El Abuelo Celedonio.
Los Pernía eran una familia al “viejo estilo”, podríamos decir, en la que convivían el matrimonio formado por Luís y Marisa, los dos hijos mellizos de la pareja, Luisito y Ramón, y Celedonio, el abuelo. Tenían una mascota a la que adoraban, Zulú, un perro bóxer, de edad muy avanzada para su raza, más de quince años. Los niños habían crecido con él y le consideraban un miembro mas de la familia. El pobre animal había empezado a tener achaques y a ensuciar el pasillo, en uno de cuyos recodos tenía su yacija. La vivienda era propiedad de Celedonio, el abuelo, un anciano bonachón que tenía una excelente relación con la familia, a la que entregaba la totalidad de la pensión que percibía, con la sola condición de que, dentro de lo posible, se dedicase a la educación de sus nietos.
Ocultaba a su familia que él, como Zulú, tenía problemas de contención de orina. De hecho, sospechaba que puede que ya lo supieran, pues alguna vez que otra, no podía evitarlo y se orinaba, mojando su ropa interior y el suelo del cuarto de baño. El, con mucho amor propio –siempre que podía-, lo ocultaba, lavando personalmente su ropa y colgándola en el tendedero, o metiéndola directamente en la lavadora, para que pasara desapercibida. Los nietos habían comentado a sus padres que oían al abuelo hablar solo, como enfadado.
“No tienes remedio –solía decirse a sí mismo, recriminándose-, el problema es que no te organizas. Deberías llevar una vida mas disciplinada, levantarte mas temprano, antes de la hora en la que suelen entrarte esas ganas de orinar, que luego no puedes contener. ¿Qué haces en la cama a estas horas? Si, será domingo y todo lo que tú quieras, pero ya deberías haberte levantado para sacar al pobre Zulú. Eres casi tan perezoso como los mellizos, que no hay forma de que madruguen. Levántate de una vez y descarga esa vejiga de cerdo agujereada que tienes. Si sigues en la cama, no tardarás en mearte encima. Menudo papelón: “Mi suegro es un viejo meón, la que me ha caído con él”” Y lo gracioso es que no tiene ninguna enfermedad, ni siquiera padece de próstata”. No tardarías en comprobar cuanto se reiría tu nuera de ti. Serías la comidilla de las vecinas, especialmente esa viuda del segundo, tan guapa. ¡Venga, arriba!, no seas perezoso, saca a Zulú y déjate de tonterías. Menos mal que los gemelos, tus nietos, te adoran, como tú a ellos. Quieren que les acompañes para que les veas entrenar con su equipo de fútbol ¡nada menos!, Si ellos supieran que tienes que ir al cuarto de baño constantemente y que estás peor que Zulú, que ya es decir, no pensarían en llevarte con ellos a los entrenamientos.
Luís, el hijo de Celedonio, pese a estar despierto, permanece en la cama. Espera paciente a que su padre se levante y saque a Zulú para darle unos achuchones a Marisa, su mujer. Es el único momento que tienen, mientras los niños duermen como troncos y el abuelo sale a sacar al perro al parque.
Se oye ruido, parece que el abuelo se está levantando, -reflexiona-, a ver si es verdad que esta vez se da un buen paseo. No anda apenas nada. Me tiene preocupado, está muy raro últimamente y se le está agriando el carácter. Menos mal que hoy es domingo y no tengo que madrugar. Estoy un poco harto de tomar el metro a diario, de aguantar a los clientes y, en especial, al nuevo director. No me extraña nada que nos jóvenes se revelen contra las normas establecidas y prefieran no atarse a la vida monótona, plana y rutinaria. Me siento explotado por todo cuanto me rodea. Pero en fin, que le vamos a hacer; también tengo mis compensaciones y una de ellas es aprovechar la mañana del domingo para abrazar a Marisa mientras mi padre se va al parque con el perro y los mellizos duermen como lechones. De todas formas tengo poco tiempo, también he de aprovechar la ausencia del abuelo para hablar con Marisa y los chicos sobre el futuro de Zulú y lo que ayer me dijo el veterinario. Tiene un cáncer terminal y su calidad de vida se verá mermada de día en día. Empezará a no poder controlarse en absoluto y la convivencia con él se hará imposible. Me ha dicho que si estamos de acuerdo, él puede encargarse de ponerle una inyección letal, o bien una pastilla. No sufriría en absoluto. Será muy doloroso para todos, especialmente para el abuelo y los chicos que, como aquel que dice, se han criado con él.
¡Juventud, divino tesoro!, -se dice el abuelo mientras se dirige al cuarto de baño- , duermen todos como leños, Lo únicos que no dormís sois Zulú y tú, Esto confirma que la vida hace extraños compañeros de viaje- Menos mal que has llegado al cuarto de baño, pese a que, como casi siempre, te has meado fuera. Coge la fregona y friégalo, si no quieres oír a tu nuera cuando vuelvas del parque. Menos mal, que dentro de lo malo, te trata como a un padre.
El abuelo se dispuso a sacar a Zulú, que le miraba apremiante desde la puerta de salida. No le faltaba más que hablar, “me estoy meando”, parecía querer decirle, “date prisa, que no puedo más”. Mientras el abuelo le pone la correa, el pobre animal se orina sobre el alfombrín de la entrada, mojandole incluso los zapatos. Celedonio maldijo por lo bajo y simuló castigar al animal con la correa, pero cayó en cuenta de que ambos estaban en situación parecida y una sensación de ternura se apoderó de él. Secó como pudo el orín y puso la alfombra a secar en el tendedero, más que nada para quitarlo de la vista de Marisa, su nuera. Lo último que deseaba era molestarla. Tras cambiarse de zapatos, salió a la calle con el perro y ambos se dieron un paseo por el parquecillo existente cerca de la casa. El animal caminaba lento y triste. Tras defecar en el césped, volvió junto a Celedonio. El animal se negó a seguir caminando en otra dirección que no fuese regresar a casa. El anciano comprendió al perrol perfectamente y juntos tomaron el camino de regreso. Cuando al final del ancho pasillo que formaba el portal, llamó al ascensor, sintió que se le aflojaba el vientre y, ¡ocurrió el desastre!, se lo hizo encima. Se contuvo como pudo y entró en casa apresuradamente, metiéndose en el cuarto de aseo, que tenía para su uso casi exclusivo. Se sentó en el WC, tras haberse desnudado casi por completo. Se dio una ducha y lavo a mano su ropa interior; todo con tal de evitar que aquello se supiese. Afortunadamente ninguna vecina le vio colgando sus calzoncillos, pensó para sí. Mientras tanto, Luís, el hijo de Celedonio, estaba en el salón con su mujer y los dos mellizos. Les estaba explicando lo que había dicho el veterinario. Lo mejor era una inyección letal. Garantizaba que el animal no sufriría en absoluto. Para entonces el abuelo mantenía uno de sus monólogos.
¿Y ahora qué?, ¡vaya mierda de vida!, y nos lo queríamos perder. Para que te des cuenta de que no se pueden dar pasos improvisados; deberías haber esperado para salir de casa y haber hecho tus “deberes fisiológicos”. Si sabías que a esa hora, más o menos, es cuando sueles ir al baño, ¿por qué no esperaste? Si, ya se que el perro no podía esperar más, el pobre animal, de hecho hasta te mojó los zapatos. Pero deberías haber razonado que si es el perro el que ensucia, la “culpa” sería de él y no tuya. Si tu te ensuciabas por un desliz del perro, la “culpa” era tuya y solo tuya. De ti es de quién dirían:” el pobre Celedonio se ensucia encima”,” el pobre Celedonio necesita pañales como un bebé”. ¿Te servirá de excusa tu senectud, tus tripas de viejo achacoso, con diarrea crónica? Sí, sí te servirá. Serás objeto de la lástima, de la piedad de algunos, de los que te quieren. Pero también lo serás del sarcasmo de otros, de los de siempre, de aquellos que tienen una risa fácil y el humor a flor de piel. Dirán: pobre hombre, se ensucia encima y no lo puede evitar. ¡Menuda cruz le ha caído a su nuera! Se impone organización, disciplina, Ajustarse, dentro de lo posible, a los horarios del cuerpo. Ah, y a no mentirte a ti mismo no acudiendo al médico para que ponga remedio, si es que lo hay, para las cosas que te pasan. De nada te servirá esconder la cabeza debajo del ala.
Cuando el pobre Celedonio terminó de componer –lo mejor que pudo-, el desaguisado causado por su colitis crónica, que hasta ese momento había mantenido en secreto, se encaminó a su dormitorio, junto al salón. Involuntariamente oyó que estaban todos hablando y, para su sorpresa, oyó lo que sigue:
- En la clínica me lo han dejado muy claro. Su calidad de vida irá a menos, de día en día. El pobre sufrirá al ver que su cuerpo no le responde. Se lo hará encima, manchará la casa y por supuesto la cama donde duerme. Tendrá vómitos y hasta hemorragias. Al fin y al cabo es un enfermo terminal.- dijo Luís, su propio hijo.
- A mi no me importa, -terció Marisa, su mujer-, al fin y al cabo, con lejía, amoniaco y detergente para la lavadora, estas cosas se pueden sobrellevar mejor que en tiempos de nuestros abuelos. Pero comprendo, pese al cariño que todos le tennos, que es repugnante. Lo mejor, desde mi punto de vista –ya que no va a sufrir-, es que le demos la pastillita y a otra cosa. También podemos llevarle directamente a la clínica y que allí se ocupen de todo.
El abuelo, que seguía escuchando desde su dormitorio, no daba crédito a lo que estaba oyendo. Los chicos, los dos mellizos, con la nobleza que caracteriza a los jóvenes, se ofrecieron voluntarios para limpiar lo que hiciera falta, con tal de no llegar al extremo de darle la pastilla final. Celedonio, al oírles, no pudo evitar echarse a llorar amargamente.
El aanciano se recluyó en su cuarto, armado con el cuchillo jamonero, negándose a probar bocado, con la excusa de estar empachado. A los dos días desapareció de la casa y presentó una denuncia en comisaría contra su hijo y su nuera por intento se asesinato.
lunes 26 de enero de 2009
domingo 25 de enero de 2009
La Pintora y el Poeta,
(En honor de ámbos)
En el ave, ese tren con cabeza de delfín, llegó a Sevilla - esa ciudad amistosa, cercana y llena de luz con olor a azahar, esa maravilla-, cuya cintura ciñe Quivir, el Guadal, una chiquilla. Una pintora muy pinturera y en el Parque de María Luisa, plantó su silla, para no perderla, que dijo aquél, al ver su duende de niña.
