sensación de miedo y angustia fue terible y noté que mi corazón estaba a punto de estallar. Afortunadamente para mí, se trataba de un toro cojo, pero sin que esto fuera deméerito de su bravura. En su ciega furia, corneaba a las múltiples matas de altas retamas de las que yo me estaba valiendo para esquivarle. De pronto y como por arte de birlibirloque, sin que yo supiera de donde habían salido, dos perros bóxer se interpusieron y comenzaron a fajarse con el morlaco, haciéndole graciosos cortes y esquivos a aquellos impresionantes leños que adornaban la testud de aquel bicho.
Esto me salvó por el momento, pues cuando uno de los canes comenzó a hacerle cosquillas en sus partes nobles, tomó las de Villadiego y yo me vi libre de aquel terrible enemigo. Pero la cosa de mis “huidas” no queda aquí. Los dos boxes debieron pensar que también yo era un “toro escapao” por que se dieron media vuelta y la emprendieron conmigo. Pero esta vez cambió mi suerte. Apliqué la estrategia del jabalí, “culo en pared”, dando la espalda a una gran roca que por allí había. Intervino la “Matalobas”, y cuando la probaron vi que querían esconder sus diminutos rabos entre las patas y obtaron por ir en busca del toro para seguir jugando.
Cuando llegué al pueblo aún me temblaban las piernas. Estaba como si hubiera pasado la noche en un harén. Ya noche cerrada me topé con un anciano que venía con un enorme botijo de agua freca y mientras echaba un buen trago, pues falta me hacía, me contó que el toro no era otro que “El Indultao”, un mitico semental, terror de las cañadas, victima del síndrome del “palomo cojo”, y qué, emulando al Toro Murcia, padreaba una manada de tiernas vaquillas. Me aseguró que le indultaron por su papel en la Feria de Navalcarnero, donde mordió el polvo el famoso picador Juanito Picachina, que no era moco de pavo ni pelo de gorrina.
Les brindo este toro al respetable del Tintero, por su finura galana y su votos tan certeros.
Tiempo ha que descubrí que caminar en solitario por sendas y cañadas, por cuestas y vericuetos, en un triscar alegre y despreocupado, es antídoto infalible contra muchos de los males que afean nuestros cuerpos y espíritus…Ya se sabe, “mente sana in corpore insepulto”. Bromas aparte, sudar la camiseta es muy sano de suyo. Yo lo hago con una pequeña mochila a la espalda y me ayudo con un añoso cayado de pastor. No se trata de una garrote cualquiera. Lo gané a las tabas siendo niño. El zagal que lo perdió me aseguró que tenía por nombre “Matalobas” y que perteneció a su abuelo.
Pues bien, en uno de estos paseos iniciáticos por costaneras y barrancas, acaeció que tras una marcha de unas tres horas, fatigado ya, hice un alto para tomarme el bocadillo y darle un tiento a Disoluta, mi inseparable bota. Como podréis comprender, a esas alturas me resultaba tierna y acogedora como un seno de valkiria en el reposo del guerrero. Me había sentado a la sombra de un enebro pleno de aromáticas bayas. El suelo era un mullido césped por lo que no pude resistir la tentación de caer en brazos deMorfeo, que pese al nombre tiene multitud de fans y es un colega legal.
Recuerdo que tuve un sueño galante y muy movido.Me enamoraba de una rancherita, a la que juré que sin ella no me encontraba…que encogía..Parece ser que me propasé un poco. Me arreó un sopapo y me dijo que me lo montase con la Lupita.
Despertado por el bofetón, observé que se me había hecho tarde, que a los árboles les habían crecido las sombras desmesuradamente..y que el Astro Rey se había hecho tramontano, al esconderse en la falda occidental del cerro donde yo me encontraba..Decidí por ello regresar a casa pues no me hacía maldita la gracia andar de noche por aquellos andurriales, si, a pesar de la “Matalobas”..Me puse en marcha con la impronta del Sol a mis espaldas, marchando esta vez cuesta abajo y con el redoblado ánimo de quién camina a favor de querencia.
En ello estaba cuando en un recodo de la senda me di casi de bruces con un gigantesco toro negro que venía al trote ligero y qué, al verme en la luz crepuscular, enfiló hacia mí dando un aterrador bufido. En ese instante, la adrenalina multiplicó por diez mi instinto de supervivencia, dotándome de la astucia de un Lagartijo y la agilidad del Gallo. Me acordé del hambre y de las “cornás”, por lo que tomé el olivo dando un salto de medalla. Caí entre unos cardos dándome una costalada de antonomasia. ¡Que no se sepa!. Por efecto de la adrenalina, me levanté de un salto, justo a tiempo de ver como el morlaco, con un furioso arreón, arrancó de cuajo dos de los endebles postes de enebro que sostenían, precariamente, dicho sea, la malla conejera trás la que yo había saltado. El toro seguía muy encelado y vino hacía mi nuevamente como una apisonadora. Justo a mi espalda había como un pequeño laberinto de rocas, más o menos altas y entre las cuales el toro y yo comenzamos a jugar al escondite.La sensación de miedo y angustia fue terible y noté que mi corazón estaba a punto de estallar. Afortunadamente para mí, se trataba de un toro cojo, pero sin que esto fuera deméerito de su bravura. En su ciega furia, corneaba a las múltiples matas de altas retamas de las que yo me estaba valiendo para esquivarle. De pronto y como por arte de birlibirloque, sin que yo supiera de donde habían salido, dos perros bóxer se interpusieron y comenzaron a fajarse con el morlaco, haciéndole graciosos cortes y esquivos a aquellos impresionantes leños que adornaban la testud de aquel bicho.
Esto me salvó por el momento, pues cuando uno de los canes comenzó a hacerle cosquillas en sus partes nobles, tomó las de Villadiego y yo me vi libre de aquel terrible enemigo. Pero la cosa de mis “huidas” no queda aquí. Los dos boxes debieron pensar que también yo era un “toro escapao” por que se dieron media vuelta y la emprendieron conmigo. Pero esta vez cambió mi suerte. Apliqué la estrategia del jabalí, “culo en pared”, dando la espalda a una gran roca que por allí había. Intervino la “Matalobas”, y cuando la probaron vi que querían esconder sus diminutos rabos entre las patas y obtaron por ir en busca del toro para seguir jugando.
Cuando llegué al pueblo aún me temblaban las piernas. Estaba como si hubiera pasado la noche en un harén. Ya noche cerrada me topé con un anciano que venía con un enorme botijo de agua freca y mientras echaba un buen trago, pues falta me hacía, me contó que el toro no era otro que “El Indultao”, un mitico semental, terror de las cañadas, victima del síndrome del “palomo cojo”, y qué, emulando al Toro Murcia, padreaba una manada de tiernas vaquillas. Me aseguró que le indultaron por su papel en la Feria de Navalcarnero, donde mordió el polvo el famoso picador Juanito Picachina, que no era moco de pavo ni pelo de gorrina.
Les brindo este toro al respetable del Tintero, por su finura galana y su votos tan certeros.
DEVINO REVENGA
Devino Revenga.
-Pues sí mi amigo, me enamoré de una linda gitana. Lo malo es que me acaba de asegurar que va a ser mamá, que ya tiene dos faltas.
-¿Dos faltas?
-Si, no más. Yo al principio no entendía nada y al oír lo de las faltas la recomendé el confesor de Sta. Cruz. Luego caí.
-Pero Roberto, tu sabes bien lo que me estás contando…Tu debes estar loco. Mira, yo no puedo creer lo que me dices. O te casas con ella o la familia te mata….
-Mirar ya miro, ya, y no tengo miedo. Soy un hombre de la sabana…Allí nos fajamos con las anacondas…, con indios fieros, con malandrines de machete…Cuando me pongo barracudo puedo ser muy malo…Mañanita mismo voy al rastro y me compro un fierro..
-Estas loco,..¿un qué.....?
-Si nomás, un fierro para cuando empiece la balacera…
-Bueno, tú sabrás, yo marcho. Tengo una clase a las 12. Luego nos vemos en la pensión…-Por cierto, bien podrías prestarme tu paraguas. Me temo que empezará a llover de un momento a otro y tú, al fin y al cabo, vas para casa.
-Ya las clases..No te conté..He decidido cambiar de carrera..Si, hago mudanza. No quiero ser médico, mal que le rompa el corazón a mí mamá…. El ser humano no merece que le curen. Paracelso me parece un pendejo y renuncio a Hipócrates. El ser humano merece vilipendio. Me hago periodista. Ayer mismo estuve en Capitán Haya para ver las bases y requerimientos. Es una carrera que le va más a mi espíritu libertario….Necesito una tribuna para reconvenir al hombre, al pueblo. Echarle sus porquerías a la cara, ponerle delante el espejo y que se vea su cara pendeja.
-No sabía que fueses libertario…..Tú, un ácrata..Vaya futuro que tienes por delante…
-No pendejo, soy un seguidor del Libertador, del Arquitecto de la Gran Colombia…y sigo los pasos de mi abuelo, también Roberto Rico, como éste, servidor de Dios y de la Patria.. Le cupo el honor de sur su Mariscal de Campo más dilecto. Por cierto, mañana me mandan la plata desde Medellín..
-Bueno, luego te veo. Espero que se te haya pasado lo de las “faltas de tu amante”..¡capullo!
-Ciao plebe….Yo voy a descansar un poco, me ataca el spleen. No soporto a la gente sin sustancia…
Roberto Rico Carbajal encaminó sus pasos hacia la pensión, en la calle de Atocha, en el núm. 7, donde, según cuenta la tradición, hospedó sus años de estudiante el mismísimo Simón Bolívar, épico libertador de las Américas….. Cuando se encaminaba a su habitación, al fondo del pasillo se cruzo con Revenga, otro de los jóvenes estudiantes que componían la pandilla. De fondo, las estrofas de “toreador, toreador”, de la Carmen de Merimé…hacían de contrapunto al cesáreo caminar del estudiante por aquel largo corredor..
-¿Qué pasa Colombia..?. ¿Cómo vamos?..Como podemos o como nos dejan las autoridades competentes….
-Lleno de orgullo llevo mi patria y mis apellidos..Rico y Carbajal… . Mira, tu que vives inmerso en el lumpen,- ¿Sabes donde puedo conseguir una Luger?. Es lo que mejor se adapta …
-¿Una qué?..Luger. Joder, te refieres a una pipa…. –No, mira, lo mío son los galgos y allí no dejan fumar. Luego dices que no tienes dinero…
-Esta tarde voy a Correos. Me llega la plata de Medellín..Soltó mientras entraba en su cuarto, un cuchitril con un ventanuco a la escalera.
Revenga, le miró con una sonrisa entre enigmática y lobuna… -Adiós Colombia, tierra de la Abominable Nieve de los Hombres, murmuró mientras salía..
Al día siguiente, en los aledaños del Canódromo, en la zona de chabolas de Caño Roto, en medio de ninguna parte, apareció Rico y Carbajal, el Colombia para los amigos, con un tiro en la sien. Luger y plata no aparecen en el sumario
-Pues sí mi amigo, me enamoré de una linda gitana. Lo malo es que me acaba de asegurar que va a ser mamá, que ya tiene dos faltas.
-¿Dos faltas?
-Si, no más. Yo al principio no entendía nada y al oír lo de las faltas la recomendé el confesor de Sta. Cruz. Luego caí.
-Pero Roberto, tu sabes bien lo que me estás contando…Tu debes estar loco. Mira, yo no puedo creer lo que me dices. O te casas con ella o la familia te mata….
-Mirar ya miro, ya, y no tengo miedo. Soy un hombre de la sabana…Allí nos fajamos con las anacondas…, con indios fieros, con malandrines de machete…Cuando me pongo barracudo puedo ser muy malo…Mañanita mismo voy al rastro y me compro un fierro..
-Estas loco,..¿un qué.....?
