EL GALAPAGO.
En estos pueblos hay gente muy rara, y no lo digo porque me tengan por un apestado y que parezca que el raro soy yo. Hace ya muchos años que rondo por estos pagos, desde que acabó la guerra, puede decirse. Soy sastre, pese a que nunca pasé de aprendiz. Mi maestro marchó un buen día y no regresó. Se dedicó a recorrer el mundo volviendo chaquetas, pantalones y remiendos. La cosa no daba para más. El fue el que me metió en la cabeza el que yo hiciera lo mismo. El problema es que me dejó el oficio a medio aprender y los que me conocen no me hacen encargos. La verdad es que no lo hago mal del todo, pero les ha dado por decir que no coso bien. Allá ellos.
La verdad es que no tengo a nadie en este valle de lágrimas y mi oficio es el que es, me apodan el Galápago y los niños y casi todos los mayores me dicen “Vuelve”. Yo les hago el chiste y les digo que siempre vuelvo porque me dicen vuelve. Todo el mundo me conoce a distancia pues visto un abrigo grande, que yo llamo ropón, que me sirve de casa y taller. Yo le he ido poniendo remiendos y capas de tela para que tenga espesor y consistencia. Por la parte de fuera le he ido añadiendo grandes bolsillos forrados de hule para que el agua no cale. Resulta un poco pesado pero es muy útil para llevar mi vida dentro de él. Me protege del frio y de la lluvia y en el verano también del calor. La gente piensa que no me lo quito ni para dormir y eso es mentira.
La gente vive de lo que sabe y puede y más en estos tiempos de penuria que nos han tocado. Unos viven del estraperlo, otros del bicho, otros son carreteros y aquellos alojeros. También hay labradores, cabreros, arrieros, canteros y forestales con tercerola. Conozco gentes de todos los lustres, hasta sacristanes y enterradores, aficionados al alambique matutino. Yo de eso no gasto. Lo mío es hacer vida contemplativa. Siempre me dijeron que era muy observador, que lo veía todo. Yo no me lo creo, pero lo que sí es cierto es que me gusta meditar sobre lo que acontece a mi alrededor.
En verano me aplico en remendar y añadirle retazos de lienzo al ropón, para no pasar frio cuando llegue el invierno. No me quejo de la vida, más bien todo lo contrario. Tiene como todo, cosas buenas y malas, pero estas últimas solo las ven los demás. Yo debo ser una especie de apestado pues me gusta vivir solo, es más, no puedo vivir de otra forma. En los meses que el tiempo lo permite me gusta dormir mirando las estrellas. A veces siento que me llaman para que me reúna con ellas. De vez en cuando les hago caso y subo y voy de unas a otras. En cada una de ellas vive una princesa diferente y todas, todas están enamoradas de mí y quieren que me case con ellas, que yo sea su príncipe. Yo no les hago caso pues no son más que caprichos de juventud. A quien se le ocurre. Había perdido la noción del tiempo, había olvidado cuanto tiempo llevaba sentado sobre aquella piedra, viendo caer la lluvia sobre mi ropón y lucir el sol, en alternancia caprichosa. Me alimentaba solo de las bellotas que contenían mis bolsillos y bebía el agua de lluvia que se recogía en una pequeña lata que siempre acostumbro a tener en el suelo, junto a mí. Todo a mi alrededor era boscaje; encinas, charnecas, retamas, escobas, zarzas, tomillos, espinos, enebros, sabinas, que son solo una parte de las diferentes plantas que ocupaban a sus anchas el espacio que yo compartía. El suelo era una mezcla de restos de hierbas, verdes y secas. Hojarasca, cebadillas y zaragüelles, abrojos y margaritas y amapolas, ajonjeras, campanillas y algarrobo y muchas otras que se enredaban a mis pies, ya torpes, al caminar. A trechos, los tomillos y ulagas completaban la mullida albarda de aquel barbecho.
Un día noté que en la oscuridad de los bolsillos de mi ropón, las bellotas germinaron y fueron naciendo unas preciosas chaparritas que pugnaban por salir de entre los forros del raido gabán de mendigo del que tanto he hablado. También germinaron unas cuantas alubias que guardaba en otro bolsillo, fruto de una de las rondas petitorias a las caritativas almas de la parroquia. El tiempo seguía pasando y yo continuaba sentado, impasible, ajeno a cuanto pasaba a mí alrededor. En un momento dado sentí que una urraca se posaba en el ala de mi viejo sombrero forrado de hule. Yo, perezoso, la dejé hacer. En otra ocasión vi que una tierna zarza se colaba de rondón entre los ojales de mi roída camisa. Yo, impávido dejé que la naturaleza siguiera su curso. Al tratar de abrir los parpados noté el dolor de un pinchazo en uno de mis ojos. Horrorizado vi que mis pestañas eran púas de enebro y que las avispas estaban anidando dentro de mi boca. Me había olvidado de mí mismo.
Este soy yo en mi día bueno
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