Preparó su paleta de arcoíris y sus pinceles y , mientras así hacía, llegó El Poeta. Impávido, Caballero, le preguntó: ¿Niña, en la cabeza tú que tienes? Ella le miró y se echó a reír. Mi madre dice que tengo pájaros. Pájaros en la cabeza…No –contestó el poeta-,quiero decir, te pregunto, qué idea tienes, ¿qué vas a pintar?. Aún no lo se –contestó la niña-, con un gracioso mohín. No se que podría yo pintar en un parque como éste; niños, árboles, pájaros, flores, tal vez…
¡Pinta un poema, niña mía!, pinta a Sevilla, pinta un rigodón de crisantemos amapola, pinta un nido de oropéndolas, mi niña, pinta tulipanes junco, pinta margaritas circunspectas, Pinta un corredor con belvederes y cortinas de lunares tuertos. Pinta la alegoría de esta montera que te brindo. Pinta un injerto de nardos y claveles reventones, pinta rosas verdes, rojas, gualdas, negras y turquesa. Pinta rosas de pasión, frontispicios con rosales de pitiminí y nidos de jilguero. Pinta, pinta tritones que descienden de las pérgolas, cisnes de raso satén, negros y azules, en un marco de ninfas y abedules. Pinta una tarde de toros y jacas cartujanas, con rejones de oro y filigrana, con toreros efebos y toros sodomitas. ¡Nada de pitos, nada de palmas! Solo el rasgar de una guitarra y un arranque por tarantas. Pinta mi niña, pinta y déjame verlo antes que muera.
Vale, dijo la niña, pero me lo tendrá Vd. que escribir, caballero. Tengo la cabeza llenas de pájaros, ya lo dice mi madre y me va a resultar un poco difícil acordarme de un paisaje tan extraño como el que Vd. me describe. Puedo empezar pintando los cisnes, que al fin y al cabo son aves –pájaros grandes, si Vd. quiere- Puedo pintarlos como si sus plumas fueran de raso satín y sus cuellos…como culebras en celo. Rodeados de ninfas y abedules, decía Vd. También podría dibujar la música de un arpa que suena, y la de una lira que está tocando un fauno que corteja a las ninfas. A las flores que Vd. me dice, es preciso colocarlas en parterres cercados con piedras volcánicas, ah, que no se me olvide, también debo pintar el aroma del azahar y de las rosas de pitiminí.
Y ocurrió; el poeta, aquel caballero, entró en trance. Fue abducido por las musas Había ocurrido, uno de sus poemas se había materializado, había tomado forma. El poema –que incluía una pintora con pájaros en la cabeza-, había llegado a Santa Justa, en el ave.
V E N C E J O S
Me pregunto si podría decirse que los “paseantes en Corte” tenemos “la cabeza a pájaros” . No lo se, pero lo que si es cierto es que, de vez en vez, cuando paseas por Madrid, lo que suele ocurrir es que alguna paloma te cague encima. Generalmente es la cabeza la que sufre la afrenta. Otras es el hombro o la nariz, - solo en el caso de que no seas manifiestamente chato, o chata, chati. Bueno, dejémonos de circunloquios y vamos al grano, que las cuatrocientas palabras llegan en cuanto te descuidas. Era yo pequeño y en la era –en la de trillar-, cuando le tocaba el turno a las algarrobas, el servicio secreto de los vencejos se enteraba. También lo hacía en de los gorgojos. Ambos como por arte de birlibirloque. Yo, de un año para otro, ya lo sabía, sabía que los vencejos nublarían los cielos con sus alas; miríadas de ellos venían a comerse los miles de millones de gorgojos que soltaba la parva de algarrobas que yo estaba trillando. Se me metían por la nariz, por los ojos, por las orejas, etc. Era terrible. Yo me protegía como podía. Los vencejos se ponían las botas. Pero no creáis que se iban de rositas; los alcotanes, halcones y algún que otra águila, también tacaban provecho. Pero algún feligrés le iba a la zaga a las rapaces. Con una vara larga, a la que se ataban largos alambres, era muy fácil cazarlos. Ya sabéis, son muy parecidos a las golondrinas. Eran un excelente aporte de carne para las ollas de verano. ¡Que cosas!. Pero no es a estos pájaros a los que ha querido referirse el tema de esta semana. Se trata de otro tipo de pájaros, que cuando llenan nuestra cabeza nos suelen poner torpones, cómo a “pájaros bobos”. Suele ocurrir cuando nos enamoramos
Ahora que me he jubilado y ya no vivo en el pueblo, echo de menos el campo y me ha dado por pasear por el Retiro, ese parque tan bonito, lleno de árboles y vendedores de barquillos. Me doy grandes caminatas, desde el Paseo de Coches al Estanque, y de ahí al Ángel Caído. Otras veces es al contrario.
El otro día, sin ir mas lejos, mientras paseaba, un perro pequeñajo, atado con una finísima correa, empezó a ladrarme, hecho una fiera, como si yo le hubiera hecho algo ¡Menuda corajina le entró al animal cuando me vio!. Al otro extremo de la correa había una preciosidad –pasaba de los cuarenta y tantos-, pero estaba como un tren, que decía; Atila no, Atila no. Ella llevaba el abrigo parcialmente abierto y me pude fijar en sus abundancias y a la vez en lo sonrosado de sus pómulos, seguramente debido a la fría brisa de la mañana.
¾ Hola, que perrito tan bonito tienes. Parece una fiera en miniatura –le dije yo zalamero-
¾ Claro, es un “pekinés”, que son como leoncitos en miniatura.-contestó ella haciéndose la interesante.
¾ Yo no entiendo mucho de perros y menos si son chinos. Además, yo creí que los chinos se comían los perros, así sin más –en esas, el perrito en cuestión me mordió el borde los pantalones y empezó a tirar como una hiena del cadáver de un búfalo. Al final me desgarró levemente el tejido.
¾ Lo hace por celos. Es muy celoso cuando alguien habla conmigo.
¾ No me extraña nada preciosidad. Yo también estaría celoso. No es para menos, con ese palmito que te gastas –piropee yo inmisericorde. Ella, que evidentemente no estaba acostumbrada a los piropos, a los ataques directos, no sabía donde ni como ponerse.
¾ ¿Nunca te han dicho que tienes unas pestañas que son para columpiarse en ellas?
¾ ¿Y Vd. está loco, verdad? –dijo ella evidentemente nerviosa.
¾ Me podría hacer un paraguas con tus pestañitas –y esto último la intrigó-, no entendía lo que yo quería decirle. Caí en cuenta. ¡No era española!, tenía un lejano acento francés.
¾ ¿Qué, qué?. ¿Qué dice de paraguas? – yo se lo expliqué lo mejor que pude-.
A todo esto ya estábamos caminando juntos, en dirección al Palacio de Cristal. El Sol empezaba a lucir de nuevo. Al poco, la conversación tomó tintes muy agradables. Yo iba como flotando mientras caminaba a su lado. ¡Que cañonazo de señora!. En una abrigada solana, abierta al mediodía, nos sentamos. Ella ahora reía abiertamente con mis gracietas. Suelo ser una persona muy tímida, pero ese día, sin que sepa explicar el porqué, perdí casi todas mis inhibiciones. Sentados en el banco, le pasé el brazo por encima del hombro. Nos estábamos contando nuestras vidas respectivas cuando me quedé atónito. El pekinés la emprendió con mi pierna y debía confundirla con “la perrita pekinesa”, aquella canción de la infancia. Nos echamos a reír a carcajada limpia y seguidamente uno en los brazos del otro.
Cuando llegué a casa, mi hija Lucy, en cuya casa vivo por ahora, me preguntó airada, la razón de no haber venido a comer a mi hora. Yo le contesté con evasivas; me encontré con un amigo del pueblo, etc. Su comentario, repetido a los largo de los meses siguientes fue_ “me parece a mi que tú tienes “la cabeza a pájaros”.
Absalón,
(In memoriam)
-Vd., es el Capitán; ¿o se cree que no me acuerdo?
-Pero hombre, Absa, apéame el Vd. Somos más o menos de la misma edad y jugábamos juntos de niños, ¿o ya no te acuerdas?
-Si que me acuerdo, si. Que bien lo pasábamos entonces. Es qué, verás, estoy esperando que me llamen de un momento a otro. Quiero tomar la alternativa en Las Ventas, pero solo si es Joselito el que me apadrina. Los otros no me importan, pero Joselito si.
-Hombre, no sabía que te gustasen los toros. Es un oficio peligroso.
-De toda la vida, me gustan mucho. Saldré a hombros y por la puerta grande o con los pies por delante.
Fue un nueve de septiembre del año 1952. Me acuerdo por que ese día era el cumpleaños de mi padre. Fue solo unos días antes de empezar el curso, mi primer curso escolar. Mi madre me envió a casa de D. Demetrio, el médico. Me dijo “ve a casa de D. Demetrio. Te dará un certificado médico para que puedas ir a la Escuela. Se lo tienes que entregar a D. Ramón, el maestro.” Deduzco que ese día yo tenía aún cinco años, a punto de cumplir los seis. Dejé de jugar y bajé a casa del médico. Toqué el timbre y me abrió ella, Dª Caridad. Era una señora afable y cariñosa. Me dio un beso y me introdujo dentro de la casa. Al poco apareció él, Absalón Tendría unos tres años entonces. Noté que era un niño extraño, muy extraño. Muy diferente a mi o al resto de los chicos del pueblo. Llevaba el pelo cortado a media melena, como una niña. Yo me reí de él para mis adentros. Andaba dando saltos –niño hiperactivo, diríamos hoy-, Nada más verme, se vino a mi y, sacando la lengua, empezó a hacerme burla. De la casa tengo recuerdos contradictorios. Por un lado era muy luminosa, con un gran ventanal abierto al sur, al mediodía, que daba a un patio con parras e higueras, en el que centenares de palomas zureaban por doquier. Por otro, aún no he podido olvidar aquellos grandes tarros de cristal con fetos sanguinolentos dentro de ellos. Desde siempre supe que Absalon no era hijo de ellos. Era hijo del Poeta Cojo. Cuando me fui haciendo mayor supe que él, D. Demetrio, era morfinómano y ella, casada con él por “boda roja”, o “civil”, como solía decirse, era la amante de Emiliano, el Poeta, El Cojo.
A él, a Absalon no volví a verle hasta dos o tres años después, cuando empezó a ir a la escuela. No se adaptaba y llegaba a hacerle burla al maestro. Las bofetadas que se llevó fueron de antología. Este se justificaba diciendo que había que quitarle “los pájaros de la cabeza” En los recreos formamos una pandilla en la que yo era “El Capitán” y él formaba parte de ella. Con el tiempo, él se olvidó de los mimos de su madrastra y el padre, al morir el médico, recuperó la patria potestad. Ella, muy criticada por derrochar el trigo alimentando palomas, al no ser reconocido su matrimonio, no recibió pensión de viudedad y pasó el resto de sus días viviendo de un puesto de “chuches” en la plaza del pueblo.
Lo último que supe de él, hará un par de meses. Un amigo me dijo que había aparecido muerto en plena calle, en los Carabancheles.
21/01/2009, 17:26
o
o Informar de abusos
El bacán.