-Si nomás, un fierro para cuando empiece la balacera…
-Bueno, tú sabrás, yo marcho. Tengo una clase a las 12. Luego nos vemos en la pensión…-Por cierto, bien podrías prestarme tu paraguas. Me temo que empezará a llover de un momento a otro y tú, al fin y al cabo, vas para casa.
-Ya las clases..No te conté..He decidido cambiar de carrera..Si, hago mudanza. No quiero ser médico, mal que le rompa el corazón a mí mamá…. El ser humano no merece que le curen. Paracelso me parece un pendejo y renuncio a Hipócrates. El ser humano merece vilipendio. Me hago periodista. Ayer mismo estuve en Capitán Haya para ver las bases y requerimientos. Es una carrera que le va más a mi espíritu libertario….Necesito una tribuna para reconvenir al hombre, al pueblo. Echarle sus porquerías a la cara, ponerle delante el espejo y que se vea su cara pendeja.
-No sabía que fueses libertario…..Tú, un ácrata..Vaya futuro que tienes por delante…
-No pendejo, soy un seguidor del Libertador, del Arquitecto de la Gran Colombia…y sigo los pasos de mi abuelo, también Roberto Rico, como éste, servidor de Dios y de la Patria.. Le cupo el honor de sur su Mariscal de Campo más dilecto. Por cierto, mañana me mandan la plata desde Medellín..
-Bueno, luego te veo. Espero que se te haya pasado lo de las “faltas de tu amante”..¡capullo!
-Ciao plebe….Yo voy a descansar un poco, me ataca el spleen. No soporto a la gente sin sustancia…
Roberto Rico Carbajal encaminó sus pasos hacia la pensión, en la calle de Atocha, en el núm. 7, donde, según cuenta la tradición, hospedó sus años de estudiante el mismísimo Simón Bolívar, épico libertador de las Américas….. Cuando se encaminaba a su habitación, al fondo del pasillo se cruzo con Revenga, otro de los jóvenes estudiantes que componían la pandilla. De fondo, las estrofas de “toreador, toreador”, de la Carmen de Merimé…hacían de contrapunto al cesáreo caminar del estudiante por aquel largo corredor..
-¿Qué pasa Colombia..?. ¿Cómo vamos?..Como podemos o como nos dejan las autoridades competentes….
-Lleno de orgullo llevo mi patria y mis apellidos..Rico y Carbajal… . Mira, tu que vives inmerso en el lumpen,- ¿Sabes donde puedo conseguir una Luger?. Es lo que mejor se adapta …
-¿Una qué?..Luger. Joder, te refieres a una pipa…. –No, mira, lo mío son los galgos y allí no dejan fumar. Luego dices que no tienes dinero…
-Esta tarde voy a Correos. Me llega la plata de Medellín..Soltó mientras entraba en su cuarto, un cuchitril con un ventanuco a la escalera.
Revenga, le miró con una sonrisa entre enigmática y lobuna… -Adiós Colombia, tierra de la Abominable Nieve de los Hombres, murmuró mientras salía..
Al día siguiente, en los aledaños del Canódromo, en la zona de chabolas de Caño Roto, en medio de ninguna parte, apareció Rico y Carbajal, el Colombia para los amigos, con un tiro en la sien. Luger y plata no aparecen en el sumario
SUSO DE ANDRADE
Muy pocos saben que los camposantos gallegos están unidos entre si, unos con otros, por secretas veredas o “corredoiras”, solo peregrinadas por transidas almas en pena, que según quien lo cuente refiere como “Santa Compaña” “Á Estadinga” o,“Á Antaruxada” entre otros Existen dudas sobre si sus nombres son confundidos por las feligresías o es que se trata de colectivos diferentes Es más, hay quien dice saber que hay multitud de cofradías de difuntos que acuden a los encuentros de gremio y de ahí que las comitivas nocturnas sean netamente sentidas por la población sensible, es decir, por aquellos que al nacer fueron ungidos por error con oleos de difuntos por del sacristán o capellán de turno Se trata de sendas que discurren por insospechados vericuetos cuyo suelo está mullido por helechos y sus márgenes por dentadas zarzas que constituyen la base del sotobosque que protege los añosos y retorcidos carballos de la Galicia interior, aquella aún no mancillada por el intruso eucalipto austral. Se trata de sendas húmedas, que refrescan las blanquecinas túnicas de tela de araña de los penitentes . Suelen visitar a los parientes vivos para exigirles misas para la salvación de sus almas y tienen la capacidad de anticipar hasta con cinco o seis días la defunción de los vecinos, parándose la comitiva en la puerta del predestinado al transito al más allá.
Un simpático buhonero, Suso de Andrade, era buen conocedor de aquellas corredoiras, qué utilizaba para desplazarse de aldea en aldea, evitando grandes rodeos por los caminos vecinales.
Llevaba su mercancía, (especias, algo de orujo, y utillaje básico de cocina, (coladores, cucharones de madera, unas cuantos sartenes, etc.). El problema de Suso era que sus existencias de orujo eran siempre exiguas, dada su más que subida afición al alambique, matutino y vespertino.
Como quiera que era persona conocida por aquellas aldeas, donde nunca faltan los buscadores de potes llenos de “ouro dos mouros”, también sabían que la prole de Suso, cinco o seis rapaces que con su madre estaban, no les llegaba el pan debido á qué él se bebía sus ganancias. No menos conocida era su amistad con alguna que otra meiga, cuyas cabañas solía visitar para echar una siestecita. Se decía que estaba a salvo de encantamientos debido a su entente con ellas.
Un buen día, o mejor decir noche, cuando a través de una de las corredoiras regresaba a su aldea, un denso manto de niebla se echó sobre los umbrosos sotos que jalonan las riveiras. Su viejo y desencuadernado animal avanzaba con pasos inciertos, pese a ser buen conocedor de la ruta. Sobre él cabeceaba Suso, adormilado por los numerosos tientos dados a la cantimplora del
del añejo espíritu de la “Riveira Sacra”. Pero, de pronto, en un recodo del camino, tres figuras fantasmagóricas, de blancos y largos sayales, armadas cada una de ellas de un gigantesco cirio encendido le mandaron el alto sin miramientos.
- ¡Alto!, tente ahí Suso Andrade... –Las tres voces al unísono, como de una escena dantesca.- Llegó tu hora, borracho, pecador….
El pobre Suso sintió un calambrazo que le recorrió la médula espinal y los nervios lumbar y ciático, evaporándose el alcohol ingerido como por arte de mágia.
- ¡Ay por Dios!, llegó mi hora..-Dijo dando un grito.-Por favor, señoras ánimas. No se fijen en este pobre buhonero, que santo no será, pero pecador tampoco…
- Pecas por mala conducta á la ley sagrada. Bebes orujo como un demonio y al agua bendita ni te acercas.- Le contestaron las tres ánimas.
- ¡Ánimas do Purgatorio!, si solo bebo unos traguitos. Para resistir el relente, más que nada…-Miren, señoras ánimas, si me llevan, que será de mis rapaces…
- Encontraran otro padre que les alimente y no se lo beba. Les recomendaremos en La Rectoral para que la madre case con un mozo formal…-Volvieron a decir al unísono las apariciones.
- Dejaré de vender orujo. Si no lo tengo no podré beberlo.
- ¿Serías capaz de jurarlo, pecador?. ¿De arrepentirte?, -le preguntaron..
- Sería, sería…¡Lo juro por la Santa Compaña!.
Aquello resultó mano de santo. Suso no volvió a catarlo y sus hijos crecieron sanos y orgullosos de su esforzado padre
Un simpático buhonero, Suso de Andrade, era buen conocedor de aquellas corredoiras, qué utilizaba para desplazarse de aldea en aldea, evitando grandes rodeos por los caminos vecinales.
Llevaba su mercancía, (especias, algo de orujo, y utillaje básico de cocina, (coladores, cucharones de madera, unas cuantos sartenes, etc.). El problema de Suso era que sus existencias de orujo eran siempre exiguas, dada su más que subida afición al alambique, matutino y vespertino.
Como quiera que era persona conocida por aquellas aldeas, donde nunca faltan los buscadores de potes llenos de “ouro dos mouros”, también sabían que la prole de Suso, cinco o seis rapaces que con su madre estaban, no les llegaba el pan debido á qué él se bebía sus ganancias. No menos conocida era su amistad con alguna que otra meiga, cuyas cabañas solía visitar para echar una siestecita. Se decía que estaba a salvo de encantamientos debido a su entente con ellas.
Un buen día, o mejor decir noche, cuando a través de una de las corredoiras regresaba a su aldea, un denso manto de niebla se echó sobre los umbrosos sotos que jalonan las riveiras. Su viejo y desencuadernado animal avanzaba con pasos inciertos, pese a ser buen conocedor de la ruta. Sobre él cabeceaba Suso, adormilado por los numerosos tientos dados a la cantimplora del
del añejo espíritu de la “Riveira Sacra”. Pero, de pronto, en un recodo del camino, tres figuras fantasmagóricas, de blancos y largos sayales, armadas cada una de ellas de un gigantesco cirio encendido le mandaron el alto sin miramientos.
- ¡Alto!, tente ahí Suso Andrade... –Las tres voces al unísono, como de una escena dantesca.- Llegó tu hora, borracho, pecador….
El pobre Suso sintió un calambrazo que le recorrió la médula espinal y los nervios lumbar y ciático, evaporándose el alcohol ingerido como por arte de mágia.
- ¡Ay por Dios!, llegó mi hora..-Dijo dando un grito.-Por favor, señoras ánimas. No se fijen en este pobre buhonero, que santo no será, pero pecador tampoco…
- Pecas por mala conducta á la ley sagrada. Bebes orujo como un demonio y al agua bendita ni te acercas.- Le contestaron las tres ánimas.
- ¡Ánimas do Purgatorio!, si solo bebo unos traguitos. Para resistir el relente, más que nada…-Miren, señoras ánimas, si me llevan, que será de mis rapaces…
- Encontraran otro padre que les alimente y no se lo beba. Les recomendaremos en La Rectoral para que la madre case con un mozo formal…-Volvieron a decir al unísono las apariciones.
- Dejaré de vender orujo. Si no lo tengo no podré beberlo.
- ¿Serías capaz de jurarlo, pecador?. ¿De arrepentirte?, -le preguntaron..
- Sería, sería…¡Lo juro por la Santa Compaña!.
Aquello resultó mano de santo. Suso no volvió a catarlo y sus hijos crecieron sanos y orgullosos de su esforzado padre
Molly Malone’s Snacks & Draughts
(Intown´s main Lounge)
La verdad es que la joven Chester, la Jefa de Barra en el turno de tarde noche no necesitaba “feedback” para retroalimentar su ego. Tonterias las minimas, solía decir a sus intimos. Es la vida y no siempre querer es poder. Con aquel par de tetas moviendose de un lado a otro de la barra y decenas de “cow boys” babeantes ante gigantescas y espumosas jarras de cerveza, cuyos ojos quedaban cortocircuitados por aquel portentoso icono, capaz de destronar al mismisimo cuerno de la abundancia.
De entre la numerosa turba de clientes del Irish Pub, había unos cuantos que eran objeto de su femenina simpatía y figuraban en su agenda de baile. ¡Era mucha mujer!
El primero de ellos era Philips, su novio oficial. Este tenía mala fama. Que si chuloputas arriba, que si gigoló abajo, etc. Puta envidia.
- ¡Que morro tiene el Morris!. -Afirmó el limpiabotas.
- A mi Morris ni le nombres, ¡pringado!. Y siguió con su inventario de botellas en la barra. - Oye “Lucky” hablando de otra cosa, Cuanto dirías tu que queda en esta botetta de “Cattos”, ¿tres octavos o cuatro décimos?.
- Buen jarabe, Srta. Field..
- ¿Y tú cómo lo sabes mariconazo…?
- Uno no siempre ha sido pobre…. Yo diría qué un dedo menos de la mitad.
