Este soy yo en mi día bueno

martes, 30 de diciembre de 2008

Un poeta varado en el estero.

Porque los pensamientos fluyen en el presente intangible, ya pasado, X intenta cabalgar sobre el delgado filo de la navaja, negando los abismos que se sitúan a ambos lados del corte, tratando de mantenerse en él, pese al riesgo de perecer demediado en dos mitades simétricas. Solo le salvará la levedad insoportable de su ser.

El camarero llega con el café; abrasa. Hace frio, mucho frio; abro el periódico y sus noticias, aún calientes, son pasado y por tanto más deprimentes aún, si cabe. Hay una ventana abierta y una ráfaga de aire me despeina desconsiderada. Los vendedores ambulantes se han volatizado y el camarero me cobra apresurado, exento ya del uniforme de hombreras doradas. Oigo la caída metálica de los cierres de la cantina, este lugar de reiteraciones; café con leche, vaso de agua, un vino, cerveza, bajando a la derecha, picar algo, bocadillo, jamón, queso, chorizo, tortilla, gracias, muchas gracias, de nada, adiós, ¿qué le debo?, resoplidos de la vieja y gigantesca cafetera, que exhala los cafés de doce en doce. Los muros parecen rezumar los ecos de estas palabras repetidas, lustro a lustro, por los viajeros, siempre repetidos, como los cromos para cambiar que guardábamos en la infancia. Viajantes de comercio, tratantes, campesinos, emigrantes, maestros en “itinere”, monjitas, fugitivos, policías de paisano, soldados de reemplazo y yo, yo mismo, que no vengo ni voy a ninguna parte, solo espero, espero paciente, como un lobo al acecho. Caigo en cuenta de que no se bien donde estoy, no lo recuerdo. El camarero ha desaparecido. Ha dejado una sola luz encendida, justo la que alumbra la gran cafetera. Se ha olvidado de cerrar la ventana. Debe ser Nochebuena; era por ahora. Oigo por la megafonía, de forma muy distorsionada por su propio eco, que hasta mañana a las diez no llegarán más trenes, que la estación se cierra. Que si queda alguien, tiene diez minutos para salir. Después soltarán los perros. No le hago caso, no me gusta que me amenacen; además, el cierre de la estación yo no lo tenía previsto. Pensaba pasar aquí la noche, como otras veces, sentado en este sillón metálico y con la cabeza apoyada sobre mis brazos. Lo mío es esperar. ¿Pero esperar a qué?. Inspiración, espero la inspiración. Quiero escribir el poema definitivo, el poema que salve a la humanidad de la inercia en que se mueve. Soy consciente de que ese día puede tardar.

Oigo ladridos; dos perros grises entran –por la ventana-, en la cantina en penumbra y vienen hacia mí. Me huelen y gruñen. Afortunadamente traen los bozales puestos y no me pueden morder. Siento que esto les frustra. Tratan de arañarme. Oigo el sonido agudo de un silbato, que les hace huir con el rabo entre las piernas. Son dos perros preciosos, tipo pastor alemán, pero no tan grandes. Son de color gris y blanco.

Ø - Buenas noches,- Dice alguien que entra por la ventana y que deduzco que es el guarda nocturno de la estación.
Ø - Buenas noches,- Contesto yo, como si tal cosa.
Ø - ¿No ha oído Vd. el aviso de cierre por megafonía?,- Me preguntó, dándose, ufano, aires de autoridad.
Ø - Pues no, la verdad,- Mentí con descaro.- Estaba dormido. Me despertaron los perros. ¡Que ejemplares tan bonitos! ¿Cómo se llaman?
Ø - Zipi y Zape.
Ø - Muy propio, ¿son hermanos?.
Ø - Sí, y muy traviesos cuando eran cachorros. Como los de los “comics”.
Ø - Bueno, Vd. sabe que no puede quedarse aquí. Está prohibido.
Ø - Hoy es Nochebuena, día excepcional. Tal día como hoy, nació Jesús.
Ø - No digo que no, pero el Reglamento no dice nada al respecto y, yo me debo al Reglamento.
Ø - Podemos cenar juntos.
Ø -¿Cenar, donde?.
Ø - Aquí mismo, en la Cantina. Mañana, cuando abran, yo pagaré lo que consumamos. Aún me queda dinero.
Ø - Y si se entera el Inspector…
Ø - No se enterará, y si lo hace, te ascenderá por haber sido humano en Nochebuena.
Ø - Bueno, acepto, pero con la condición de que sea Vd. quien pague las consumiciones cuando abran mañana la cantina.
Ø - Eso está hecho, generoso.

Buen chico el vigilante nocturno. Aún es muy joven; algún día aprenderá que la felicidad está en compartir.

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