La antigua corrala no era, a todas luces, un lugar para pasar desapercibido; docenas de ojos escudriñan el patio y los angostos corredores. Las puertas de los tabucos, poco mas que carboneras, estaban numeradas con tiza. Las hay que incluso tienen el nombre rotulado en letras góticas, negras, como aves de mal agüero; “La Encarnita”. El rótulo logra contrastar con el color de las puertas, beige claro en origen, hoy menos claro debido a la falta de un buen fregado. Pero Encarna, la titular gráfica de aquella puerta, ya no está. Según cuentan, se ausentó sin dejar señas. En voz baja, las comadres más añejas, comentan que un buen día se la llevaron los grises y no había regresado. También hay quien, tal vez mienta, asegura que la Encarnita había sido miliciana, cantinera del 5º Regimiento, por más señas. Pero eso, quién lo sabe. El olor a repollo rehogado con ajos, yuxtapuesto al aroma de sustancias del pucherillo cotidiano, hace que te sientas cálidamente acogido, como si de pronto, tu madre hubiera resucitado y se hubiera multiplicado por treinta. Tal fue la sensación que el misterioso inquilino debió sentir la primera vez que subió a los corredores y penetró en su habitáculo... Marcelino Fernández, un emigrante al Uruguay, recién repatriado, supo de su paradero, sin divulgarlo; dejó las cosas como estaban. Era un hombre de tez amarillenta, subido de bilirrubina, como enfermo de ictericia. Ella tiene un quilombo en Escalinata y vive con opulencia; visón, chanel, champagne, son algo cotidiano en la vida de Encarnita.
Cuando Marcelino alquiló el cuchitril, no sin antes regatear todo lo que pudo con el pusilánime administrador del casero, un riquísimo boticario de Antón Martín, supo de las bienandanzas y fortunas de la interfecta. Se lo contó el pusilánime, que para sacarse una comisioncilla, le dio la dirección de la viva ex miliciana.
Pero el pobre Marcelino no estaba para esas cosas, y no por falta de ganas –la bilirrubina no es óbice para las cosas de la libido-; muy al contrario, era un hombre con una marcada inclinación a la concupiscencia. Queda claro que ni un duro para La Encarnita. Faltaría más. El practicaba con fruición sus dos grandes vicios; el amor gratis y la economía.
Era Marcelino un hombre enjuto, magro de carnes, metódico y sobrio, sin pájaros en la cabeza. Su aventura en el Uruguay le había dejado un sabor agridulce; por un lado, abundancia de amor gratis y por otro, la inflación. Los millones de pesos ahorrados con gran esfuerzo habían quedado reducidos a poco más que el valor del billete de vuelta a Madrid. No obstante, su sexto sentido le hizo invertir, desde Uruguay, un buen pico en acciones de Telefónica, que por aquel entonces ya habían multiplicado por tres su valor de compra, casi a la par muchas de ellas. En suma, Fernández no era pobre y lo que necesitaba ahora era una novia. Tenía claro que de amor no se muere, por tanto, ¿a qué esperaba? Esperaba un buen partido, una mujer linda –como él gustaba decir-, guapa, que te quiera, que te gane, que te entienda y, a la vez, que te guste, que te excite, que te motive. Cualidades importantes, pero si a todas ellas sumamos dinero, riquezas, opulencia, entonces, entonces es cuando se produce lo esperado, ¡el éxtasis!, ¡la apoteosis!, En eso radicaba el “non pus ultra” de Marcelino. Soñaba con una viuda sultana, una bacana terrateniente, o situaciones afines. Él, Marcelino Fernández, por el momento puso su grano de arena; se fue a Casa Yustas –sombrerero de postín- y se compró una gorra nueva, una gorra de pichi, de castigador. Una gorra de chulapo; ¡él se jactaba de conocer el alma femenina!
Tendió sus redes. Comenzó a frecuentar los grandes cafés, El Chinitas, El Universal, Noche y Día, etc. Eso sí, se las arreglaba para no consumir más que cuando una caída de pestañas y el lenguaje del abanico le llamaban con insistencia. Al fin una ballena picó su diminuto anzuelo.
Su boda con la Encarnita se celebró por todo lo alto en San Ginés. Las más añejas de la corrala no daban crédito.
Pájaros atestados
Tras nuestra conversación –nos dieron las tantas-, hube de quitar la razón a mi buen amigo Baltasar, contertulio ameno donde los haya. Intentó convencerme, con irrefutables axiomas, de que no todos los seres humanos tenemos los mismos pájaros en la cabeza. Para animarnos, dispuso a nuestro alcance una mesita provista de Tequila Reposado, sal, limón y demás zarandajas de rigor, al gusto mexicano.
Acabó por descifrar las incógnitas, los aspectos ocultos en la biografía de Quasimodo, el inmortal Jorobado de Notre Dame. La elocuencia de mi amigo fue subiendo en la misma medida que el nivel de la botella de Tequila fue bajando. Concluyó que las gorgonas de los cimborrios de Notre Dame, huecas ellas, sirven de cobijo a los palomos solteros, desparejados. De ellos se ocupaba el campanero enamorado, acusando a Víctor Hugo de habérnoslo ocultado.
El hilo de sus razonamientos fue discurriendo por insospechados vericuetos, ya que los pájaros que tenemos en la cabeza no son todos iguales; no podemos olvidar que no es lo mismo un pingüino (pájaro bobo), que un albatros (¡pedazo de pájaro!), o un cóndor (de vuelo mayestático). Hay tantas clases de “pájaros en la cabeza” como de personas, decía Baltasar con rotundidad. Los hay que la tienen llena de pájaros mosca, otros de colibríes. Estos tienen gorriones y aquellos, oropéndolas. Los emprendedores tienen gallinas, y hasta avestruces. Los “gourmons” tienen pollos al chilindrón y perdices estofadas, por no hablar de aves fastuosas, como el faisán a la Romanoff o el pato a la naranja. ¡Ah los pájaros!. Esos grandes pavos de acción de gracias que tienen en la cabeza los norteamericanos, o esas poulardas rellenas de perdices y, estas a su vez, rellenas de codornices y gorriones, como muñecas rusas, otrora cumbres del arte coquinaria.
Fue concluyendo que con los “pájaros en la cabeza” hay que tener cuidado, que pueden resultar “tóxicos”, como ciertos activos bancarios. Pero esto no es lo peor, en los casos extremos, en los más graves, estos inquilinos de nuestras testas pueden incluso metamorfosearnos y convertirnos en “pájaros de cuenta”.
A todo esto, mi amigo Baltasar, que en los intervalos ya tarareaba por lo bajo “estas son las mañanitas”, soltó solemne; Yo presencié, con mis propios ojos, como mi compadre, Rosendo Fulgor, se lo hizo bien raro el solito, sin ayuda de nadie, el “probe.”
- ¿Y como fue?, le pregunté, ingenuo de mi..
- Se transformó en un ornitorrinco, el muy rompe huevos.
Desde ese día vengo dándole esquinazo. No me pongo ni al teléfono cuando él llama.
o
Pájaros, en femenino y singular.
Por aquel entonces se puso de moda - pero solo entre aquellos, que como yo, quedamos impresionados por la magistral interpretación de Burt Lancaster y Karl Malden en “El Hombre de Alcatraz”, bajo la dirección de John Frankenheimer-, la simbiosis hombre – pájaro. En su trama, esta magistral película, plantea, entre otros dilemas de índole moral, la cuestión de la paciencia, materializada en un preso (Lancaster), que consigue, no solo amaestrar y curar a los pajarillos que acuden a la ventana de su celda; logra hacerse una autoridad mundial en ornitología, venciendo para ello la desconfianza de su guardián (Malden). La simbiosis hombre – pájaro, fue un movimiento con solo algunas docenas de adeptos, entre los que yo me encontraba –locos años de juventud-. Consistía en llevar un pájaro en el hombro, que, alternativamente, subía a la cabeza y se colocaba en el hombro contrario. Solía llevarse prisionero con una cadenita que iba de la pata al ojal de la solapa de la chaqueta, al efecto de evitar inoportunas travesuras. El pájaro que mejor se adapta a este menester es -mundo adelante- el cuervo. Le da al que lo porta un aire romántico y aventurero. Algún calavera hubo que utilizó un loro, más por razones jocosas, que le son tan propias a estas personas, que por otra cosa con mas noble propósito.
En los años del desarrollo las cosas no estaban para lujos y cuando pregunté el precio de los cuervos en las pajarerías me dijeron que tenía que ser por encargo. Había que pedirlo a Inglaterra. Allí por lo visto abundan. Me tuve que conformar con un grajo, “Corvus frugilegus” que es el córvido que tenemos aquí, en las Batuecas, mas chulo que un ocho haciendo la siesta. Logré amaestrarlo y pasear ufano con el. Pero el movimiento fracasó y la moda no fue a más. A mi no me hubiera importado continuar, pero me contagié y se me metió otro pájaro en la cabeza, esta vez dentro; femenino y singular, por más señas. Os cuento lo que pasó.
En Madrid éramos cinco o seis los que seguíamos la moda “Raven head” y las quedadas solíamos hacerlas junto al lago de la Casa de Campo. No lo pasábamos mal. Intercambiamos marcas de alpiste, trucos para quitar las manchas de los scrmts de la ropa y el pelo, etc. Allí conocí a Paloma, que tenía cuervo. Me estuvo dando calabazas durante varios meses. Decía que mi grajo era un desprestigio, que sus padres no me admitirían con él en casa. Al final, la llamada de la selva; aprovechando que una graja le llamaba desde la rama de un pino, lo solté, no sin cierta pena. Ella, por el contrario, no soltó a su cuervo y a mí me siguió tomando por un pájaro de cuenta.
Desde entonces, los pájaros crudos, estén donde estén, me dan alergia.
Absalón,
(In memoriam)
-Vd., es el Capitán; ¿o se cree que no me acuerdo?
-Pero hombre, Absa, apéame el Vd. Somos más o menos de la misma edad y jugábamos juntos de niños, ¿o ya no te acuerdas?
-Si que me acuerdo, si. Que bien lo pasábamos entonces. Es qué, verás, estoy esperando que me llamen de un momento a otro. Quiero tomar la alternativa en Las Ventas, pero solo si es Joselito el que me apadrina. Los otros no me importan, pero Joselito si.
-Hombre, no sabía que te gustasen los toros. Es un oficio peligroso.
-De toda la vida, me gustan mucho. Saldré a hombros y por la puerta grande o con los pies por delante.
Fue un nueve de septiembre del año 1952. Me acuerdo por que ese día era el cumpleaños de mi padre. Fue solo unos días antes de empezar el curso, mi primer curso escolar. Mi madre me envió a casa de D. Demetrio, el médico. Me dijo “ve a casa de D. Demetrio. Te dará un certificado médico para que puedas ir a la Escuela. Se lo tienes que entregar a D. Ramón, el maestro.” Deduzco que ese día yo tenía aún cinco años, a punto de cumplir los seis. Dejé de jugar y bajé a casa del médico. Toqué el timbre y me abrió ella, Dª Caridad. Era una señora afable y cariñosa. Me dio un beso y me introdujo dentro de la casa. Al poco apareció él, Absalón Tendría unos tres años entonces. Noté que era un niño extraño, muy extraño. Muy diferente a mi o al resto de los chicos del pueblo. Llevaba el pelo cortado a media melena, como una niña. Yo me reí de él para mis adentros. Andaba dando saltos –niño hiperactivo, diríamos hoy-, Nada más verme, se vino a mi y, sacando la lengua, empezó a hacerme burla. De la casa tengo recuerdos contradictorios. Por un lado era muy luminosa, con un gran ventanal abierto al sur, al mediodía, que daba a un patio con parras e higueras, en el que centenares de palomas zureaban por doquier. Por otro, aún no he podido olvidar aquellos grandes tarros de cristal con fetos sanguinolentos dentro de ellos. Desde siempre supe que Absalon no era hijo de ellos. Era hijo del Poeta Cojo. Cuando me fui haciendo mayor supe que él, D. Demetrio, era morfinómano y ella, casada con él por “boda roja”, o “civil”, como solía decirse, era la amante de Emiliano, el Poeta, El Cojo.