- Eso dan los tres octavos que yo decía…Como te pille chupeteándome las botellas te enteras.
Al poco entró un cliente y espetó.
- Dame un Jack doble y soda. Hola Chesty.
- Hombre Malboro,traes el filtro espachurrado y chchurrido. ¿Te pasa algo?….
- Calla, no me hables….Ayer empecé a trabajar en el “Brokenback Mountain” y he tenido que salir por piés…
- Ya te digo…¿A quien se le ocurre…!.
- Pues yo creí que solo eran rumores….
- Siempre fuiste un ingenuo….
- La culpa es tuya Chesty, me harto a llorar por las noches de tanto pensar en ti…
- Ya sabes que Phiilips es muy celoso….y un as con el Derringer…. De momento apañate con la “Play Mate” de este mes. Las tiene como las mías.
Mientras Malboro, el joven vaquero bebía su bourbon con sorbos cortos, un nuevo cliente entró por la, -solo en apariencia- achacosa puerta de madera del pub. Se acercó a la barra y, -seguramente intimidado por la agresiva cariátide formada poor los senos y la linda cara de precoz adolescente de la Srta. Field-, dijo:
- Hola, me llamo Clark, Clark Kent. Soy recién llegado á la Ciudad y desearía una zarzaparrilla. Aquello lo soltó de un tirón y denotaba cierta dosis de autismo, a lo “Forrest Gump”.
- ¿Una queeeeé?. Pero de donde sales criatura…Si eso lo servía mi bisabuela en el Can - Can Saloon de Wichita. Lo dejó escrito en las zonas en blanco de su Biblia, que usaba de diario. A ti te pongo yo al día monada. - Como me ha puesto, que morbo tiene el tio…murmuró mientras se alejaba para traerle una pepsi.
- Es que he quedado aquí con alguién…verá..
- Has quedado aquí conmigo cielo…
- Ah, pues no lo sabía..Vd. Se llama “Camel” por casualidad…
- -Claro que soy “Camel”…Depende de cómo se me dibuje…Si quien lo hace es un abstracto..o un impresionista. Eso, como le digo depende…Pero venga, venga, vamos a mi despacho que allí podremos hablar más tranquilos…
- Echa un ojo “Lucky”, que ahora vuelvo.
Precedido por ella, el Sr. Kent, bajó las escaleras que iban a los almacenes y dijo timidamente…
- ¡Que olor a pis!.
- Si cielo, Ud, disimule, es del atajo de meones que viene aquí por las noches,- Contestó el espiritu de Molly Malone, que habita en toda bodega de pub irlandés que se precie.
Cuando llegaron al diminuto camerino de la Srta. Field, ésta echo el pestillo tras de sí y le dijo.
- Mira Kent; te voy a enseñar mis dos jorobitas, para que veas que no te miento. Camel y yo somos la misma persona, - Le dijo, mientras se desabrochaba su blusita negra dejando al descubierto dos gémelas lunas llenas. Saca el encendedor y ¡bésame tonto! Que te voy a quitar el muermo de esa mierda de criptonita que te venden por ahí….
(
(Intown´s main Lounge)
La verdad es que la joven Chester, la Jefa de Barra en el turno de tarde noche no necesitaba “feedback” para retroalimentar su ego. Tonterias las minimas, solía decir a sus intimos. Es la vida y no siempre querer es poder. Con aquel par de tetas moviendose de un lado a otro de la barra y decenas de “cow boys” babeantes ante gigantescas y espumosas jarras de cerveza, cuyos ojos quedaban cortocircuitados por aquel portentoso icono, capaz de destronar al mismisimo cuerno de la abundancia.
De entre la numerosa turba de clientes del Irish Pub, había unos cuantos que eran objeto de su femenina simpatía y figuraban en su agenda de baile. ¡Era mucha mujer!
El primero de ellos era Philips, su novio oficial. Este tenía mala fama. Que si chuloputas arriba, que si gigoló abajo, etc. Puta envidia.
- ¡Que morro tiene el Morris!. -Afirmó el limpiabotas.
- A mi Morris ni le nombres, ¡pringado!. Y siguió con su inventario de botellas en la barra. - Oye “Lucky” hablando de otra cosa, Cuanto dirías tu que queda en esta botetta de “Cattos”, ¿tres octavos o cuatro décimos?.
- Buen jarabe, Srta. Field..
- ¿Y tú cómo lo sabes mariconazo…?
- Uno no siempre ha sido pobre…. Yo diría qué un dedo menos de la mitad.
- Eso dan los tres octavos que yo decía…Como te pille chupeteándome las botellas te enteras.
Al poco entró un cliente y espetó.
- Dame un Jack doble y soda. Hola Chesty.
- Hombre Malboro,traes el filtro espachurrado y chchurrido. ¿Te pasa algo?….
- Calla, no me hables….Ayer empecé a trabajar en el “Brokenback Mountain” y he tenido que salir por piés…
- Ya te digo…¿A quien se le ocurre…!.
- Pues yo creí que solo eran rumores….
- Siempre fuiste un ingenuo….
- La culpa es tuya Chesty, me harto a llorar por las noches de tanto pensar en ti…
- Ya sabes que Phiilips es muy celoso….y un as con el Derringer…. De momento apañate con la “Play Mate” de este mes. Las tiene como las mías.
Mientras Malboro, el joven vaquero bebía su bourbon con sorbos cortos, un nuevo cliente entró por la, -solo en apariencia- achacosa puerta de madera del pub. Se acercó a la barra y, -seguramente intimidado por la agresiva cariátide formada poor los senos y la linda cara de precoz adolescente de la Srta. Field-, dijo:
- Hola, me llamo Clark, Clark Kent. Soy recién llegado á la Ciudad y desearía una zarzaparrilla. Aquello lo soltó de un tirón y denotaba cierta dosis de autismo, a lo “Forrest Gump”.
- ¿Una queeeeé?. Pero de donde sales criatura…Si eso lo servía mi bisabuela en el Can - Can Saloon de Wichita. Lo dejó escrito en las zonas en blanco de su Biblia, que usaba de diario. A ti te pongo yo al día monada. - Como me ha puesto, que morbo tiene el tio…murmuró mientras se alejaba para traerle una pepsi.
- Es que he quedado aquí con alguién…verá..
- Has quedado aquí conmigo cielo…
- Ah, pues no lo sabía..Vd. Se llama “Camel” por casualidad…
- -Claro que soy “Camel”…Depende de cómo se me dibuje…Si quien lo hace es un abstracto..o un impresionista. Eso, como le digo depende…Pero venga, venga, vamos a mi despacho que allí podremos hablar más tranquilos…
- Echa un ojo “Lucky”, que ahora vuelvo.
Precedido por ella, el Sr. Kent, bajó las escaleras que iban a los almacenes y dijo timidamente…
- ¡Que olor a pis!.
- Si cielo, Ud, disimule, es del atajo de meones que viene aquí por las noches,- Contestó el espiritu de Molly Malone, que habita en toda bodega de pub irlandés que se precie.
Cuando llegaron al diminuto camerino de la Srta. Field, ésta echo el pestillo tras de sí y le dijo.
- Mira Kent; te voy a enseñar mis dos jorobitas, para que veas que no te miento. Camel y yo somos la misma persona, - Le dijo, mientras se desabrochaba su blusita negra dejando al descubierto dos gémelas lunas llenas. Saca el encendedor y ¡bésame tonto! Que te voy a quitar el muermo de esa mierda de criptonita que te venden por ahí….
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EL BERRACO
El Berrendo:
El Capitán Luís de Contreras, de los hijosdalgo de ese nombre, con solar en la plaza del Matute, en Madrid, Oficial de Lanceros del Rey, hombre bragado donde los haya, estaba destinado en Cuba. Era un hombre alto y delgado, muy fibroso y adornaba su cara con grandes mostachos al uso en los tercios españoles. No obstante ser un hombre de vocación marinera y estudioso de las tácticas de guerra naval, por esas cosas que tiene la vida, su actividad militar casi siempre se desarrolló en tierra firme.
En Cuba alcanzó ascensos y honores por su indiscutible valor y pericia en el manejo de las armas. Allá por el año 1730, unos años antes de la Guerra de la Oreja de Jenkins, fue licenciado y optó por su regreso a España.
Aprovechando la escala del Galeón de Manila, en ruta hacía Sevilla, tomó pasaje en él para su repatriación.
Pero quiso la casualidad que en un motín de la marinería, acaecido al poco de salir de La Habana, acabase con la oficialidad colgada de las vergas del palo mayor. Contreras, que no tuvo tiempo de darse a conocer como Oficial del Rey, paso desapercibido para los amotinados, lo que le salvó la vida. Una tormenta les hizo cambiar de rumbo y dirigirse nuevamente al interior del mar Caribe, por lo que se pospuso la asamblea para elegir un nuevo Capitán
Como quiera qué los cadáveres de la oficialidad comenzaban a oler, el barco fue rodeado de tiburones, destacándose entre ellos un agresivo ejemplar de tiburón “Toro”, que por las hechuras y manchas empezaron a denominar “el Berrendo”. Demostró ser un tiburón muy peligroso, pues cuando dos de los marineros intentaban echar al mar el primer cadáver, al que habían despojado del uniforme, el Berrendo, dando un salto, a la vez que se llevaba el cadáver, arranco el brazo izquierdo a uno de ellos. Ni que decir tiene el miedo que le cogieron los sublevados, que se armaron de bicheros para defenderse. Pero su agresividad y fuerza eran tales que logró acollonarles. El toro daba tan tremendos saltos que hubieran echo enrojecer de envidia a una escuadra de trapecistas. En uno de ellos logró llevarse a otro, natural de Barbarte, apodado “Pocaminga”. A la vista de este desastre, y pese a que su sangre no iba del ventrículo a las agallas, -para oxigenarse-, como en el caso de los tiburones, Contreras decidió demostrarle quién mandaba allí. Sugirió que él acabaría con el Berrendo si le sujetaban con un cabo al asta horizontal de la contramesana del cuarto palo de popa, mejora recién introducida en estos galeones. Con ayuda de los gavieros, Conteras fue atado de forma que pudiera resistir el envite. El valiente capitán (de los Contreras de la Plaza del Matute), se dispuso a esperar, toledana al cinto y una lanza de “á caballo” al ristre á hacer faena y desjarretar al Berrendo, nacido y criado en el Val do Mero, en sus fértiles pero procelosas aguas.
Contreras estimó que, al fin y al cabo, el toro no dejaba de ser un pez, por lo que la punta de lanza sería el anzuelo y un pernil del ahorcado contramaestre sería, ya casi carnemomia, el sabroso cebo de tal anzuelo. Y como quiera que Dios siempre mima a los valientes, el truco funcionó y el Berrendo picó, quedo ensartado en la enorme lanza y cayó dentro del casco del barco, por el lado de estribor, quedando en una extraña postura, con la cola asomando por la borda, pero el hocico lamiendo el sufrido tablaje de cubierta y justo debajo de donde se encontraba Contreras. El bicho, como una gran lagartija herida, empezó a golpear con su rígido cuello al cuarto mástil de popa. Esto que vio Contreras, cortando las bridas que le sujetaban se arrojo desde su columpio sobre el fusiliforme cuerpo del escualo y le clavó la toledana en la cartilaginosa tapa de los sesos, justo entre los dos juegos de branquias del cuello. Esto, nunca mejor dicho, fue la puntilla para el Berrendo, que quedó descabellado para regocijo de la marinería sublevada.
Ni que decir tiene que le eligieron Capitán de la Capitana, que así se llamaba el Galeón,
¿O era Galeona? Cualquiera sabe... .Los marineros filipinos, que había varios, hicieron una excelente sopa de aleta de tiburón, que algunos no quisieron ni probar alegando que aquél bicho había comido carne de difunto. Ni que decir tiene qué, a partir de allí se dedicaron al corso, cobrando del mejor postor.
