Este soy yo en mi día bueno

domingo, 14 de diciembre de 2008

BERNARDINA

Bernardina

Dejó de llover y empezó a nevar; las canales de los tejados seguían evacuando el agua a la vez que iban tomando un color blanquecino, como pieles de grandes toros cárdenos, manchadas de blanco y negro. El humo que salía de las chimeneas distorsionaba esta imagen, dándole un aire preñado de vida. Los tapiales de calicanto que forman las pequeñas casas chorreaban agua y los tordos apenas se atrevían a asomar sus cabecitas desde sus refugios en las oquedades de las piedras. Desde los cercanos olivares se oían los maullidos de mochuelos y milanos. Los gorriones, más audaces, saludaban alegres mientras picoteaban las boñigas, aún calientes, de las vacas. Eran las yuntas de los carreteros que salían a los campos para el acarreo de leñas para las matanzas y los hornos del pan. Eran precedidos por las piaras de cabras y los rebaños de ovejas, que salían de sus majadas, habilitadas en la misma aldea para mejor defensa ante los ataques del lobo. Los perros ponían aún más confusión al conjunto, con su duelo de fieros y desaforados ladridos. Como contrapunto, un coro de gallos cacareaba en los corrales.
Bernardina había madrugado mucho aquel día. Tenía que ir al arroyo a lavar la ropa de D. Ruperto, el cura. El agua estaría muy fría y las manos le dolían por la artritis que le deformaba los dedos. Ojalá saliera el Sol, pensaba, á la vez que recitaba una jaculatoria que le había enseñado su madre. Hacía ya algunos años que se había quedado viuda. Bernabé, su marido, había muerto de una pulmonía doble, le había asegurado D. Servando, el médico. Se había quedado sola en este valle de lágrimas e Iba saliendo adelante como podía; como lavandera y niñera. También hacía las veces de ayudante de comadrona. Era una persona muy apreciada por su bondad y buen conformar. También era llamada para ayudar con las mortajas cuando alguien fallecía. A sus setenta años ya había acumulado una gran experiencia en todos estos menesteres.
Cuando salía de la casa de la Tía Capitana de comprar su cuartillo de leche de cabra para el desayuno, oyó el triste y solemne toque de ambas campanas, -ding dong- ding dong- ding dong- -dong…… Como movida por un resorte levantó la vista hacia el campanario y se sintió sorprendida de que alguien hubiera muerto y que ella se hubiera enterado por el tañido de campanas. Miró a su alrededor y no vio a nadie a quién preguntar. El toque a muerto seguía sonado. Llevaba unos días que se sentía cansada y lo achacó al reuma que le tenía los tobillos y rodillas tan hinchados.
Encaminó sus pasos hacia la tahona y se cruzó con la Eufemia, la mujer del panadero. Tiraba del ramal de su acémila, con los serones llenos de hogazas de pan. Era pan candeal y pan canedo, para los pastores y sus mastines, cuyos rebaños trashumantes pasaban su invernada en las Dehesas del Águila, al resguardo de las ventiscas. Bernardina se sintió dolida por la indiferencia de Eufemia, que no respondió a su saludo. No tuvo ocasión de preguntarle quien era el difunto de aquella mañana.
Cuando salió de comprar su libreta de pan vio venir al Mayordomo de la Hermandad de Entierros con uno de los acólitos. Les oyó comentar: pobre Bernardina, tan buena mujer como era. Somos muchos los que la echaremos de menos. Ella se sintió mareada y prefirió no preguntar nada. Les siguió por las embarradas callejuelas que conducían a su casa. Cuando vio al Mayordomo y su acólito entrar en su casa, el corazón le dio un vuelco y un llanto desconsolado le vino a la garganta. Supo en ese instante que en esa ocasión lloraba por sí misma, por su propia muerte.
Descanse en paz Bernardina, se oyó decir al Mayordomo. Descanse en paz, secundó el acólito.

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