A él, a Absalon no volví a verle hasta dos o tres años después, cuando empezó a ir a la escuela. No se adaptaba y llegaba a hacerle burla al maestro. Las bofetadas que se llevó fueron de antología. Este se justificaba diciendo que había que quitarle “los pájaros de la cabeza” En los recreos formamos una pandilla en la que yo era “El Capitán” y él formaba parte de ella. Con el tiempo, él se olvidó de los mimos de su madrastra y el padre, al morir el médico, recuperó la patria potestad. Ella, muy criticada por derrochar el trigo alimentando palomas, al no ser reconocido su matrimonio, no recibió pensión de viudedad y pasó el resto de sus días viviendo de un puesto de “chuches” en la plaza del pueblo.
Lo último que supe de él, hará un par de meses. Un amigo me dijo que había aparecido muerto en plena calle, en los Carabancheles.
El pájaro ludópata
Celedonio Maruenda es un tipo displicente, huraño. Todo por que se le ha metido un pájaro en la cabeza, pájaro qué, según él, va cambiando semana a semana. A veces es pájaro de mal agüero y otras al contrario, de buen agüero. Cuando esto ocurre, que él cree que está en fase de buen agüero, se va al casino y echa unas manos de Black Jack. Cuando su pájaro le es propicio, gana y cuando no, pierde. O al menos eso cree él.
Lo paradójico es que, con lo que gana en el Black Jack, se va a la ruleta americana y lo pierde todo. De ahí su permanente mal humor.
Invariablemente, cuando entrega las llaves del coche al portero del Casino –gusta de ir al Gran Madrid-, siempre se hace el firme propósito de no jugar a la ruleta americana, y menos aún a la francesa. Pero su pájaro duende, un córvido seguramente, que los ludópatas llevan en la cabeza, le induce picándole el magín, olvidándose del propósito de enmienda que se hizo cuando entraba en el casino.
Invariablemente se dirige a la mesa donde está una preciosa pelirroja, con ojos de un azul glaciar y con la que mantiene una relación de amor y odio. Cuando le da buenas cartas, cartas ganadoras, la ama con locura, cuando es al revés, le gustaría retorcerle el cuello.
Aquel día, el pájaro que tenía en la cabeza le gastó una mala pasada. En la primera partida sacó un “natural”, veintiún tantos clavados. ¡Bingo!. Había conseguido su primer Blackjack de la noche, con Jota y As. A este le siguieron otros tres. El croupier (ella), frunció levemente el ceño. En la siguiente mano, con un gesto hierático, barajó e hizo sus filigranas con los naipes, que en sus manos parecían estar vivos; repartió y ¡zas! Otro blackjack natural. Y, en ese instante, alguien, que parecía no ser él, soltó un graznido en forma de envite diciendo: “doblo”. El, nervioso por el graznido, se apresuró a poner sus fichas para cubrir la apuesta. La fría mueca de la pelirroja croupier se relajó, a la vez que levantando sus cartas, dijo: gana la banca.
Ni que decir tiene que se le puso un humor de perros. Se alejó de la mesa echando humo, maldiciendo su mala suerte. Le quedaban cien euros en el bolsillo y decidió marchar de allí cuanto antes. Aquella no era su noche, se dijo a sí mismo. Pero de pronto, una voz, en forme de graznido, le dijo:
¾ Pon cien pavos al trece, que tienes pleno. En la americana.
¾ Pero..¿esto que es?.¿ Quien eres tú ?.
¾ Yo, bueno, es muy largo de explicar. Soy Longinos, el pájaro que tienes en la cabeza.
¾ Y ¿Desde cuando estás ahí?.
¾ De toda la vida. Lo que pasa es que no te enteras. Pierdes por que no sabes jugar.
¾ ¡Y una leche!, pierdo por que, además de mala suerte, tu me induces a jugar cuando no debo.
¾ Hazme caso, juega cien pavos al trece y luego tírale los tejos a la croupier, que la tienes a punto de caramelo.
¾ -¿Tu crees?.
¾ No lo creo, ¡Estoy completamente seguro!
Decidió hacer caso al pájaro ocupa y apostó sus últimos cien euros a pleno al trece, en la ruleta americana. Y sonó la flauta. Consiguió el ansiado pleno, así, como suena.
Ante el inusitado acierto, decidió seguir el consejo de Longinos e intentar la conquista de la pelirroja, que era algo así como el “Taj Mahal” de las mujeres –tal era el morbo que tenía la criatura-.
Seguro de su éxito, mientras ella estaba barajando los naipes, él se le acercó por detrás y, tomándola levemente por la cintura, le dijo: “Te amo, me tienes loco”. Ella, asustada, se volvió y le arreó un bofetón de antología. Vinieron los de seguridad y, tras ponerle de “chupa de dómine” se le prohibió la entrada al casino durante un año. Por coacciones e intento de violar los reglamentos del juego, le dijeron.
El Chico Quiñones
Pepito se crió enclenque y debilucho. Era bajito. En el cole se le conocía por “El Tirillas”, pero no lograron acomplejarle y supo mantener a raya a los compañeros de clase. Vivian en la calle de San Bernardo, donde su madre, Bernabea, ejercía de portera. A su padre no le conoció; murió cuando él aún no andaba, le había contado su madre.
Tenía una mirada limpia e inteligente, de cara afilada y una gran nariz aguileña. Su madre, Bernabea, era una buena mujer, abnegada por demás, que sacaba a su hijo adelante cosiendo en su chiscón hasta las tantas. También sabía bordar primorosamente, lo que le permitía obtener algunos ingresos extras, bordando los ajuares de algunas jóvenes casaderas.
Logró entrar como aprendiz en un taller de joyería, pero en lugar de salario, su sufrida madre tenía que pagar por el aprendizaje, dado que era oficio muy buscado y con trabajo seguro y bien remunerado, una vez conseguido el grado de maestría.
En el taller de joyería no tardaron en darse cuenta de que el pequeñajo, que ya rondaba los diez y siete años, era una autentica águila en el tallado de gemas, manejando los tornos y otras herramientas como un virtuoso, con ideas propias y muy originales. En estas, su pobre madre, inesperadamente, falleció victima de una peritonitis. Esto le cogió por sorpresa al pobre muchacho y después de pagar deudas, se vio en la calle justo a la semana del fallecimiento; la nueva portera tomó posesión del chiscón en el que habían vivido toda una vida.
Sus únicos parientes lo eran muy lejanos –primos de su padre-, que vivían en un pueblo de Soria, no estaban en condiciones de ayudar a nadie y menos a él, el hijo de su primo José, el hijo pródigo de la familia. O eso decían.
Como decíamos, se vio en la calle y con un duro en el bolsillo, es decir, ni para un bocadillo de calamares. Estuvo largo rato paseando por el Retiro, meditando qué hacer o no hacer a partir de ese momento. De pronto le llegó la inspiración.
Con paso rápido se encaminó a la salida del parque, por la Puerta de Alcalá, para, al cabo de un rato, alcanzar el edificio de Telefónica, en la Gran Vía. En la guía de teléfonos buscó Viuda de Ayuso…..; para la que su madre había estado cosiendo largos años. No tenía mucha fe en la gestión, dada la fama de tacaña que tenía esta señora. El ya la conocía por haber llevado a veces, por encargo de su madre, las maletas con costuras y bordados, Y saltó la liebre.
--Mira Pepito, yo apreciaba mucho a tu pobre madre y por eso voy a ayudarte dándote estas cinco mil pesetas y algunos consejos. Tú no necesitas más dinero, lo dicen tus ojos, tu forma de mirar tan inteligente. Saldrás adelante mejor que otros con mucho más que tú.
--Gracias Dº Margarita. Tan pronto como pueda se las devolveré. Lo que yo quiero es terminar el aprendizaje. Aún me faltan dos años. En el taller dicen que aprendo rápido y que no lo hago mal.
--Devuélvemelo solo cuando no te haga falta, cuando hayas triunfado, que será muy pronto. Ven por aquí cuando quieras.
-Gracias, es Vd. muy amable. Adiós. Y salió de allí con sus cinco mil pesetas en el bolsillo.
Al salir de allí se acordó de que no tenía donde dormir. Comer había comido en casa de Dº Margarita, tanto que se sentía a reventar. Salía relativamente contento, eufórico. Las palabras de su benefactora le dieron aliento para seguir adelante. Intentó aplazar el pago de mensualidades con sus maestros del taller, pero resultó en vano. Mucho ponderar su talento, pero de crédito ni un solo duro.
Sus escasas pertenencias quedaron en un trastero de la casa donde trabajó su madre y, para ahorrarse la pensión, intentaría dormir allí, echando unos sacos en el suelo. Así lo hizo, sin contratiempos por el momento. Esperaba que los caseros le diesen unos días de árnica en este sentido. A la mañana siguiente se levantó temprano y tras comprarse un suizo en una panadería, fue a tomarse el café a un bar de las proximidades. En esas estaba cuando alguien le tocó el hombro. Era un anciano mal afeitado y que apestaba a anís.
- Tú tienes que ser el hijo de Pepito Quiñones. ¡Por Quiñones que tienes que ser él!
- Sí, soy su hijo. ¿Y Vd. quien es?
- Mira muchacho, tu padre y yo… ¡mas que hermanos! Las que nos habremos corrido juntos cuando él vivía…
- ¿Vive Vd. por aquí?
- En el treinta y uno; tengo una buharilla arrendada. Ahí tienes tu casa para lo que gustes.
- Se ha muerto mi madre y me han echado del chiscón. Estoy de aprendiz de pago en un taller de joyería, pero lo voy a tener que dejar si no encuentro pronto un trabajo para poder pagar las clases. Voy de cinco de la tarde a las diez de la noche.
- Mira chaval, te voy a contar algo. No hagas caso del refrán que dice “hombre de muchos oficios, táchale pobre”. Eso no siempre es así. Yo podría tener millones, pero mi vicio son las mujeres. Me secarían astillas si fuese árbol, no te digo más. También la bebida. Cuando me tomo dos copas tiro el dinero. He sido, durante años, “reventa” de entradas; de toros, futbol o teatro, da igual. Dios me dio una habilidad especial para ello. El otro oficio que te decía es el de “plumista”, es decir, reparador de plumines de estilográfica. Negocio honrado donde los haya. Va a menos, pero si te pones en una buena esquina y mientras la gente no tenga dinero para comprar plumines de calidad, tienes el negocio asegurado. La mayoría no tiene arreglo, sencillamente pones uno nuevo y a escribir. De paso vendes tinta y también estilográficas. Yo ya soy viejo y no tengo la vista bien para lo de las reparaciones y como estoy en bancarrota, quiero traspasar la maleta con las existencias y la herramienta.