El Capitán Luís de Contreras, de los hijosdalgo de ese nombre, con solar en la plaza del Matute, en Madrid, Oficial de Lanceros del Rey, hombre bragado donde los haya, estaba destinado en Cuba. Era un hombre alto y delgado, muy fibroso y adornaba su cara con grandes mostachos al uso en los tercios españoles. No obstante ser un hombre de vocación marinera y estudioso de las tácticas de guerra naval, por esas cosas que tiene la vida, su actividad militar casi siempre se desarrolló en tierra firme.
En Cuba alcanzó ascensos y honores por su indiscutible valor y pericia en el manejo de las armas. Allá por el año 1730, unos años antes de la Guerra de la Oreja de Jenkins, fue licenciado y optó por su regreso a España.
Aprovechando la escala del Galeón de Manila, en ruta hacía Sevilla, tomó pasaje en él para su repatriación.
Pero quiso la casualidad que en un motín de la marinería, acaecido al poco de salir de La Habana, acabase con la oficialidad colgada de las vergas del palo mayor. Contreras, que no tuvo tiempo de darse a conocer como Oficial del Rey, paso desapercibido para los amotinados, lo que le salvó la vida. Una tormenta les hizo cambiar de rumbo y dirigirse nuevamente al interior del mar Caribe, por lo que se pospuso la asamblea para elegir un nuevo Capitán
Como quiera qué los cadáveres de la oficialidad comenzaban a oler, el barco fue rodeado de tiburones, destacándose entre ellos un agresivo ejemplar de tiburón “Toro”, que por las hechuras y manchas empezaron a denominar “el Berrendo”. Demostró ser un tiburón muy peligroso, pues cuando dos de los marineros intentaban echar al mar el primer cadáver, al que habían despojado del uniforme, el Berrendo, dando un salto, a la vez que se llevaba el cadáver, arranco el brazo izquierdo a uno de ellos. Ni que decir tiene el miedo que le cogieron los sublevados, que se armaron de bicheros para defenderse. Pero su agresividad y fuerza eran tales que logró acollonarles. El toro daba tan tremendos saltos que hubieran echo enrojecer de envidia a una escuadra de trapecistas. En uno de ellos logró llevarse a otro, natural de Barbarte, apodado “Pocaminga”. A la vista de este desastre, y pese a que su sangre no iba del ventrículo a las agallas, -para oxigenarse-, como en el caso de los tiburones, Contreras decidió demostrarle quién mandaba allí. Sugirió que él acabaría con el Berrendo si le sujetaban con un cabo al asta horizontal de la contramesana del cuarto palo de popa, mejora recién introducida en estos galeones. Con ayuda de los gavieros, Conteras fue atado de forma que pudiera resistir el envite. El valiente capitán (de los Contreras de la Plaza del Matute), se dispuso a esperar, toledana al cinto y una lanza de “á caballo” al ristre á hacer faena y desjarretar al Berrendo, nacido y criado en el Val do Mero, en sus fértiles pero procelosas aguas.
Contreras estimó que, al fin y al cabo, el toro no dejaba de ser un pez, por lo que la punta de lanza sería el anzuelo y un pernil del ahorcado contramaestre sería, ya casi carnemomia, el sabroso cebo de tal anzuelo. Y como quiera que Dios siempre mima a los valientes, el truco funcionó y el Berrendo picó, quedo ensartado en la enorme lanza y cayó dentro del casco del barco, por el lado de estribor, quedando en una extraña postura, con la cola asomando por la borda, pero el hocico lamiendo el sufrido tablaje de cubierta y justo debajo de donde se encontraba Contreras. El bicho, como una gran lagartija herida, empezó a golpear con su rígido cuello al cuarto mástil de popa. Esto que vio Contreras, cortando las bridas que le sujetaban se arrojo desde su columpio sobre el fusiliforme cuerpo del escualo y le clavó la toledana en la cartilaginosa tapa de los sesos, justo entre los dos juegos de branquias del cuello. Esto, nunca mejor dicho, fue la puntilla para el Berrendo, que quedó descabellado para regocijo de la marinería sublevada.
Ni que decir tiene que le eligieron Capitán de la Capitana, que así se llamaba el Galeón,
¿O era Galeona? Cualquiera sabe... .Los marineros filipinos, que había varios, hicieron una excelente sopa de aleta de tiburón, que algunos no quisieron ni probar alegando que aquél bicho había comido carne de difunto. Ni que decir tiene qué, a partir de allí se dedicaron al corso, cobrando del mejor postor.
LA CORUÑA
La Coruña.
Vine a deciros que las “carballeiras”,de Galicia, están tan metidas en el luto de la noche, qué cuando el día llega, andan aún con morriña y se quedan medio umbrosas. Pero lo que yo puedo jurar es que estas fragas no son lo que parecen. Ya quisieran ellas.
Dicen las buenas gentes de los concejos que estas espesuras son los lares del “saca untos” y “o cocón”, al que también se conoce como “o homme do saco”, y son peores que cicuta .Hay quién los compara con los ogros de los cuentos. Pero quía, éstos son peores. Se alimentan a base de pote de hierbas silvestres y unto de feligrés. Destacan por lo bien que imitan el canto del urogallo, del que aprendieron su capacidad de disimulo.
Suelen hacer coyunda con las “bruxas” ambulantes y no tienen problema para encontrar sus meadeiros en el bosque, en sus claros más escondidos, donde en noches de lunada hacen sus aquelarres y deponen materia azufrada. En los días de niebla espesa también son transitados por los urogallos para sus pavoneos y cortejos nupciales, cuya gallinaza utilizan las “meigas” como humiento de sus conjuros y encantamientos.
Por eso, antes de entrar en las densas florestas es aconsejable nutrirse bien de letanías y proveerse de escapularios en La Rectoral de la villa más próxima, - no suele haberlos en las aldeas -.
Pues hete aquí que yo avanzaba por una senda abierta en la espesura con la intención de llegar hasta la aldea de Ortigueira para vender mi mercancía, ajos mayormente. Como quiera que soy magro de carnes y no soy supersticioso, no hice los rezos ni me forré de las estampas de rigor y siempre me he tenido por “homme do pelo no peito”. En un momento dado, fatigado de tanto caminar por aquellas humedades, me aparté unos metros del camino para sentarme un rato en un tronco caído, desalbardando a la caballería para su alivio y descanso. Tras unos bocados de la fiambrera que siempre llevo en la talega, me quedé dormido de puro cansado. Cuando desperté era noche cerrada.
De pronto oigo unos chillidos espantosos, algo sobrecogedor..
-¿Coños pasa…?-Dijo como para mis adentros..
-Nada, deben ser las “meigas” que andan de “feira”..
-Joder,…pero, ¿quién me habla?.- Pregunté yo con miedo, la verdad.
-Yo, quién va á ser..La Coruña..
-Pero bueno, esto es de locos. Cómo me va a hablar La Coruña…así, sin teléfono ni nada..
-Pues ya ve, cosas que pasan…
Siguieron los terribles alaridos, pero en diferentes tonos, como en una coral de arpías majaretas. Pero lo que no me encajaba era lo de que La Coruña me estuviera dando explicaciones allí, en medio de la oscuridad de aquél bosque. También percibí qué, entre los alaridos se oían voces como de vendedoras que anuncian mercancías. Decidí plantarle cara al problema, no en vano no ha nacido el hijo de madre qué a mí, Xeno Dasbolas, le acojone, por mucho saca untos o lo que sea, por lo que saqué del bolsillo una chaira con una hoja de casi palmo y medio de larga y que brillaba en la noche como un trozo de espejo a la luz de la luna llena..En esas estaba cuando me tocaron levemente en el hombro y, pensando en “o cocón”, me volví dando un salto con la chaira presta a fajarme con lo que fuera. Pero cual no sería mí sorpresa que la voz de antes, sí La Coruña, me espetó:
-Déjese de tonterías y deme mi ración de cebada, que me tiene muerta de hambre desde que salimos de Carballino.
-Pero bueno. ¿Y desde cuando las mulas tienen nombre?.
-Pues las otras no lo sé. A mi me lo puso el tratante al que Vd. me compró, en Mansilla de las Mulas.
Vine a deciros que las “carballeiras”,de Galicia, están tan metidas en el luto de la noche, qué cuando el día llega, andan aún con morriña y se quedan medio umbrosas. Pero lo que yo puedo jurar es que estas fragas no son lo que parecen. Ya quisieran ellas.
Dicen las buenas gentes de los concejos que estas espesuras son los lares del “saca untos” y “o cocón”, al que también se conoce como “o homme do saco”, y son peores que cicuta .Hay quién los compara con los ogros de los cuentos. Pero quía, éstos son peores. Se alimentan a base de pote de hierbas silvestres y unto de feligrés. Destacan por lo bien que imitan el canto del urogallo, del que aprendieron su capacidad de disimulo.
Suelen hacer coyunda con las “bruxas” ambulantes y no tienen problema para encontrar sus meadeiros en el bosque, en sus claros más escondidos, donde en noches de lunada hacen sus aquelarres y deponen materia azufrada. En los días de niebla espesa también son transitados por los urogallos para sus pavoneos y cortejos nupciales, cuya gallinaza utilizan las “meigas” como humiento de sus conjuros y encantamientos.
Por eso, antes de entrar en las densas florestas es aconsejable nutrirse bien de letanías y proveerse de escapularios en La Rectoral de la villa más próxima, - no suele haberlos en las aldeas -.
Pues hete aquí que yo avanzaba por una senda abierta en la espesura con la intención de llegar hasta la aldea de Ortigueira para vender mi mercancía, ajos mayormente. Como quiera que soy magro de carnes y no soy supersticioso, no hice los rezos ni me forré de las estampas de rigor y siempre me he tenido por “homme do pelo no peito”. En un momento dado, fatigado de tanto caminar por aquellas humedades, me aparté unos metros del camino para sentarme un rato en un tronco caído, desalbardando a la caballería para su alivio y descanso. Tras unos bocados de la fiambrera que siempre llevo en la talega, me quedé dormido de puro cansado. Cuando desperté era noche cerrada.
De pronto oigo unos chillidos espantosos, algo sobrecogedor..
-¿Coños pasa…?-Dijo como para mis adentros..
-Nada, deben ser las “meigas” que andan de “feira”..
-Joder,…pero, ¿quién me habla?.- Pregunté yo con miedo, la verdad.
-Yo, quién va á ser..La Coruña..
-Pero bueno, esto es de locos. Cómo me va a hablar La Coruña…así, sin teléfono ni nada..
-Pues ya ve, cosas que pasan…
Siguieron los terribles alaridos, pero en diferentes tonos, como en una coral de arpías majaretas. Pero lo que no me encajaba era lo de que La Coruña me estuviera dando explicaciones allí, en medio de la oscuridad de aquél bosque. También percibí qué, entre los alaridos se oían voces como de vendedoras que anuncian mercancías. Decidí plantarle cara al problema, no en vano no ha nacido el hijo de madre qué a mí, Xeno Dasbolas, le acojone, por mucho saca untos o lo que sea, por lo que saqué del bolsillo una chaira con una hoja de casi palmo y medio de larga y que brillaba en la noche como un trozo de espejo a la luz de la luna llena..En esas estaba cuando me tocaron levemente en el hombro y, pensando en “o cocón”, me volví dando un salto con la chaira presta a fajarme con lo que fuera. Pero cual no sería mí sorpresa que la voz de antes, sí La Coruña, me espetó:
-Déjese de tonterías y deme mi ración de cebada, que me tiene muerta de hambre desde que salimos de Carballino.
-Pero bueno. ¿Y desde cuando las mulas tienen nombre?.
-Pues las otras no lo sé. A mi me lo puso el tratante al que Vd. me compró, en Mansilla de las Mulas.
LA LLUVIA
El vuelo del alipende.
