El Berrendo:
El Capitán Luís de Contreras, de los hijosdalgo de ese nombre, con solar en la plaza del Matute, en Madrid, Oficial de Lanceros del Rey, hombre bragado donde los haya, estaba destinado en Cuba. Era un hombre alto y delgado, muy fibroso y adornaba su cara con grandes mostachos al uso en los tercios españoles. No obstante ser un hombre de vocación marinera y estudioso de las tácticas de guerra naval, por esas cosas que tiene la vida, su actividad militar casi siempre se desarrolló en tierra firme.
En Cuba alcanzó ascensos y honores por su indiscutible valor y pericia en el manejo de las armas. Allá por el año 1730, unos años antes de la Guerra de la Oreja de Jenkins, fue licenciado y optó por su regreso a España.
Aprovechando la escala del Galeón de Manila, en ruta hacía Sevilla, tomó pasaje en él para su repatriación.
Pero quiso la casualidad que en un motín de la marinería, acaecido al poco de salir de La Habana, acabase con la oficialidad colgada de las vergas del palo mayor. Contreras, que no tuvo tiempo de darse a conocer como Oficial del Rey, paso desapercibido para los amotinados, lo que le salvó la vida. Una tormenta les hizo cambiar de rumbo y dirigirse nuevamente al interior del mar Caribe, por lo que se pospuso la asamblea para elegir un nuevo Capitán
Como quiera qué los cadáveres de la oficialidad comenzaban a oler, el barco fue rodeado de tiburones, destacándose entre ellos un agresivo ejemplar de tiburón “Toro”, que por las hechuras y manchas empezaron a denominar “el Berrendo”. Demostró ser un tiburón muy peligroso, pues cuando dos de los marineros intentaban echar al mar el primer cadáver, al que habían despojado del uniforme, el Berrendo, dando un salto, a la vez que se llevaba el cadáver, arranco el brazo izquierdo a uno de ellos. Ni que decir tiene el miedo que le cogieron los sublevados, que se armaron de bicheros para defenderse. Pero su agresividad y fuerza eran tales que logró acollonarles. El toro daba tan tremendos saltos que hubieran echo enrojecer de envidia a una escuadra de trapecistas. En uno de ellos logró llevarse a otro, natural de Barbarte, apodado “Pocaminga”. A la vista de este desastre, y pese a que su sangre no iba del ventrículo a las agallas, -para oxigenarse-, como en el caso de los tiburones, Contreras decidió demostrarle quién mandaba allí. Sugirió que él acabaría con el Berrendo si le sujetaban con un cabo al asta horizontal de la contramesana del cuarto palo de popa, mejora recién introducida en estos galeones. Con ayuda de los gavieros, Conteras fue atado de forma que pudiera resistir el envite. El valiente capitán (de los Contreras de la Plaza del Matute), se dispuso a esperar, toledana al cinto y una lanza de “á caballo” al ristre á hacer faena y desjarretar al Berrendo, nacido y criado en el Val do Mero, en sus fértiles pero procelosas aguas.
Contreras estimó que, al fin y al cabo, el toro no dejaba de ser un pez, por lo que la punta de lanza sería el anzuelo y un pernil del ahorcado contramaestre sería, ya casi carnemomia, el sabroso cebo de tal anzuelo. Y como quiera que Dios siempre mima a los valientes, el truco funcionó y el Berrendo picó, quedo ensartado en la enorme lanza y cayó dentro del casco del barco, por el lado de estribor, quedando en una extraña postura, con la cola asomando por la borda, pero el hocico lamiendo el sufrido tablaje de cubierta y justo debajo de donde se encontraba Contreras. El bicho, como una gran lagartija herida, empezó a golpear con su rígido cuello al cuarto mástil de popa. Esto que vio Contreras, cortando las bridas que le sujetaban se arrojo desde su columpio sobre el fusiliforme cuerpo del escualo y le clavó la toledana en la cartilaginosa tapa de los sesos, justo entre los dos juegos de branquias del cuello. Esto, nunca mejor dicho, fue la puntilla para el Berrendo, que quedó descabellado para regocijo de la marinería sublevada.
Ni que decir tiene que le eligieron Capitán de la Capitana, que así se llamaba el Galeón,
¿O era Galeona? Cualquiera sabe... .Los marineros filipinos, que había varios, hicieron una excelente sopa de aleta de tiburón, que algunos no quisieron ni probar alegando que aquél bicho había comido carne de difunto. Ni que decir tiene qué, a partir de allí se dedicaron al corso, cobrando del mejor postor.
Este soy yo en mi día bueno
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