- Si me enseñase Vd. ambos oficios, le estaría muy agradecido. Dicen que tengo buenas manos para los trabajos delicados y de la vista no me puedo quejar. De la estatura si que me quejo.
- Si me compras el maletín de plumista, cuenta con ello.
- ¿Cuanto pide por él?
- Es una ganga, te lo dejo por cien duros.
- ¡Hecho!, pero con la condición de que, antes de nada, me enseñe Vd. a reparar las plumas.
- Cuenta con ello Chaval. A eso de las ocho estaré en casa. También puedo enseñarte el arte de la reventa de entradas. Lo malo es que este oficio requiere algo de capital inicial. Te lo puedo enseñar sin cobrarte nada. Lo haré por la memoria de tu padre, que en la gloria esté.
- Allí estaré. A las ocho en punto.
- Por si no hubiera llegado, aquí tienes una llave de la buhardilla, la número doce... Te sientas y me esperas, yo no tardaré en llegar.
Tras despedirse, cada cual se fue por su lado. Pepe Quiñones a su taller, donde pagó dos meses por anticipado, dejando a sus maestros encantados y todos los demás boquiabiertos. A eso de las nueve llegó al treinta y uno de San Bernardo y subió a la buhardilla del misterioso amigo de su padre, a quien había olvidado preguntar el nombre. Buscó el número doce; allí estaba. Llamó a la puerta, pero nadie le respondió desde dentro. No obstante, ni corto ni perezoso, abrió con su llave y encendió la luz. Sorprendentemente era un lugar bastante limpio y relativamente ordenado. Tenía dos piezas; una pequeña cocina y un dormitorio. En la fresquera encontró queso, chorizo y pan fresco. Sobre la mesa de la cocina una escueta nota dirigida a él.
“Querido hijo:
He podido comprobar que no necesitas las clases de un vividor como yo. En la maleta hay un viejo manual para reparar las plumas, además de las herramientas. No te costará nada aprenderlo. Con los cien duros haz una obra de caridad. Puedes quedarte en esta buardilla el tiempo que necesites. En el cajón de la mesa encontraras el contrato a tu nombre, con el arrendamiento pagado para cinco años. Yo no volveré. “
A los pocos años, Pepe Quiñones fue contratado como Director de Diseño y Talla por Tiffany & Co. de Nueva York.
INFARTO AGUDO DE MIOCARDIO.
Me levanté temprano aquella mañana, tiritando de frio. Había dormido mal, con pesadillas y sueños obsesivos y recurrentes. Salí de la pensión con una resaca terrible, fruto de la borrachera de “pernod” de la noche anterior. Como es bien sabido, solo con un par de copas se puede combatir esa sensación de náusea y destemplanza. Lo malo es que estaba sin un duro; me lo había gastado todo.
Cuando salí a la calle me di cuenta de que había estado nevando a lo largo de la mañana. Hacía un frío glaciar. Mi estomago me recordó lo bien que me vendría un café con churros y un par de copitas de cazalla. La manía de tomar pernod me venía de mis tiempos de servicio en La Legión, donde, si bien es cierto que te haces un hombre, no lo es menos que coges unos vicios que no son fáciles de quitar. Me pregunté a mi mismo qué hubiera hecho mi sargento, Don Pedro Ribagorza, en el remoto supuesto de verse en una situación como la mía. De pronto, su vozarrón pareció estallar en mi cabeza:” Trabajar so vago, trabajar como un león, golfo de mierda”. Comprendiendo que tenía más razón que un santo, bajé por Embajadores -al paso legionario- y en pocos minutos me plante en la Glorieta de Legazpi y me brindé para la descarga de camiones de de patatas, que constantemente están entrando en la Plaza de Frutas y Verduras. Era la primera vez que iba; alguien –no recuerdo quién-, me lo dijo en cierta ocasión: “Si te ves jodido de dinero, vete a Legazpi, a la Plaza de Frutas y Hortalizas; suelen necesitar mozos para descargar los camiones”.
Pero las cosas no son tan fáciles como parecen. La bebida y los dos paquetes de “Celtas” que me fumaba al día me pasaron factura. Al tercer saco de patatas caí desplomado y semiinconsciente, al suelo. Afortunadamente para mí, a los pocos minutos, una ambulancia me recogía y me llevaba al Primero de Octubre. En Urgencias me dijeron que sospechaban que era un infarto. Acto seguido me metieron en la U.V.I.
Allí, en aquel paraíso, rodeado de ángeles vestidos de blanco, pasé veinticinco días, postrado y sin poder moverme de la cama. Los primeros días fueron terribles; heparina, suero, pinchazos, catéteres, cateterismo, ¡las mil y una perrerías me hicieron!, pero me salvaron la vida. Durante ese tiempo hice todo lo posible por cambiar, por tener una conducta diferente a como había sido en la etapa anterior. Aguanté los tratamientos sin rechistar, haciendo esfuerzos titánicos para ello. Dejé de fumar y beber, ¡a la fuerza ahorcan!, pasé el mono atado a la cama. Pero, en absoluto el mérito fue solo mío. Una de las enfermeras, Rocío se llama, de la que me enamoré perdidamente, me ayudó de forma decisiva, cogiéndome de la mano y dándome ánimos. Se hizo evidente que mi organismo, joven aún, se recuperó del terrible trallazo recibido, recuperándose casi por completo. Solo puedo deciros que, desde entonces, el día catorce de enero lo celebro como si de mi cumpleaños se tratare.
Conseguí un trabajo como celador en el propio Hospital y lo mejor; me casé con Rocío, por la que, como podréis comprender, a veces, quedarse sin un céntimo, es una ventaja más que un inconveniente
Un Euro (1€) por todo capital.
Han pasado los años y no dejo de acordarme de cuando a mi amigo Isidoro le tocó un premio de un millón de euros en la Lotería. Hace solo seis años y hoy ya está sin un céntimo. Trabaja como mozo con un pariente suyo que tiene un pequeño furgón para el transporte a pequeña escala.. Afortunadamente, mi caso es el reverso de la misma moneda´.
Ambos trabajábamos como aprendices en una pescadería. Teníamos que madrugar mucho para acompañar al señor Luís -el dueño de la pescadería-,a Mercamadrid, para ayudarle con la carga de pescados y mariscos. El trabajo era duro pues estábamos en contacto con el hielo a todas horas y teníamos las manos hinchadas y hasta quemadas por esta causa. Vivíamos en la misma casa de huéspedes. A los dos nos echaban a la vez por las quejas de los demás huéspedes, que no soportaban el olor que nuestros cuerpos y ropas desprendían a pescado, pese a que procurábamos ducharnos en los baños públicos antes de llegar a casa.
A Isidoro le gustaba mucho jugar en las tragaperras. Siempre estábamos en bancarrota, él por el juego y yo por mis “lujos” en comida y ropa. El solía decir: “si no comemos, cubrimos gastos”.
Un buen día tuvo suerte con las máquinas y la ganancia la invirtió en Lotería. Recibió el premio de un millón de Euros. Como quiera que yo le echara constantemente en cara su ludopatía, se vengó de mí no dándome nada. Al día siguiente se despidió del trabajo y, hasta años después, no volví a saber de él.
Por mi parte, tuve la suerte en contra, me despedí del trabajo, harto de oler a pescado, y pasé un mes buscando un nuevo empleo, pero sin resultado. Agoté las pocas reservas que tenía, incluida la liquidación del finiquito. Estaba la borde de la desesperación. Hubo un momento en el que todo mi capital era un Euro, una sola y miserable moneda de un Euro.
De pronto Dios me iluminó y cambié la moneda por varias piezas de veinte céntimos, que utilicé en movilizar a los pocos conocidos que tenía en la Madrid. Dos horas después, llamé a mi antiguo jefe.
¾ ¿Hablo con el Sr. Luís?, pregunté.
¾ Si, ¿quién es?.
¾ Soy Jorge, el dependiente que se despidió el mes pasado.
¾ Dime, chaval, ¿Qué quieres?
¾ He hecho unos contactos en Mercamadrid y me voy a hacer distribuidor de pescado congelado, - le mentí piadosamente – y querría hablar con Vd. sobre el tema.
¾ Mira, si lo que quieres es un préstamo, te anticipo que no me interesa. Pero si quieres nos asociamos. Se que eres trabajador y formal. Me tienes a tu disposición como socio.
Su respuesta me dejó helado. Sin pensarlo más, me entrevisté con él, que me invitó a comer en la tasca de la esquina. Por la tarde fuimos a su abogado, que en tres días preparó los papeles para la sociedad que formamos. En ese mismo instante recibí un anticipo de mil euros para los primeros gastos. Él como el socio capitalista y yo socio industrial.
Han pasado ya cinco años de aquello y, la verdad es que estamos teniendo bastante éxito en la empresa, en la que ahora trabajamos catorce personas. Ayer ha venido a verme mi viejo amigo Isidoro, confesándome que está sin un céntimo. Yo le he ofrecido el empleo que dejó cuando le toco la lotería, con la promesa de que, a la vista de su rendimiento y conducta, se le iría ascendiendo paulatinamente. El no ha aceptado. Yo hubiera hecho lo mismo. Se despidió dándome un abrazo y diciéndome que jamás volvería a jugar; mi respuesta fue: “La mejor Lotería, ahorro y economía”.
Un Euro, el valor del dinero.
Ya hacía mucho calor a una hora tan temprana. Aún no eran más que las siete de la mañana y el metro iba imposible, hasta los topes. Cuando llegué a la plaza de España me vino a la cabeza la pregunta de si realmente se podría decir que en esos momentos, yo había alcanzado mis metas vitales. Largo había sido el camino recorrido, duro y sacrificado, pese a que, en cierto sentido, se pudiera decir que había alcanzado el éxito. En aquel momento, desde el punto de vista económico, las cosas parecían marchar hacia adelante. Tenía una pequeña empresa propia, me había casado, tenía un hijo y seguía enamorado de mi mujer. Vivíamos en una preciosa casa en las afueras de Madrid y los fines de semana organizábamos divertidas barbacoas con los amigos, que finalizaban con largas partidas de cartas. ¿Se puede pedir más? En teoría no, pero la vida te da lo que sepas pedirle, con constancia, audacia y ganas.
Un buen día, en el pequeño despacho que tenía en la nave, tocaron la puerta y allí estaba ella. Ni guapa ni fea, ni alta ni baja, muy a mi medida. Me gustó a primera vista. Era la comercial de zona de una conocida marca de bebidas. Flechazo. Fue reciproco; ambos nerviosos. Le hice su pedido pero se olvido la agenda sobre mi mesa, con lo que no tuvo más remedio que volver. Fue cómico. A los seis meses me separé de mi mujer, con la que tengo buenas relaciones. Vivo con Victoria desde hace dos años. Su aportación a mi vida ha sido providencial. Pero soy consciente de que todo se los debo a la estafa sufrida y al hecho de haberme visto con menos de un duro en el bolsillo.
Recién llegado a Madrid, me instalé a vivir con mi primo Olegario, quien en pocos días me puso al día de cómo funcionaban las cosas aquí. Tenía catorce años y era la primera vez que visitaba una gran ciudad. Como quiera que Olegario, que era muy serio, quisiera, a toda costa, hacer de mí un hombrecito -aseguraba que, mi padre en persona se lo había encomendado desde su lecho de muerte-, me buscó un trabajo nocturno fregando platos en la cocina de una sala de fiestas. Aún no se habían inventado los lavaplatos, por lo que se hacía a mano.