Y allí, echado bajo el árbol grande, la ensoñaba. Blanca nuca de adolescente, mirada soñadora y el candor que solo ella posee. Cómo no amarla tiernamente… …
Y en esas estaba cuando comenzó la llovida. La noche se puso de luto funeral, como si la Luna hubiera muerto. Las primeras gotas, las vanguardias, ya venían muy excitadas. Lo supe al instante. Eran solo gotas de agua, pero lo eran muy frías. Quemaban como lágrimas de hielo. También eran violentas. Al instante lo supe. Golpeaban con mucha fuerza, fuerza inusitada. Y unas gotas llamaron a otras y comenzó un llanto rabioso. La lluvia me caía encima acompañada de hojas y ramitas del gigantesco roble bajo el cual estaba; tal era la fuerza de aquella marabunta que nos mandaba el cielo. Allí de nada hubieran servido paraguas, impermeable y katiuskas. Aquello era mucho, o mejor dicho mucha, mucha agua para tan poco vino, diría, pero no era cosa de broma la noche aquella.
Al cabo de un rato observé que el suelo se había saturado de agua y su nivel empezaba a subir. No podía verlo bien, por la oscuridad reinante, pero sí notarlo. Comprendiendo que el rio se habría desbordado, inundando aquella amplia nava, una vega baja abrazada por el cauce en forma de ballesta. Opté por huir y buscar la seguridad de las ramas altas del viejo roble. Subir al árbol, pero no a cortar la flor “para la mí morena”, -qué más hubiera yo querido-. Era al revés, para que mi vida, aún en flor, no fuera cortada por aquella sierra de agua a presión. Subir no fue fácil, su tronco alto y grueso no tenían donde agarrarse. Fui ayudado por las alas del miedo, por las ganas de vivir y el recuerdo de ella. Una vez arriba tuve tiempo para reflexionar cuan peligrosos son los halagos. Son, a veces, como semillas malignas. Alguien pudo haberle dicho al rio: “Hala, cuanta agua traes, eres el Mississippi de estas llanuras, -o si lo prefieres,- el Amazonas”…Tú te lo creíste y, a la primera de cambio, te pusiste ancho y, ¡a inundar las vegas! Ya lo dijo el poeta..
-Insólita avenida
-que inunda fértil vega,
-de cumbre en cumbre llega,
-y arrasa por doquier….
Espronceda, (fragmento)
El nivel del agua seguía subiendo y observé que aquel árbol era muy hospitalario. Muchos pájaros habían tenido la misma idea que yo. Lo malo fue que no pudieron resistir la paliza del aguacero y me temo que cuando intentaron huir ya era demasiado tarde.
La paliza recibida fue brutal. El sentimiento fue de impotencia y frustración. Me pregunté, llorando, que culpa tiene un alipende como yo, del cambio climático.
Aprovechando que una de las ramas, casi horizontales, tenía una gran oquedad por su cara inferior, aproveché para esconder mi cabeza en ella y de esa forma protegerme de las rabiosas ráfagas de lluvia. Con piernas y manos me asía a otras ramas con desesperación. En esa postura noté de pronto un gran resplandor con matices fantasmagóricos tras la densa cortina de lluvia; evidentemente era la Luna, que no solamente no había muerto, la luz que difundía ayudaba a comprender que a cierta distancia, ya no llovía.
Lacerado por la tunda que me dio el agua, no pude hacer otra cosa que llorar. Me flageló con un látigo de tortura, aplicado con saña sádica. De pronto, movido por las fuerzas combinadas de viento y agua, el viejo roble se movió con un terrible crujido. Estuve a punto de caer a la corriente, insólita avenida, que rugía bajo mis píes. Pero cual no sería mi estupor, cuando al moverse el árbol, algo pesado golpeó mi cabeza. Soltándome un momento, con una de mis manos lo palpé y vi que podía tratarse de una bolsa de cuero. Estaba escondida en el mismo lugar en el que yo tenía defendida mi cabeza de los perdigones de lluvia, que ya habían magullado dolorosamente el resto de mi cuerpo. Cuando ¡al fin!, dejó de llover, sentí curiosidad por el contenido de aquella talega, muy desgastada por el paso del tiempo. Haciendo ciertos equilibrios, logré abrirla. Su contenido no podía ser más prosaico; dos gigantescas navajas de Albacete, completamente oxidadas y un indeterminado número de monedas, de oro y plata, cuyo valor y origen no fui capaz de determinar.
Cuando oí que venían a rescatarme, dejé aquella bolsa donde estaba. Fui conducido a un hospital y se me diagnostico pronóstico reservado por hipotermia, magulladuras, ansiedad y alucinaciones.
Y allí, echado bajo el árbol grande, la ensoñaba. Blanca nuca de adolescente, mirada soñadora y el candor que solo ella posee. Cómo no amarla tiernamente… …
Y en esas estaba cuando comenzó la llovida. La noche se puso de luto funeral, como si la Luna hubiera muerto. Las primeras gotas, las vanguardias, ya venían muy excitadas. Lo supe al instante. Eran solo gotas de agua, pero lo eran muy frías. Quemaban como lágrimas de hielo. También eran violentas. Al instante lo supe. Golpeaban con mucha fuerza, fuerza inusitada. Y unas gotas llamaron a otras y comenzó un llanto rabioso. La lluvia me caía encima acompañada de hojas y ramitas del gigantesco roble bajo el cual estaba; tal era la fuerza de aquella marabunta que nos mandaba el cielo. Allí de nada hubieran servido paraguas, impermeable y katiuskas. Aquello era mucho, o mejor dicho mucha, mucha agua para tan poco vino, diría, pero no era cosa de broma la noche aquella.
Al cabo de un rato observé que el suelo se había saturado de agua y su nivel empezaba a subir. No podía verlo bien, por la oscuridad reinante, pero sí notarlo. Comprendiendo que el rio se habría desbordado, inundando aquella amplia nava, una vega baja abrazada por el cauce en forma de ballesta. Opté por huir y buscar la seguridad de las ramas altas del viejo roble. Subir al árbol, pero no a cortar la flor “para la mí morena”, -qué más hubiera yo querido-. Era al revés, para que mi vida, aún en flor, no fuera cortada por aquella sierra de agua a presión. Subir no fue fácil, su tronco alto y grueso no tenían donde agarrarse. Fui ayudado por las alas del miedo, por las ganas de vivir y el recuerdo de ella. Una vez arriba tuve tiempo para reflexionar cuan peligrosos son los halagos. Son, a veces, como semillas malignas. Alguien pudo haberle dicho al rio: “Hala, cuanta agua traes, eres el Mississippi de estas llanuras, -o si lo prefieres,- el Amazonas”…Tú te lo creíste y, a la primera de cambio, te pusiste ancho y, ¡a inundar las vegas! Ya lo dijo el poeta..
-Insólita avenida
-que inunda fértil vega,
-de cumbre en cumbre llega,
-y arrasa por doquier….
Espronceda, (fragmento)
El nivel del agua seguía subiendo y observé que aquel árbol era muy hospitalario. Muchos pájaros habían tenido la misma idea que yo. Lo malo fue que no pudieron resistir la paliza del aguacero y me temo que cuando intentaron huir ya era demasiado tarde.
La paliza recibida fue brutal. El sentimiento fue de impotencia y frustración. Me pregunté, llorando, que culpa tiene un alipende como yo, del cambio climático.
Aprovechando que una de las ramas, casi horizontales, tenía una gran oquedad por su cara inferior, aproveché para esconder mi cabeza en ella y de esa forma protegerme de las rabiosas ráfagas de lluvia. Con piernas y manos me asía a otras ramas con desesperación. En esa postura noté de pronto un gran resplandor con matices fantasmagóricos tras la densa cortina de lluvia; evidentemente era la Luna, que no solamente no había muerto, la luz que difundía ayudaba a comprender que a cierta distancia, ya no llovía.
Lacerado por la tunda que me dio el agua, no pude hacer otra cosa que llorar. Me flageló con un látigo de tortura, aplicado con saña sádica. De pronto, movido por las fuerzas combinadas de viento y agua, el viejo roble se movió con un terrible crujido. Estuve a punto de caer a la corriente, insólita avenida, que rugía bajo mis píes. Pero cual no sería mi estupor, cuando al moverse el árbol, algo pesado golpeó mi cabeza. Soltándome un momento, con una de mis manos lo palpé y vi que podía tratarse de una bolsa de cuero. Estaba escondida en el mismo lugar en el que yo tenía defendida mi cabeza de los perdigones de lluvia, que ya habían magullado dolorosamente el resto de mi cuerpo. Cuando ¡al fin!, dejó de llover, sentí curiosidad por el contenido de aquella talega, muy desgastada por el paso del tiempo. Haciendo ciertos equilibrios, logré abrirla. Su contenido no podía ser más prosaico; dos gigantescas navajas de Albacete, completamente oxidadas y un indeterminado número de monedas, de oro y plata, cuyo valor y origen no fui capaz de determinar.
Cuando oí que venían a rescatarme, dejé aquella bolsa donde estaba. Fui conducido a un hospital y se me diagnostico pronóstico reservado por hipotermia, magulladuras, ansiedad y alucinaciones.
LUZ AZAFRANADA
LUZ AZAFRANADA
En mi deambular nocturno entré en aquél extraño lugar, hogar de artistas malogrados, cantantes de ópera (tenores, bajos, barítonos), con las gargantas rotas, poetas malditos por los secuaces del lucro, rebeldes jubilados (ya con causa, ya sin ella). Invariablemente, todos beben, todos fuman. Todos brindan eufónicos a su compañera más celebrada. Tiempo ha que les dejó. Marchó en un madrugar sin esfuerzo. La noche que murió no se había acostado y dicen que lo hizo como una dama, con las bragas puestas. Tenía por oficio la pasión y cantaba en un tono intimista, con el llanto roto. A veces se olvidaba de quitarse el “gauloise” de los labios, borrachos de “rouge”.
Todo lo ilumina una luz azafranada, sutilmente degradada, herida por las sombras difusas de los fumadores. Aquella luz otorgaba a los presentes el raro privilegio de la música, de una música pensada, que todo lo trascendía desde su impunidad trasgresora, inasible con los convencionales pentagramas humanos, apta solo para los oídos del Demiurgo, hacedor de la luz y su multiplicidad de matices, en los que se inspira, pensaban.
Luz, humo, cigarrillos, poemas dichos al oído, enajenados relatos sobre los confines de Orión, tormentas en los ojos de un niño, sinfonías imposibles y arias eructadas, qué, no obstante, arrancan eternidades de aplausos y encomios.
Nadie se percató de mi llegada -o tal vez sí-, y dejé vagar mi mirada a la vez que sentí una especie de insólito éxtasis al escucharla. En una antigua gramola sonaba “Non, je ne me regrette rien”. Ella seguía allí. Su voz obró el milagro de calarme hondo, como a todos los presentes, algunos de los cuales la dibujaban, de memoria, con un mechón rizado sobre su frente.
En medio de aquél maremágnum estabas tú. Yo nunca te había visto antes. Era la primera vez que entraba en aquel tugurio con pretensiones. “El Parnaseo” es un nombre pretensioso para un cubil de fracasados, o al menos así lo pensé yo. Pero tú hiciste el milagro. Gracias a la luz azafrán pude imaginar la misma música que todos escuchabais; música “non nata”. Me hiciste ver que aquella música era arte en estado puro. Mientras, la voz de Edit Piaf seguía sonando en la mente de todos. Alguien propuso peregrinar a la farola del 72 de la Rue Belleville, en Plascassier. El Hymne à l´amour comenzó a sonar, arrancando lagrimas furtivas entre los presentes.
Tú te levantaste y viniste a mi encuentro. Me sentaste a tu lado y reconfortaste mi espíritu.
Gracias amiga.
En mi deambular nocturno entré en aquél extraño lugar, hogar de artistas malogrados, cantantes de ópera (tenores, bajos, barítonos), con las gargantas rotas, poetas malditos por los secuaces del lucro, rebeldes jubilados (ya con causa, ya sin ella). Invariablemente, todos beben, todos fuman. Todos brindan eufónicos a su compañera más celebrada. Tiempo ha que les dejó. Marchó en un madrugar sin esfuerzo. La noche que murió no se había acostado y dicen que lo hizo como una dama, con las bragas puestas. Tenía por oficio la pasión y cantaba en un tono intimista, con el llanto roto. A veces se olvidaba de quitarse el “gauloise” de los labios, borrachos de “rouge”.
Todo lo ilumina una luz azafranada, sutilmente degradada, herida por las sombras difusas de los fumadores. Aquella luz otorgaba a los presentes el raro privilegio de la música, de una música pensada, que todo lo trascendía desde su impunidad trasgresora, inasible con los convencionales pentagramas humanos, apta solo para los oídos del Demiurgo, hacedor de la luz y su multiplicidad de matices, en los que se inspira, pensaban.
Luz, humo, cigarrillos, poemas dichos al oído, enajenados relatos sobre los confines de Orión, tormentas en los ojos de un niño, sinfonías imposibles y arias eructadas, qué, no obstante, arrancan eternidades de aplausos y encomios.
Nadie se percató de mi llegada -o tal vez sí-, y dejé vagar mi mirada a la vez que sentí una especie de insólito éxtasis al escucharla. En una antigua gramola sonaba “Non, je ne me regrette rien”. Ella seguía allí. Su voz obró el milagro de calarme hondo, como a todos los presentes, algunos de los cuales la dibujaban, de memoria, con un mechón rizado sobre su frente.
En medio de aquél maremágnum estabas tú. Yo nunca te había visto antes. Era la primera vez que entraba en aquel tugurio con pretensiones. “El Parnaseo” es un nombre pretensioso para un cubil de fracasados, o al menos así lo pensé yo. Pero tú hiciste el milagro. Gracias a la luz azafrán pude imaginar la misma música que todos escuchabais; música “non nata”. Me hiciste ver que aquella música era arte en estado puro. Mientras, la voz de Edit Piaf seguía sonando en la mente de todos. Alguien propuso peregrinar a la farola del 72 de la Rue Belleville, en Plascassier. El Hymne à l´amour comenzó a sonar, arrancando lagrimas furtivas entre los presentes.
Tú te levantaste y viniste a mi encuentro. Me sentaste a tu lado y reconfortaste mi espíritu.
Gracias amiga.
EL GALAPAGO
EL GALAPAGO.
En estos pueblos hay gente muy rara, y no lo digo porque me tengan por un apestado y que parezca que el raro soy yo. Hace ya muchos años que rondo por estos pagos, desde que acabó la guerra, puede decirse. Soy sastre, pese a que nunca pasé de aprendiz. Mi maestro marchó un buen día y no regresó. Se dedicó a recorrer el mundo volviendo chaquetas, pantalones y remiendos. La cosa no daba para más. El fue el que me metió en la cabeza el que yo hiciera lo mismo. El problema es que me dejó el oficio a medio aprender y los que me conocen no me hacen encargos. La verdad es que no lo hago mal del todo, pero les ha dado por decir que no coso bien. Allá ellos.
La verdad es que no tengo a nadie en este valle de lágrimas y mi oficio es el que es, me apodan el Galápago y los niños y casi todos los mayores me dicen “Vuelve”. Yo les hago el chiste y les digo que siempre vuelvo porque me dicen vuelve. Todo el mundo me conoce a distancia pues visto un abrigo grande, que yo llamo ropón, que me sirve de casa y taller. Yo le he ido poniendo remiendos y capas de tela para que tenga espesor y consistencia. Por la parte de fuera le he ido añadiendo grandes bolsillos forrados de hule para que el agua no cale. Resulta un poco pesado pero es muy útil para llevar mi vida dentro de él. Me protege del frio y de la lluvia y en el verano también del calor. La gente piensa que no me lo quito ni para dormir y eso es mentira.
La gente vive de lo que sabe y puede y más en estos tiempos de penuria que nos han tocado. Unos viven del estraperlo, otros del bicho, otros son carreteros y aquellos alojeros. También hay labradores, cabreros, arrieros, canteros y forestales con tercerola. Conozco gentes de todos los lustres, hasta sacristanes y enterradores, aficionados al alambique matutino. Yo de eso no gasto. Lo mío es hacer vida contemplativa. Siempre me dijeron que era muy observador, que lo veía todo. Yo no me lo creo, pero lo que sí es cierto es que me gusta meditar sobre lo que acontece a mi alrededor.
En verano me aplico en remendar y añadirle retazos de lienzo al ropón, para no pasar frio cuando llegue el invierno. No me quejo de la vida, más bien todo lo contrario. Tiene como todo, cosas buenas y malas, pero estas últimas solo las ven los demás. Yo debo ser una especie de apestado pues me gusta vivir solo, es más, no puedo vivir de otra forma. En los meses que el tiempo lo permite me gusta dormir mirando las estrellas. A veces siento que me llaman para que me reúna con ellas. De vez en cuando les hago caso y subo y voy de unas a otras. En cada una de ellas vive una princesa diferente y todas, todas están enamoradas de mí y quieren que me case con ellas, que yo sea su príncipe. Yo no les hago caso pues no son más que caprichos de juventud. A quien se le ocurre. Había perdido la noción del tiempo, había olvidado cuanto tiempo llevaba sentado sobre aquella piedra, viendo caer la lluvia sobre mi ropón y lucir el sol, en alternancia caprichosa. Me alimentaba solo de las bellotas que contenían mis bolsillos y bebía el agua de lluvia que se recogía en una pequeña lata que siempre acostumbro a tener en el suelo, junto a mí. Todo a mi alrededor era boscaje; encinas, charnecas, retamas, escobas, zarzas, tomillos, espinos, enebros, sabinas, que son solo una parte de las diferentes plantas que ocupaban a sus anchas el espacio que yo compartía. El suelo era una mezcla de restos de hierbas, verdes y secas. Hojarasca, cebadillas y zaragüelles, abrojos y margaritas y amapolas, ajonjeras, campanillas y algarrobo y muchas otras que se enredaban a mis pies, ya torpes, al caminar. A trechos, los tomillos y ulagas completaban la mullida albarda de aquel barbecho.
Un día noté que en la oscuridad de los bolsillos de mi ropón, las bellotas germinaron y fueron naciendo unas preciosas chaparritas que pugnaban por salir de entre los forros del raido gabán de mendigo del que tanto he hablado. También germinaron unas cuantas alubias que guardaba en otro bolsillo, fruto de una de las rondas petitorias a las caritativas almas de la parroquia. El tiempo seguía pasando y yo continuaba sentado, impasible, ajeno a cuanto pasaba a mí alrededor. En un momento dado sentí que una urraca se posaba en el ala de mi viejo sombrero forrado de hule. Yo, perezoso, la dejé hacer. En otra ocasión vi que una tierna zarza se colaba de rondón entre los ojales de mi roída camisa. Yo, impávido dejé que la naturaleza siguiera su curso. Al tratar de abrir los parpados noté el dolor de un pinchazo en uno de mis ojos. Horrorizado vi que mis pestañas eran púas de enebro y que las avispas estaban anidando dentro de mi boca. Me había olvidado de mí mismo.
En estos pueblos hay gente muy rara, y no lo digo porque me tengan por un apestado y que parezca que el raro soy yo. Hace ya muchos años que rondo por estos pagos, desde que acabó la guerra, puede decirse. Soy sastre, pese a que nunca pasé de aprendiz. Mi maestro marchó un buen día y no regresó. Se dedicó a recorrer el mundo volviendo chaquetas, pantalones y remiendos. La cosa no daba para más. El fue el que me metió en la cabeza el que yo hiciera lo mismo. El problema es que me dejó el oficio a medio aprender y los que me conocen no me hacen encargos. La verdad es que no lo hago mal del todo, pero les ha dado por decir que no coso bien. Allá ellos.
La verdad es que no tengo a nadie en este valle de lágrimas y mi oficio es el que es, me apodan el Galápago y los niños y casi todos los mayores me dicen “Vuelve”. Yo les hago el chiste y les digo que siempre vuelvo porque me dicen vuelve. Todo el mundo me conoce a distancia pues visto un abrigo grande, que yo llamo ropón, que me sirve de casa y taller. Yo le he ido poniendo remiendos y capas de tela para que tenga espesor y consistencia. Por la parte de fuera le he ido añadiendo grandes bolsillos forrados de hule para que el agua no cale. Resulta un poco pesado pero es muy útil para llevar mi vida dentro de él. Me protege del frio y de la lluvia y en el verano también del calor. La gente piensa que no me lo quito ni para dormir y eso es mentira.
La gente vive de lo que sabe y puede y más en estos tiempos de penuria que nos han tocado. Unos viven del estraperlo, otros del bicho, otros son carreteros y aquellos alojeros. También hay labradores, cabreros, arrieros, canteros y forestales con tercerola. Conozco gentes de todos los lustres, hasta sacristanes y enterradores, aficionados al alambique matutino. Yo de eso no gasto. Lo mío es hacer vida contemplativa. Siempre me dijeron que era muy observador, que lo veía todo. Yo no me lo creo, pero lo que sí es cierto es que me gusta meditar sobre lo que acontece a mi alrededor.
En verano me aplico en remendar y añadirle retazos de lienzo al ropón, para no pasar frio cuando llegue el invierno. No me quejo de la vida, más bien todo lo contrario. Tiene como todo, cosas buenas y malas, pero estas últimas solo las ven los demás. Yo debo ser una especie de apestado pues me gusta vivir solo, es más, no puedo vivir de otra forma. En los meses que el tiempo lo permite me gusta dormir mirando las estrellas. A veces siento que me llaman para que me reúna con ellas. De vez en cuando les hago caso y subo y voy de unas a otras. En cada una de ellas vive una princesa diferente y todas, todas están enamoradas de mí y quieren que me case con ellas, que yo sea su príncipe. Yo no les hago caso pues no son más que caprichos de juventud. A quien se le ocurre. Había perdido la noción del tiempo, había olvidado cuanto tiempo llevaba sentado sobre aquella piedra, viendo caer la lluvia sobre mi ropón y lucir el sol, en alternancia caprichosa. Me alimentaba solo de las bellotas que contenían mis bolsillos y bebía el agua de lluvia que se recogía en una pequeña lata que siempre acostumbro a tener en el suelo, junto a mí. Todo a mi alrededor era boscaje; encinas, charnecas, retamas, escobas, zarzas, tomillos, espinos, enebros, sabinas, que son solo una parte de las diferentes plantas que ocupaban a sus anchas el espacio que yo compartía. El suelo era una mezcla de restos de hierbas, verdes y secas. Hojarasca, cebadillas y zaragüelles, abrojos y margaritas y amapolas, ajonjeras, campanillas y algarrobo y muchas otras que se enredaban a mis pies, ya torpes, al caminar. A trechos, los tomillos y ulagas completaban la mullida albarda de aquel barbecho.
Un día noté que en la oscuridad de los bolsillos de mi ropón, las bellotas germinaron y fueron naciendo unas preciosas chaparritas que pugnaban por salir de entre los forros del raido gabán de mendigo del que tanto he hablado. También germinaron unas cuantas alubias que guardaba en otro bolsillo, fruto de una de las rondas petitorias a las caritativas almas de la parroquia. El tiempo seguía pasando y yo continuaba sentado, impasible, ajeno a cuanto pasaba a mí alrededor. En un momento dado sentí que una urraca se posaba en el ala de mi viejo sombrero forrado de hule. Yo, perezoso, la dejé hacer. En otra ocasión vi que una tierna zarza se colaba de rondón entre los ojales de mi roída camisa. Yo, impávido dejé que la naturaleza siguiera su curso. Al tratar de abrir los parpados noté el dolor de un pinchazo en uno de mis ojos. Horrorizado vi que mis pestañas eran púas de enebro y que las avispas estaban anidando dentro de mi boca. Me había olvidado de mí mismo.