Por las mañanas me matriculé en una academia mixta, de mecanografía, contabilidad e idiomas, en la que permanecí un par de años. Mi sueldo era de risa, por lo que, algunos meses, para poder comer, tenía que hacer horas extraordinarias. No necesito deciros que mi trabajo era agotador, fregando montañas de cacerolas, platos, vaso, cubiertos; fregar, aclarar, secar, colocar y guardar centenares de piezas de vajilla y baterías de cocina industrial. Después fregar suelos, estantes. Cuando esto estaba hecho, vuelta a empezar, pelando patatas, picando cebollas, Y así hasta la extenuación. Fue francamente duro.
Y, por si fuera poco, cuando después de ímprobos esfuerzos, conseguí, gracias a las horas extras, ahorrar unos cuantos miles de pesetas para la entrada de un piso, firmé el contrato y resultó una estafa. Perdí las cincuenta mil pesetas entregadas como señal. Estuve al borde del suicidio. Afortunadamente, cuando se es joven, se resiste todo y volví a empezar. Me preparé un currículo, hice cincuenta copias y me dediqué, en ratos libres, a entregarlo, puerta a puerta, en cada restaurante que encontraba. Como había aprendido contabilidad y mecanografía, cuando conseguí entrar en uno de ellos, no tardaron en ascenderme. Dado que no me importaba hacer horas extras, en año y medio conseguí ahorrar para la entrada de otro piso.
Como podréis comprender, yo no exploto a mis colaboradores, no les trato como me trataron a mí, sería completamente estúpido hacerlo. De algo me tiene que haber servido pasar yo por ello. Los diez trabajadores que hay en la Empresa, gozan de todos sus derechos y su sueldo está unido al celo y la productividad inteligente de su trabajo. Cada cual gana en proporción a sus méritos. Se trata de un almacén de suministros a hostelería. Más de la mitad de los trabajadores son comerciales, el resto llevan el almacén, distribución y transporte.
Cuando me casé, harto ya de andar rodando como una peonza fuera de control, comencé a hacer una vida ordenada y de provecho, pero aburrida y con un horizonte carente de paisajes
Hasta que apareció ella. Una preciosidad que supo motivarme y sacar de dentro de mí el “triunfador” que llevo dentro. La dificultad hace al hombre. No niego que en el futuro las cosas puedan cambiar, sería lo normal, pero por el momento, con el consabido esfuerzo, los sinsabores normales de la vida, no me puedo quejar.
LA SENTINA.
Siempre tengo hambre, hambre de lobo, como dice mi madre La Juana ; siempre quiero comer y por eso voy al campo, a comer, solo a comer. Siempre encuentro algo, casi todo me gusta; como acederones, - solo los de cristiano, no los de culebra, también huevos de burraca cuando los hay, brotes tiernos de zarza, zarzamoras y más cosas. A los melonares y huertas no voy, pega mi padre y también La Juana . A las viñas sí voy, pero mas a higos y siempre de noche. El guarda es viejo y se duerme por las noches. Tengo un morril de perotes y otro de membrillos en los olivares. Las aceitunas no me gustan, saben amargas. Cuando varean las olivas ayudo a La Juana a coger aceitunas; pagan a real el celemín. También voy a vendimiar, pero sólo para el acarreo de cestas al bidón, todavía no soy grande para poder con los bidones. Crispo dice que tengo doce años, que me va a mandar de zagal con algún cabrero y así podríamos robar algún chivo y comer como la gente. También me va a enseñar a poner los lazos y las perchas para las perdices y las torcaces
Dicen los muchachos que La Juana está medio tonta, pero yo se que es lista, más que ellos. Ella pone pieles de conejo en las albarcas para que abriguen y ellos no saben. Tampoco buscar criadillas de tierra, ni entienden los níscalos ni las bellotas dulces, ni los cardillos y menos las collejas. También sabe que las ortigas se comen y ellos no. Ayer trajo un costal de cardillos y los fue vendiendo casa por casa.”
Cuando sea mayor me haré melitar como Cachanela, que robó un carro de la guerra que parece de juguete. Ahora lo usa para acarrear troncos gordos para las matanzas y también piedras grandes de las canteras. Tiene ruedas anchas y pequeñas, pero las llantas de madera están forradas de hierro muy fuerte. Dice que es el mejor del mundo. Cuando está borracho dice que también robó el cañón, pero que lo tiró por un barranco por que hacía mucho ruido. El carro lo engancha a dos bueyes muy viejos pero que todavía tienen temple y le ganan buenas huebras “
“”Cachanela es un borracho malo y mi Crispo bebe mal vino cuando se juntan. Mucho mucho llamarse camaradas y decir esa brutalidad de “a mí la legión” y decirla más veces cuanto más borrachos están. Y se lo gritan al Tío Colores, que ya sabe que quiere decir “danos más vino”. El Cachanela se da grandes golpes en el pecho con el puño cerrado para demostrar que es muy valiente. Dice muchas palabras malas cuando bebe y de las de Pecado Mortal con el aguardiente de las mañanas; éstas la gente no se las oye pues es cuando marcha con el carro al campo .El día que le pille el cura, avisa a los civiles, seguro. Yo me alegraré pues ya sé que mi Crispo es malo pero lo es mucho más cuando se juntan.
La gente es muy mala y muy asquerosa y quieren pegar a mí muchacho Dominguín que es muy bueno, lo que pasa es que le dan ataques, “leticos”, dice el medico y un día se cortó un cacho de la lengua. Mi Crispo, su padre, quiere que se enganche de zagal de alguna piara para que pueda hartarse de leche, que ahora está creciendo y le hace falta alimento de sustancia. Espero que no le pase lo que a él, que está mordido por un perro lobero cuando se estaba mamando una cabra. Desde entonces no ha vuelto a probar la leche, ni el agua.
“””Dicen que la Juana es tonta. Son los envidiosos. Es bien lista y sabe arreglarse con lo que apaña por el campo. Yo le traigo algún que otro conejo de vez en cuando, cuando no puedo venderlos a nadie; últimamente, con eso de las guías la cosa se ha puesto más difícil. Como no se escribir tengo que decírselo a Cachanela, pero me cobra tres rondas de aguardiente por escribírmela. Y luego hay que aguantarle eso de que el sabe y yo no sé. La Juana no me quiere coser los capillos y ya no me trae huevos de burraca para El Bicho. Yo le suelo dar las asaduras de los conejos y la sangrecilla. Es el mejor de España. Lo tengo bien escondido para que no me lo encuentren los picos. Si lo encuentran, a él le matan y a mi me muelen a palos.
** Que malo es no tener dinero; menos mal que anoche, que por todo, solo nos quedaba un duro, Minguín, que ha debido de vender algo de caza, me ha dado veinte duros para que compre unos metros de tela de pana y le encargue a la Tía Siriaca que les haga unos pantalones al muchacho y otros para él. ¡Menos mal!, daba pena verles con tantos remiendos como llevan
LOBOS DE LA ESTEPA
El ruido de unas cajas al caer cortó en seco mi micción. ¡Putos gatos!. Dos fogonazos, como dos relámpagos tenebrosos, siseo silente de dos serpientes mágicas, venían veloces desde el fondo del callejón donde, segundos antes, yo orinaba.
Mi instinto de supervivencia me avisó y me arrojé al suelo simulando haber caído herido. Quedé tendido allí, en la oscuridad, mordiendo el polvo, como una hiena herida. Oí unos pasos, el ruido de unos gruesos zapatos que, corriendo, pasaron junto a mi y velozmente se alejaban. Tuve el tiempo suficiente para armar mi pequeña “Beretta” y descargarla contra la sombra que huía. Oí un grito de dolor, un grito en la semioscuridad reinante. Le vi caer. Me alejé de allí con pasos rápidos y en unos instantes había desaparecido de la escena de los hechos.
Todo empezó cuando, en aquel viaje a Moscú, mientras esperaba la hora de la cena, sentado en el Hall del Hotel, una rubia esplendida, como una estrella del celuloide, me habló en un mas que aceptable español con acento cubano y se enrolló con el pretexto de que necesitaba practicar su español. Con habilidad sibilina me preguntó –con bastante mosqueo por mi parte-, el motivo de mi viaje a Rusia y cual era mi profesión. Como quiera que, una de las razones fuera divertirme y gozar de un buen caviar, la invité a cenar. Por instinto no le dije mi profesión. ¿Qué carajos le importaba a aquella niñata a que me dedicaba yo?. A los tres días, empalagado de tanto “bloody mary”, regresé a Madrid.
Cuando entré en “El Capricho” –serían las once y cuarto más o menos-, Vladimiro, un chaval búlgaro, de mi confianza, me dijo:
- Hola Jefe; ándate con cuidado. Han venido unos rusos preguntando por ti. Un par de cabrones, pinta de peligrosos. Tipos flacos, como perros de la estepa.
- Je, Vladimirito hijo, no te preocupes. Es que me quieren comprar el negocio y no nos ponemos de acuerdo. Diles a los chicos que tengan los ojos bien abiertos. Llevan pistolas ametralladoras debajo de los abrigos de cuero. Disparan “a ráfagas”, ya sabes. Estamos negociando. No creo que hagan nada.
Mi instinto de supervivencia me dijo que debía largarme de allí, lo que hice con diligencia, haciendo ver a los chicos que me había olvidado de algo. Puse en marcha mi Jaguar rojo y me fui a tomar una copa a un bar de la competencia. Pero, evidentemente, ellos me siguieron.
En El Capricho trabajaban unas veinte chicas, más o menos. Chicas libres, bien tratadas. Arriba tenemos ocho habitaciones que ellas me pagan religiosamente. Mi comisión entra dentro de este coste para ellas. Tampoco reciben comisiones por consumición. Se les contabilizan, pero no la cobran; no en vano trabajan y se ocupan en El Capricho. La mafia nunca me había causado problemas. Mi negocio era totalmente legal. Nada de drogas, nada de mujeres ilegales. Los chulos tenían restringido el acceso.
Detecté su presencia al recordar las palabras de Vladimiro: “Tipos flacos, como lobos de la estepa” Como conocía bien el lugar, simulando que iba al baño, salí por una puerta falsa que daba al callejón. Una vez allí no pude evitarlo y me puse a orinar. El resto ya lo sabéis.
Todo empezó cuando, en cierta ocasión, una partida de dados me dejó un euro en el bolsillo. No sabía que hacer. Deambulé como un sonámbulo y, por la noche, en la zona de La Castellana, vi a una chica, bastante guapa por cierto - que a todas luces estaba haciendo la carrera-, como se estaba secando las lágrimas con un pañuelo. Tuve el impulso de comprarle un clavel a una chinita que pasaba por allí y regalárselo. De perdidos, al rio, me dije. Ella me lo agradeció echándose al cuello. Nos hicimos amigos, me llevó a su casa y me hizo su “gigoló”. Solo tuve que enseñarle los dientes a Felipe, su macarra anterior, que no volvió a aparecer.
Sushi, que así se llama mi chica, financió mi acceso al mundo empresarial. Hoy está retirada y vive como una reina gracias a la participación en mis beneficios, a la que tiene perfecto derecho legal. De los rusos, nunca más se supo.
El Sustanciero.
A lomos de un borrico blanco, de paso corto y ligero, voy por los pueblos de España, llevando sustancia, a ollas y pucheros. Bromas aparte, esa es mi vida, ir cargado de huesos sustanciosos, cediendo su usufructo, de pueblo en pueblo, de puchero en puchero.
Bueno, si he de confesaros la verdad, aprovechando viaje, también vendo a mis clientas manteca rancia, especias y algunas cosas más. Pero no creáis que es tan sencillo; tiene sus trucos. No es lo mismo sustanciar una olla familiar que el pucherillo de una viuda. La clave está en la flama, en el fuego y en el tamaño de la olla. No es lo mismo un hueso de primera sustancia que uno de cuarta o quinta. Todo tiene su punto de importancia y, dependiendo de cómo te manejes con los números, el negocio puede darte para comer o, sencillamente, ser una ruina. Por las primeras sustancias, una cocción de una hora, hueso de jamón, un primera –que digo yo-, se puede cobrar hasta una peseta por un puchero medio para cuatro personas, con buena flama. Los primeras pueden utilizarse hasta 10 veces. El truco está en salarlos antes y untarlos bien con manteca rancia. Pero he de confesar que la mayor parte de las ganancias venía de la venta de tocino saladillo, entreverado, que se vendía solo.
Me suelo quedar varios días en el mismo pueblo, hasta que se me agotan las sustancias o se les agota a ellas el dinero. La mejor época es el verano, con las siegas. La razón es que, para entonces, ya se les ha acabado la matanza que hicieron en noviembre. Me alojo en las posadas; si no la hay en el pueblo, también suelen darme pensión en alguna casa, acogiéndome como si fuera de la familia. Siempre me gustó la libertad. En mis años mozos, harto de trabajar para otros, un buen día decidí que yo sería mi propio jefe y trabajaría para mí. Desde entonces me dediqué a pensar a qué negocio dedicarme y, teniendo en cuenta los tiempos que corrían, pocas eran las cosas a las que yo podía dedicarme. Hacía pocos años que había acabado la guerra. Casualmente conocí a un anciano muy parlanchín y, sin él saberlo, me dio la idea. Resucitaría un antiguo oficio, que existió en España desde la Edad Media. Me haría sustanciero. ¿Verdad que no suena mal?
Empezaba temprano y llevaba una lista con los encargos. Pasado mañana, a las diez o diez y cuarto, tercera sustancia y veinticinco gramos de manteca ráncia. Nunca podré olvidar lo que me pasó en uno de estos encargos. Tenía yo un hemoso muñón metido en el puchero de una viuda-no penséis mal-, y allí le dejé sustanciando mientras atendía a la vecina de al lado, con pinta de pudiente, y que me requirió para una sustancia doble, por lo que la introduje dos primeras con hervor de tres cuartos de hora. Lo anoté y volví a la viuda, para retirar el muñón hermoso. Los huesos van bien atados con una fina cuerda de bramante, de algo más de un metro de longitud, que se suele atar a un clavo de la campana de la chimenea. Me fijé en que la viuda estaba un poco nerviosa y como atolondrada. Yo no solía hacer caso de las clientas – por vergüenza, más que nada-, pero ésta estaba muy rara y me sentí atraído. Cuando entré para retirar el hueso, cuál no sería mi sorpresa al ver que el hueso no estaba, había desaparecido como por arte de birlibirloque. Ella estaba junto a mi y tan sorprendida como yo. De pronto se oyó un maullido y vimos que sobre un haz de leña que tenía preparado para atizar su lumbre, estaba el gato, con el hueso al cuello, como un gran cascabel y la cuerda de bramante enroscada entre los sarmientos Se ve que el pobre animal se había enredado y no podía escapar. Tampoco, por más que lo intentaba, podía morder el suculento muñón que llevaba al cuello. Yo intenté cogerlo y me saltó a la cara, dejándome las marcas de dos terribles arañazos. De un manotazo volví a echarle sobre los sarmientos donde antes estaba. La viuda acudió solicita a socorrerme y, por celos seguramente, el gato volvió a saltar sobre mi y casi me saca un ojo. Menos mal que la pobre mujer, con todo su amor, me desinfectó las heridas y me aplico un ungüento para las quemaduras que no me hizo mal. Me puso una gasita y un esparadrapo. Con esto y sus apasionados besos, mano de santo. Lo peor fue que no recuperé el hermoso muñón, con lo que, aquél día, mis ganancias se vieron mermadas
Un poeta varado en el estero.
El camarero llega con el café; abrasa. Hace frio, mucho frio; abro el periódico y sus noticias, aún calientes, son pasado y por tanto más deprimentes aún, si cabe. Hay una ventana abierta y una ráfaga de aire me despeina desconsiderada. Los vendedores ambulantes se han volatizado y el camarero me cobra apresurado, exento ya del uniforme de hombreras doradas. Oigo la caída metálica de los cierres de la cantina, este lugar de reiteraciones; café con leche, vaso de agua, un vino, cerveza, bajando a la derecha, picar algo, bocadillo, jamón, queso, chorizo, tortilla, gracias, muchas gracias, de nada, adiós, ¿qué le debo?, resoplidos de la vieja y gigantesca cafetera, que exhala los cafés de doce en doce. Los muros parecen rezumar los ecos de estas palabras repetidas, lustro a lustro, por los viajeros, siempre repetidos, como los cromos para cambiar que guardábamos en la infancia. Este sitio me resulta familiar; mesas de mármol negro, sillas de madera, macizas, resistentes. Bombillas en anticuados plafones, penden del techo, negro por el humo de decenas de miles de cigarrillos. Viajantes de comercio, tratantes, campesinos, emigrantes, maestros en “itinere”, monjitas, fugitivos, policías de paisano, soldados de reemplazo y yo, yo mismo, que no vengo ni voy a ninguna parte, solo espero, espero paciente, como un lobo al acecho. Caigo en cuenta de que no se bien donde estoy, no lo recuerdo. El camarero ha desaparecido. Ha dejado una sola luz encendida, justo la que alumbra la gran cafetera. Se ha olvidado de cerrar la ventana. Debe ser Nochebuena; era por ahora. Oigo por la megafonía, de forma muy distorsionada por su propio eco, que hasta mañana a las diez no llegarán más trenes, que la estación se cierra. Que si queda alguien, tiene diez minutos para salir. Después soltarán los perros. No le hago caso, no me gusta que me amenacen; además, el cierre de la estación yo no lo tenía previsto. Pensaba pasar aquí la noche, como otras veces, juntando cuatro sillas y tapándome con el abrigo. Lo mío es esperar. ¿Pero esperar a qué?. Inspiración, espero la inspiración. Quiero escribir el poema definitivo, el poema que salve a la humanidad de la inercia en que se mueve. Soy consciente de que ese día puede tardar.
Oigo ladridos; dos perros grises entran –por la ventana-, en la cantina en penumbra y vienen hacia mí. Me huelen y gruñen. Afortunadamente traen los bozales puestos y no me pueden morder. Siento que esto les frustra. Tratan de arañarme. Oigo el sonido agudo de un silbato, que les hace huir con el rabo entre las piernas. Son dos perros preciosos, tipo pastor alemán, pero no tan grandes. Son de color gris y blanco.
Ø - Buenas noches,- Dice alguien que entra por la ventana y que deduzco que es el guarda nocturno de la estación.
Ø - Buenas noches,- Contesto yo, como si tal cosa.
Ø - ¿No ha oído Vd. el aviso de cierre por megafonía?,- Me preguntó, dándose, ufano, aires de autoridad.
Ø - Pues no, la verdad,- Mentí con descaro.- Estaba dormido. Me despertaron los perros. ¡Que ejemplares tan bonitos! ¿Cómo se llaman?
Ø - Zipi y Zape.
Ø - Muy propio, ¿son hermanos?.
Ø - Sí, y muy traviesos cuando eran cachorros. Como los de los “comics”.
Ø - Bueno, Vd. sabe que no puede quedarse aquí. Está prohibido.
Ø - Hoy es Nochebuena, día excepcional. Tal día como hoy, nació Jesús.
Ø - No digo que no, pero el Reglamento no dice nada al respecto y, yo me debo al Reglamento.
Ø - Compréndalo, no tengo a donde ir. Además hace mucho frio. Si me deja quedarme, le invito a cenar.
Ø -¿Cenar, donde?.
Ø - Aquí mismo, en la Cantina. Podemos calentar alguna cosa en el microondas. Mañana, cuando abran, yo pagaré lo que consumamos. Aún me queda dinero.
Ø - Y si se entera el Inspector…
Ø - No se enterará, y si lo hace, te ascenderá por haber sido humano en Nochebuena.
Ø - Bueno, acepto, pero con la condición de que sea Vd. quien pague las consumiciones cuando abran mañana la cantina.
Ø - Eso está hecho, generoso.
Buen chico el vigilante nocturno. Aún es muy joven; algún día aprenderá que la felicidad está en compartir.
CALZONCILLOS DE SEDA CHINA:
CARTA A LA REINA DE MIS MUSAS.
Fiel a mi costumbre de mostrarme a ti, tal y como soy, te cuento ciertas excentricidades sobre mis atuendos íntimos que - ¡por favor!, no son para divulgados-. No es que yo sea una nueva versión de Beau Brummel –o Beau Nash-, es decir, un “nodandy” o algo así. Lo qué, en mi caso, marca la diferencia con los Beau Brummel o Beau Nash, es la testosterona, que me sigue creando problemas. “Te cuento”:
Además de mi especial relación con la cornucopia –ya te digo-, he de confesarte que mis “gayumbys” me los hago enviar desde Capadocia, en la remota región de Anatolia. Ello es posible debido a que en uno de mis viajes conocí a una vieja costurera, cuya madre fue corsetera de la Zarina, y que habita en una cueva sahumada con inciensos “hors d’âgé”,los confecciona a mano, a base de tres capas de seda china.
Te estarás preguntando que tienen de especial estos calzoncillos capadocios y no es para menos, pero ten un poco de paciencia y enseguida lo sabrás. Lo de menos es la finísima seda con la que están hechos, lo bien enjaretados y rematados, y a la vez lo suaves y agradables de llevar, etc. Lo más importante es el secreto conjuro bordado en ellos, que los convierte en un mágico talismán. Se trata de un exotérico hechizo bordado en hilo rojo que se coloca justo en el centro de la taleguilla y encima de mis iníciales. El conjunto simula, a primera vista, un escudo heráldico, pero no, si lo miras de cerca, parecen dos pequeños alfanjes, colocados en forma de cruz aspada o de San Andrés, pero no con los filos enfrentados, por su parte convexa, que por su parte cóncava, de ahí su extraña forma, que si te fijas mas aún, parece el anagrama del conejito de “Play Boy”, con las orejitas tiesas. Hay quien ha visto en este jeroglífico dos dedos cruzados haciendo una higa. Pero, definitivamente, al final llegas a la conclusión de que se trata de un símbolo cabalístico con una gran riqueza polisémica y mágica. Según cuenta la leyenda, fue sustraído a Rasputín cuando su cadáver estaba aún caliente.