EL FURTIVO
Minguín, mi muchacho, quiere que le enseñe como hay que atacar los vivares. No es tonto, pero le faltan luces. Yo le insisto en que lo primero es elegir un buen vivar, que no tenga muchas bocas, por eso es bueno marcarlo un día antes con la perra. Si se pone muy nerviosa es que el vivar está a bocaparir. Es muy fácil, se marca el punto y se viene sin el estorbo del perro. En esto de la caza hay que ser linces. “Avaricia rompe saco” dice mi Juana y que razón tiene. Si tiene pocos, el sofoco no compensa y si son muchos, necesitas la borrica. Luego hay que venderlos. La Juana no sabe de escabeches. Yo no se de guías .Hay que madrugarse mucho, antes que nadie. Tres o cuatro de la mañana. Si te pillan “vas a leña” .Nunca mejor dicho, contesta el cabo,. y te arrea dos host… Leña tan temprano,¡ a quien se le ocurre!.
Hay que tapar bien las bocas con tomillos y piedras que ajusten y dejar solo dos o tres bocas libres, en las que pones los capillos para que se enreden. El bicho se mete por la principal. En cuanto lo huelen los conejos salen como locos. Hay que tener mucha picardía y si los destripas, enterrar hondo las tripas y apretar bien la tierra, por las alimañas y los guardas, que pueden ver la muestra. Luego hay que apiolarlos bien, para poder pasarles la cuerda y colgarlos. Me monto en el borrico y en dos trotes estoy en los fortines; nos metemos dentro y a esperar a las ocho, que pasa La Lechera. Le doy la caza, me paga y a otra cosa. Lo malo de esto son las guías. A veces el taleguero lo arregla poniéndolos como de “ los Quemaos”, arreglando el número de piezas en su guía. Sé que estos favores hay que pagarlos.
Voy a ver al Colores para un tiento de aguardiente; que rica me sabe estos días así, de niebla baja. Mejor le pediré una botella y me esconderé entre los lanchares; el Cabo nuevo anda mucho oliendo y es mejor no dejarse ver por la cantina; te huelen los cuartos y estas jodido. ¿ Donde andará Cachanela?. Si le oigo en el bar., mejor no entro…
El espeso manto de niebla parecía querer arropar, como una manta mágica, torrenteras y barrancos. En las solanas altas el sol derrite la leve capa de escarcha de brillos acrisolados, adornando los tomillos como regalos de pascua. La senda proseguía cañada arriba, hasta el Alto de los Apriscos, que gozan del sol desde que sale.
_.Mira Juana, te ato con la borrica y os vareo bien a las dos…...,Deja los sermones para otro día. ¿ Cuantos días llevo durmiéndola?, decía mientras parecía tiritar de frío y un fuerte olor a aguardiente se desprendía de él.
_.No lo sé, contestó ella gimoteando, dos o tres. ¿ Quieres que ponga un poco de lumbre? ¿Tienes hambre?.
_ ¿ Me buscan los civiles?.
_.Por casa no han aparecido, pero no te fíes. El Colores puede chivarse. Y Cachanela borracho tampoco se contiene y larga como un demonio.
_.Cachanela no sabe nada. Y El Colores sabe lo que le conviene. Le pagué tres botellas de alambique; doce duros como doce soles.
_.¿Te gastaste todos los cuartos?
_.El vivar estaba a reventar. Fueron veinte piezas; una hermosura .Ochenta duros me ha soltado El Teleguero; a cuatro duros la pieza. Se que valen a cinco o seis, pero no puedo hacer otra cosa.
_.Tenemos que hacer algo de avío para el invierno, comprar garbanzos y patatas, tocino, bacalao y un par de arrobas de vino, pero sin que se note que tenemos dinero.
_Podemos decir que nos ha prestado Cachanela. Le voy a pedir que me lleve de peón de huebra y así se justificará que me adelante unos jornales.
_Un día de estos te matarán. Lo tengo barruntado.
_Un día de estos te quedarás sin dientes; te lo tengo avisado.
_¿No sería mejor que siguieras escondido una temporada? Yo podría traerte la comida de vez en cuando y si te buscan les digo que andas trabajando en otro pueblo.
_¿Esconderme..? ¿Dónde, aquí en las parideras? ¡Menuda solución!. Nada, nada, ya veremos. De momento solo hay que disimular con los cuartos. Comprar lo menos posible para no llamar la atención. Hoy bájate tu sola al pueblo; yo bajaré de madrugada y así no se sabrá si bajo o subo, si voy o vengo.
_.Te he traído una tartera con algo de merienda y un pan, espero que te apañes. También la bota. Me he olvidado el paquete de picao y el librillo. No me pegues..
No te pegaré. Aún me queda o fumaré cascara de enebro. Al bajar prepara unos cuantos “burrajos”, para que parezca que vienes de por leña seca.
Siempre llevo una talega de bellotas, que también justifican..Se hace tarde, dentro de un rato anochecerá
Minguín, mi muchacho, quiere que le enseñe como hay que atacar los vivares. No es tonto, pero le faltan luces. Yo le insisto en que lo primero es elegir un buen vivar, que no tenga muchas bocas, por eso es bueno marcarlo un día antes con la perra. Si se pone muy nerviosa es que el vivar está a bocaparir. Es muy fácil, se marca el punto y se viene sin el estorbo del perro. En esto de la caza hay que ser linces. “Avaricia rompe saco” dice mi Juana y que razón tiene. Si tiene pocos, el sofoco no compensa y si son muchos, necesitas la borrica. Luego hay que venderlos. La Juana no sabe de escabeches. Yo no se de guías .Hay que madrugarse mucho, antes que nadie. Tres o cuatro de la mañana. Si te pillan “vas a leña” .Nunca mejor dicho, contesta el cabo,. y te arrea dos host… Leña tan temprano,¡ a quien se le ocurre!.
Hay que tapar bien las bocas con tomillos y piedras que ajusten y dejar solo dos o tres bocas libres, en las que pones los capillos para que se enreden. El bicho se mete por la principal. En cuanto lo huelen los conejos salen como locos. Hay que tener mucha picardía y si los destripas, enterrar hondo las tripas y apretar bien la tierra, por las alimañas y los guardas, que pueden ver la muestra. Luego hay que apiolarlos bien, para poder pasarles la cuerda y colgarlos. Me monto en el borrico y en dos trotes estoy en los fortines; nos metemos dentro y a esperar a las ocho, que pasa La Lechera. Le doy la caza, me paga y a otra cosa. Lo malo de esto son las guías. A veces el taleguero lo arregla poniéndolos como de “ los Quemaos”, arreglando el número de piezas en su guía. Sé que estos favores hay que pagarlos.
Voy a ver al Colores para un tiento de aguardiente; que rica me sabe estos días así, de niebla baja. Mejor le pediré una botella y me esconderé entre los lanchares; el Cabo nuevo anda mucho oliendo y es mejor no dejarse ver por la cantina; te huelen los cuartos y estas jodido. ¿ Donde andará Cachanela?. Si le oigo en el bar., mejor no entro…
El espeso manto de niebla parecía querer arropar, como una manta mágica, torrenteras y barrancos. En las solanas altas el sol derrite la leve capa de escarcha de brillos acrisolados, adornando los tomillos como regalos de pascua. La senda proseguía cañada arriba, hasta el Alto de los Apriscos, que gozan del sol desde que sale.
_.Mira Juana, te ato con la borrica y os vareo bien a las dos…...,Deja los sermones para otro día. ¿ Cuantos días llevo durmiéndola?, decía mientras parecía tiritar de frío y un fuerte olor a aguardiente se desprendía de él.
_.No lo sé, contestó ella gimoteando, dos o tres. ¿ Quieres que ponga un poco de lumbre? ¿Tienes hambre?.
_ ¿ Me buscan los civiles?.
_.Por casa no han aparecido, pero no te fíes. El Colores puede chivarse. Y Cachanela borracho tampoco se contiene y larga como un demonio.
_.Cachanela no sabe nada. Y El Colores sabe lo que le conviene. Le pagué tres botellas de alambique; doce duros como doce soles.
_.¿Te gastaste todos los cuartos?
_.El vivar estaba a reventar. Fueron veinte piezas; una hermosura .Ochenta duros me ha soltado El Teleguero; a cuatro duros la pieza. Se que valen a cinco o seis, pero no puedo hacer otra cosa.
_.Tenemos que hacer algo de avío para el invierno, comprar garbanzos y patatas, tocino, bacalao y un par de arrobas de vino, pero sin que se note que tenemos dinero.
_Podemos decir que nos ha prestado Cachanela. Le voy a pedir que me lleve de peón de huebra y así se justificará que me adelante unos jornales.
_Un día de estos te matarán. Lo tengo barruntado.
_Un día de estos te quedarás sin dientes; te lo tengo avisado.
_¿No sería mejor que siguieras escondido una temporada? Yo podría traerte la comida de vez en cuando y si te buscan les digo que andas trabajando en otro pueblo.
_¿Esconderme..? ¿Dónde, aquí en las parideras? ¡Menuda solución!. Nada, nada, ya veremos. De momento solo hay que disimular con los cuartos. Comprar lo menos posible para no llamar la atención. Hoy bájate tu sola al pueblo; yo bajaré de madrugada y así no se sabrá si bajo o subo, si voy o vengo.
_.Te he traído una tartera con algo de merienda y un pan, espero que te apañes. También la bota. Me he olvidado el paquete de picao y el librillo. No me pegues..
No te pegaré. Aún me queda o fumaré cascara de enebro. Al bajar prepara unos cuantos “burrajos”, para que parezca que vienes de por leña seca.
Siempre llevo una talega de bellotas, que también justifican..Se hace tarde, dentro de un rato anochecerá
lunes, 8 de diciembre de 2008
Crista se enamora de un malgache.
Alcaparras pendientes de las orejas llevaba. Seguía pareciéndome –su atuendo hippie-, adecuado para ella, especialmente si tenemos en cuenta que no se limitaba a vestir, que a vivir como tal, sobre todo en lo referente al amor. Practicaba el amor libre con gran desparpajo, como la cosa más natural del mundo. Bueno, solía decir, al fin y al cabo, qué hay más natural que el amor. Yo la interrumpía impaciente y corregía; querrás decir sexo…y ella marchaba dando un portazo á la vez que decía. Solo puedo amar si hago sexo y viceversa. Tú no me comprendes.
La verdad que aquel chiringuito playero no nos iba mal del todo. La artesanía de calidad se vendía muy bien, especialmente las piedrecitas pintadas por mi amada Crista. Sus manos eran una mina. Nos ganábamos la vida como burgueses gracias al puesto. Nos permitía pagarnos un más que aceptable apartamento y comer de forma regular y civilizada. Lo malo era que yo empezaba a sentirme desplazado. Ella ocupaba todo el espacio; hasta los clientes solían dirigirse a ella, dejándome a mí en segundo término. Ella era mi socia, vivíamos juntos y hacíamos el amor, pero desde la filosofía hippie, sin un “compromiso” o promesa. Ambos éramos libres de relacionarnos cómo y con quién mejor nos pareciese en cualquier momento. De hecho, ella tenía dos o tres amigos asiduos con los que gustaba perderse en las dunas y entre ellos un chico de origen malgache, vendedor de pequeñas tallas de ébano. Era muy joven, bastante más que ella. Hasta el momento había tenido la delicadeza de no llevarle a nuestro apartamento.
A veces me preguntaba a mí mismo si no debería romper con Cris; al fin y al cabo – me dio por pensar-, yo vivía de ella, que reunía dos cualidades poco frecuentes, creatividad y olfato comercial, amén de una belleza en su plenitud. A mí, por el contrario, me había tocado el papel del “socio parásito”, Esto me hacía sentir mal. Otro problema era que yo la amaba con locura. Nunca se lo dije pues ella no creía en ese tipo de amor, monopolístico y excluyente. Sufría enormemente al verla con sus amigos. Trataba de paliar el dolor buscando la compañía de alguna de las numerosas turistas nórdicas, pero mí apatía era tal que casi nunca lo intentaba. Solo yo sé cuanto me costó sufrir aquel verano cuando Denis, el joven malgache, con su sonrisa de niño luna, la abrazaba y besaba sin importarles mi presencia, como la cosa más natural del mundo.
Lo peor fue cuando las cosas se complicaron. Un buen día ella se fijó en un surfista, ciertamente un virtuoso de la tabla, que hacía extraños cortes y cabriolas frente a ella, proclamándose a sus ojos como el “Gran domador de las Olas Monstruo” y al que seguía con unos viejos gemelos de teatro, desconocidos para mí hasta entonces. Solo pasaron dos días y ya iban a perderse entre las escasas hierbas de las dunas. Yo me quedaba, con cara de tonto, cuidando del puesto de artesanía y, un bien día, ocurrió lo inesperado. Cuando levanté la cabeza tras colocar las piezas en venta, vi a Denis, el malgache, que sin decir nada, me miraba con lágrimas en los ojos. Abrió levemente aquella especie de camisón de flores que vestía y con el peculiar timbre de voz de ciertos africanos cuando hablan español, me dijo.
-¡Yo les maté!.
Yo tardé un poco en reaccionar al ver aquel cuchillo curvo, manchado de sangre y comprendí de pronto la magnitud de la tragedia.
-¡Maldito asesino!
-Ahora tú también morirás. –Me pareció entenderle.
Mi reacción fue arrojarle un puñado de piedrecitas pintadas a la cara y salir huyendo sin esperar más explicaciones. Se armó un gran revuelo y oí decir “lo han detenido, lo han detenido”. ¡Menos mal, pensé para mis adentros.
Deambulé por la playa y no se como, llegué a una pequeña y tranquila cala. Me quité la camisa y dejé las chanclas. Me tendí boca arriba en la orilla, justo en el el fuelle de la márea ascendente. Con el cortaplumas corté las venas de ambas muñecas y las sumergí en el agua. Así perdí el sentido.
Cuando me desperté noté un fuerte olor á alcohol y ví que tenía vendadas ambas muñecas y una vía conectaba a una bolsa, de suero, supuse. Estaba en un hospital. Alguien debió avisar a una ambulancia de urgencias.
Me plantee arrancarme la vía y volver a cortarme las venas, pero la gruesa voz de una hercúlea enfermera me disuadió. Habíamos dado la campanada
Alcaparras pendientes de las orejas llevaba. Seguía pareciéndome –su atuendo hippie-, adecuado para ella, especialmente si tenemos en cuenta que no se limitaba a vestir, que a vivir como tal, sobre todo en lo referente al amor. Practicaba el amor libre con gran desparpajo, como la cosa más natural del mundo. Bueno, solía decir, al fin y al cabo, qué hay más natural que el amor. Yo la interrumpía impaciente y corregía; querrás decir sexo…y ella marchaba dando un portazo á la vez que decía. Solo puedo amar si hago sexo y viceversa. Tú no me comprendes.
La verdad que aquel chiringuito playero no nos iba mal del todo. La artesanía de calidad se vendía muy bien, especialmente las piedrecitas pintadas por mi amada Crista. Sus manos eran una mina. Nos ganábamos la vida como burgueses gracias al puesto. Nos permitía pagarnos un más que aceptable apartamento y comer de forma regular y civilizada. Lo malo era que yo empezaba a sentirme desplazado. Ella ocupaba todo el espacio; hasta los clientes solían dirigirse a ella, dejándome a mí en segundo término. Ella era mi socia, vivíamos juntos y hacíamos el amor, pero desde la filosofía hippie, sin un “compromiso” o promesa. Ambos éramos libres de relacionarnos cómo y con quién mejor nos pareciese en cualquier momento. De hecho, ella tenía dos o tres amigos asiduos con los que gustaba perderse en las dunas y entre ellos un chico de origen malgache, vendedor de pequeñas tallas de ébano. Era muy joven, bastante más que ella. Hasta el momento había tenido la delicadeza de no llevarle a nuestro apartamento.
A veces me preguntaba a mí mismo si no debería romper con Cris; al fin y al cabo – me dio por pensar-, yo vivía de ella, que reunía dos cualidades poco frecuentes, creatividad y olfato comercial, amén de una belleza en su plenitud. A mí, por el contrario, me había tocado el papel del “socio parásito”, Esto me hacía sentir mal. Otro problema era que yo la amaba con locura. Nunca se lo dije pues ella no creía en ese tipo de amor, monopolístico y excluyente. Sufría enormemente al verla con sus amigos. Trataba de paliar el dolor buscando la compañía de alguna de las numerosas turistas nórdicas, pero mí apatía era tal que casi nunca lo intentaba. Solo yo sé cuanto me costó sufrir aquel verano cuando Denis, el joven malgache, con su sonrisa de niño luna, la abrazaba y besaba sin importarles mi presencia, como la cosa más natural del mundo.
Lo peor fue cuando las cosas se complicaron. Un buen día ella se fijó en un surfista, ciertamente un virtuoso de la tabla, que hacía extraños cortes y cabriolas frente a ella, proclamándose a sus ojos como el “Gran domador de las Olas Monstruo” y al que seguía con unos viejos gemelos de teatro, desconocidos para mí hasta entonces. Solo pasaron dos días y ya iban a perderse entre las escasas hierbas de las dunas. Yo me quedaba, con cara de tonto, cuidando del puesto de artesanía y, un bien día, ocurrió lo inesperado. Cuando levanté la cabeza tras colocar las piezas en venta, vi a Denis, el malgache, que sin decir nada, me miraba con lágrimas en los ojos. Abrió levemente aquella especie de camisón de flores que vestía y con el peculiar timbre de voz de ciertos africanos cuando hablan español, me dijo.
-¡Yo les maté!.
Yo tardé un poco en reaccionar al ver aquel cuchillo curvo, manchado de sangre y comprendí de pronto la magnitud de la tragedia.
-¡Maldito asesino!
-Ahora tú también morirás. –Me pareció entenderle.
Mi reacción fue arrojarle un puñado de piedrecitas pintadas a la cara y salir huyendo sin esperar más explicaciones. Se armó un gran revuelo y oí decir “lo han detenido, lo han detenido”. ¡Menos mal, pensé para mis adentros.
Deambulé por la playa y no se como, llegué a una pequeña y tranquila cala. Me quité la camisa y dejé las chanclas. Me tendí boca arriba en la orilla, justo en el el fuelle de la márea ascendente. Con el cortaplumas corté las venas de ambas muñecas y las sumergí en el agua. Así perdí el sentido.
Cuando me desperté noté un fuerte olor á alcohol y ví que tenía vendadas ambas muñecas y una vía conectaba a una bolsa, de suero, supuse. Estaba en un hospital. Alguien debió avisar a una ambulancia de urgencias.
Me plantee arrancarme la vía y volver a cortarme las venas, pero la gruesa voz de una hercúlea enfermera me disuadió. Habíamos dado la campanada
"O Pote"
Voy a contarles que “o espíritu de Galiza” vive en “o noso pote” . El caldo en estas tierras es cosa principal y lo toma toda la jerarquía, desde el Obispo de Mondoñedo, al menos recatado de los vaqueiros. El porqué de ello hay que buscarlo en lo más profundo de nuestras almas, que a su vez se esconde en lo más profundo de “a nosas fragas”. Esto que les digo lo sabe todo el mundo; “o caldo” es como la auténtica bandera de la gastronomía, y por tanto, de la vida de Galicia.
Para hacerlo bien tienes que ser gallego y haber nacido en nuestra tierra. A decir de una de las miles y miles de gallegas y gallegos que toman “o pote” todos los días, es por ser alimento curativo y a la vez depurativo; te saca “o relente” del cuerpo. Pero quía, tiene otras muchas propiedades, como son que te pone valiente ante la vida, te mete entusiasmo si estás atribulado, te hace compañía si sientes el mal de “a saudade”, por no decir una de las más importantes, la eterna cuestión de acto amoroso, pues te encampana el carallo como Dios manda.
Yo me gano la vida con una pata a rrastras, o mejor dicho, arrastrando una pierna, por mi mala cabeza. Me pasó un día que fui a pulpear; resbalé en las rocas y ya veis el resultado.
Por eso tengo que montar mi mula a mujeriegas; no es que me importe mucho, pues ya tengo práctica en ello y no se va mal del todo. Lo malo es el dolor del cuello, de tanto mirar torcido. Bueno, a lo que íbamos. Me dedico a vender ajos maragatos. Voy de parroquia en parroquia y de tantos años, ya tengo buena clientela. A pesar de mi pierna soy -o eso dicen-, mozo garrido y nunca faltan almas para este infierno. Pero voy pa viejo y conmigo el caldo solo funciona en lo de sacarme el relente de los huesos. En eso si va bien. Pero en lo del acto amoroso, en absoluto. Ellas me atiborran a “caldiño” pero como si nada. Lo único que se encampana es la pierna, que se pone más coja que de costumbre. Pero claro, cada maestrillo tiene su librillo, y yo tengo el mío. Se trata de salsa “a feira”, que se hace con ajo, aceite y pimentón, con un poco de sal gorda. Se maja bien todo con el “morteiro”, y lo pones en las vieiras. Entonces puedes comerlas con confianza. No hay otro afrodisiaco igual. Se te pone el carallo como el esquilón mayor del Obradoiro.
Siento deciros que La Coruña lleva dos semanas sin hablar. Anda enfadada por una disputa con la Genara, la dueña de la mejor pulpería de Carvallino; andan celosas la una de la otra. En la Genara tenéis la mejor “carne ó caldeíro”, amén de un “pulpo a feira” que hace raya.
crocenere
Para hacerlo bien tienes que ser gallego y haber nacido en nuestra tierra. A decir de una de las miles y miles de gallegas y gallegos que toman “o pote” todos los días, es por ser alimento curativo y a la vez depurativo; te saca “o relente” del cuerpo. Pero quía, tiene otras muchas propiedades, como son que te pone valiente ante la vida, te mete entusiasmo si estás atribulado, te hace compañía si sientes el mal de “a saudade”, por no decir una de las más importantes, la eterna cuestión de acto amoroso, pues te encampana el carallo como Dios manda.
Yo me gano la vida con una pata a rrastras, o mejor dicho, arrastrando una pierna, por mi mala cabeza. Me pasó un día que fui a pulpear; resbalé en las rocas y ya veis el resultado.
Por eso tengo que montar mi mula a mujeriegas; no es que me importe mucho, pues ya tengo práctica en ello y no se va mal del todo. Lo malo es el dolor del cuello, de tanto mirar torcido. Bueno, a lo que íbamos. Me dedico a vender ajos maragatos. Voy de parroquia en parroquia y de tantos años, ya tengo buena clientela. A pesar de mi pierna soy -o eso dicen-, mozo garrido y nunca faltan almas para este infierno. Pero voy pa viejo y conmigo el caldo solo funciona en lo de sacarme el relente de los huesos. En eso si va bien. Pero en lo del acto amoroso, en absoluto. Ellas me atiborran a “caldiño” pero como si nada. Lo único que se encampana es la pierna, que se pone más coja que de costumbre. Pero claro, cada maestrillo tiene su librillo, y yo tengo el mío. Se trata de salsa “a feira”, que se hace con ajo, aceite y pimentón, con un poco de sal gorda. Se maja bien todo con el “morteiro”, y lo pones en las vieiras. Entonces puedes comerlas con confianza. No hay otro afrodisiaco igual. Se te pone el carallo como el esquilón mayor del Obradoiro.
Siento deciros que La Coruña lleva dos semanas sin hablar. Anda enfadada por una disputa con la Genara, la dueña de la mejor pulpería de Carvallino; andan celosas la una de la otra. En la Genara tenéis la mejor “carne ó caldeíro”, amén de un “pulpo a feira” que hace raya.
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