Los pedidos me llegan por tren y cuando abres una de las cajas donde vienen estuchados, un embriagador olor a incienso lo anega todo. Siempre pensé que la decoración de las cajas, en grafía turquesa, serían salmos o cosas parecidas. Pero no, he hecho que los traduzcan y dicen algo así:
-Contine conjuro poderoso contra impotencia, sentimiento de castración – síndrome del eunuco-, mal de ojo, etc.
-Previene contra la monogamia, pecado de masturbación, holgar con infieles, etc.
Merecen la pena solo por lo que te ahorras en Viagra.
Gracias por tu infinita paciencia.
Crocenere.
El Cetrero.
Un jinete vestido de negro avanzaba en un rápido trote por la estrecha vereda, allá, al fondo de un valle, largo y angosto. Con la mano izquierda, portaba las riendas y en la derecha, enguantada, un gran halcón amaestrado para el arte de la cetrería.
Filiberta, desde su lecho, no podía verle, tan solo presentir que él se estaba acercando, que venía a buscarla al recóndito lugar donde se escondía. Ella se sentía llamada por la voluntad de él, que la conminaba a regresar, que le ordenaba rendirse sin condiciones. El tampoco podía verla, solo imaginanarla oculta en algún lugar, pero su determinación era grande, cual grande la recompensa que le esperaba cuando la encontrase.
Ella huyó con la ayuda de una de sus damas. Ambas se escondieron en algún lugar que el marido presentía y cuya montura parecía conocer, a la vista de la resolución con la que avanzaba libremente y hacia un lugar desconocido. Ella estaba sumida en sentimientos contradictorios; sentía el terror hacía el hombre al acercarse, al que solo había visto una vez y de lejos y, por otro lado, íntimamente, le halagaba el hecho de ser deseada por un hombre capaz de galopar al fin del mundo para encontrarla. Su padre, un rico comerciante, le había entregado en matrimonio a un hombre maduro y enigmático, que pagó su peso en oro. Ella no tuvo mucho tiempo para averiguar de quien se trataba y solo supo que gustaba de la caza con halcones. Hermelinda, la dama con la que huyó, era también su mejor amiga y confidente, de hecho, ambas eran muy parecidas y de parecida edad.
- Debe ser un hombre muy apuesto, dijo Filiberta, pero siento terror solo de pensar que me poseerá sin miramientos, como el garañón negro que monta posee a las yeguas en celo que encuentra a su alrededor.
- Algo así debe ser, dijo Hermelinda, a la vez que se ruborizaba solo de pensarlo. Espero que no nos encuentre. Este parece un lugar seguro. Encontrarnos sería como encontrar una aguja en un pajar.
- Sin embargo presiento que se está acercando, que viene derecho hacia aquí.
- Espero que te equivoques; es el miedo lo que te hace tener esa sensación.
- No Hermelinda, no es una sensación, es una certeza.
- ¡Como me gustaría estar en tu lugar!, ser yo la persona que ha sido capaz de lograr que un hombre tan apuesto cabalgue durante días, buscándome para hacerme suya. Me haría sentirme más mujer.
- ¡Que idea!
- ¿En qué estás pensando?
- ¡En que me sustituyas cuando llegue!
- ¡Estás loca!, lo notaría al instante.
- Somos casi iguales, no lo hará. Se guiará por las ropas.
- ¡Es una locura!, no puedes pedirme una cosa así.
- Y en todo caso, cuando lo descubra, sus primeros ardores ya se habrán calmado contigo.
Hermelinda se echó a llorar y Filiberta vio horrorizada que un gigantesco halcón observaba la escena desde la ventana. Tenía las alas medio desplegadas y la miraba con los avaros ojos de las aves de rapiña.
Ellas se apresuraron a hacer el intercambio de ropas para engañar al ardiente esposo de Filiberta, pero cuando ambas estaban desnudas y apresuradamente comenzaban a vestirse, la puerta de aquella cabaña se abrió de golpe y el polvoriento jinete les miró complacido al ver la escena.
Ni que decir tiene que el recién llegado fue tacaño en palabras, pero no lo fue en besos y caricias para ambas jóvenes, que conocieron por vez primera las mieles de la pasión, del amor de hombre al que tanto temían, descubriendo gozosas que estaban equivocadas. La verdad es que fueron felices, los tres, y gracias al inteligente halcón, nunca faltaron perdices en su mesa
La Fuente del Ahorcado.
Roque Cedena era alojero –vendedor de aloja-, bebida que vendía en las eras de los pueblos en tiempos de trilla y también en las plazoletas, cuando en los tórridos veranos los vecinos se reúnen para charlar al fresco. Fabrica su aloja mezclando miel con agua fresca a la que añade canela, anises y vainilla. Cuando termina la temporada de la aloja, al final del verano, regresa a su pueblo y descansa unos días, en los que hace acopio de nueva miel y se transforma en melero, cuya comercio simultanea con especias. Este negocio de aloja le da opción a otros tipos de venta, como son relojes de bolsillo, unidos a una cadena y que se guardan en un bolsillo de la chaqueta o en la faja. También zarcillos de bisutería, anillos de plata charra y objetos afines. Una cosa ayudaba a la otra, por lo que, cada verano, redondeaba una razonable ganancia, que ponía a buen recaudo. Una baza importante para que el negocio funcionase era el hecho de que el bueno de Roque era una persona muy simpática y agradable. Sabía, con su presencia en las eras y en los “corros del fresco” nocturnos, romper el monótono aburrimiento de los lugareños. Sus chistes, a veces subidos de tono, hacían las delicias de los presentes.
Su comercio ambulante lo portaba en un carro de feriante, tirado por dos mulas profusamente adornadas con cascabeles. Entre nosotros, el negocio era ciertamente próspero.
En cierta ocasión que regresaba a la Alcarria después de una fructífera temporada, a la salida de uno de los pueblos donde había comerciado, tomó un camino de carros, poco transitado, que le servía de atajo para salir al Camino Real. A las dos horas de marcha, desde que salió del pueblo, aproximadamente, detuvo el carro en un lugar que ya conocía, por haber parado a descansar allí otras veces. Se trataba de una fuente, generalmente de agua abundante y fresca, pero en aquella ocasión, para su disgusto, estaba embarrada y un gigantesco escuerzo, un sapo de los llamados “campaneros”, se había enseñoreado del manantial y en esos momentos tomaba un terapéutico baño de lodo. Ni que decir tiene que al bueno de Roque, la vista del escuerzo le resultó repugnante. No le preocupó mucho, pues en el carro portaba una garrafa de agua de las que usaba para preparar la aloja. En estas estaba cuando, sin que él lo notase, dos caminantes que venían en dirección contraria, le saludaron muy respetuosos y le pidieron que les socorriera con algo de comida y agua.
Como quiera que nuestro hombre tenía por honra la tacañez, les dijo que lo sentía, pero que apenas le quedaban unas migajas él, pero que, por tratarse de ellos, les brindaba la oportunidad de cederles las ancas de la hermosa rana que, medio atontada, dormitaba en las enlodadas aguas de la fuente. Ellos, que debían traer muchísima hambre, aceptaron, por lo qué, con un palo mataron al batracio, lo limpiaron, desollaron y asaron en el tiempo de un padrenuestro. Tal era el hambre atrasada que uno y otro traían. Eso sí, les brindó agua y aloja a “tocateja”.
Después de comer, el se echó a dormir un rato bajo el carro. Las dos mulas estaban atadas a la sombra de una encina, a pocos metros de allí. Cuando despertó, reparó en que las mulas no estaban donde el les había dejado atadas, condenándole a tener que abandonar el carro para buscar ayuda o buscar las mulas robadas. De pronto se acordó del dinero ganado durante la temporada, por lo que corrió al carro a buscarlo, en el escondite donde el solía guardar la bolsa con los duros de plata. Horrorizado vio que también había desaparecido.
Días después de los últimos hechos narrados, otro arriero que por allí pasó, vio horrorizado que de la rama de una alta encina, el cadáver de un hombre, cubierto de moscas y en avanzado estado de descomposición, pendía de una soga, a todas luces ahorcado.
Historias del Tabernario
- Colores, ¡pon de beber! Somos cinco.
- Tranquilo Corea, que ya voy.
Colores, el anciano tabernero, curtido por muchos inviernos y por el trato con los rudos bebedores de su aguardiente de garnacha, presumía de tener el mejor alambique de aquel partido judicial. No lo daba malo, no; era la opinión de sus parroquianos.
El bebedor tempranero suele ser de tiro rápido; se echa la copa al coleto de un solo trago y gusta de chasquear la lengua, soltando una especie de “trallazo”, mostrando así su gran satisfacción por el “latigazo” ingerido. Son gente impaciente, que exige rapidez en el servicio. Ello obedece a que sus organismos reclaman sus primeras dosis de alcohol. Lo demuestran cuando, al entrar en la taberna, vienen ateridos por el relente, como entumecidos. Si la primera copa viene rápido, la segunda vendrá antes, parece que reflexionan.
- Colores, eres el mejor. Ya quisiera ese perico de Chicote que dicen que hay en los madriles. –Cacareó eufórico el “Verraco de Corea”, que así se apodaba el feligrés que había pedido la ronda, para, segundos después, soltar el chasquido de rigor, que fue secundado por sus comparsas con pequeñas variables-
- ¡Pon otra, Colorao!, que ésta es mía. –Soltó el Tío Mameluco, veterano en la ronda del aguardiente. Cuarenta años o más, solía afirmar. Mientras así decía, sacó la petaca y ofreció picadura a los compañeros.
- Corea, paga. –Le dijo Pirón, otro cofrade-, que luego te olvidas.
- Quién fue a hablar…El que no tiene palabras.-Así dijo Corea, a la vez que, con cierta pomposidad sacaba de su pelliza un enorme billetero, del que extrajo dos billetes de una peseta, el coste de la ronda de cinco copas, a cuarenta céntimos cada una.
Piron tenía fama de bruto. Parece ser qué, cuando llegaba a casa, borracho, requería de amores a su sufrida mujer - con la que, pese a no tener hijos, convivía desde hacía largos años-, y si le rechazaba, en venganza, se subía al tejado, se abrazaba a la chimenea y, simulando que fornicaba, la echaba abajo, llenando el hogar de cascotes y escombro. sobrio era una bellísima persona.
La peña siguió tomando sus copitas, hasta completar las cinco cabales. Cada uno pagó su ronda y, de pronto, alguien soltó un órdago.
- Colores, pon otra y que se cague el cielo. ¡Pinta en bastos!
A la vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, Colores, el tabernero, trató de moderar la situación. Era el Corea, que se había sentido provocado por el tío Pirón. El tema era que, al pedirse otra ronda, los restantes estaban obligados a corresponder. El tener que pagar las rondas siguientes tampoco era todo el problema. Lo malo estaba en tener que beber otras cinco copas cada uno. Negarse era una especie de deshonra, pues se tocaba el pundonor de cada uno de ellos, en lo tocante a dinero y, lo que es peor, a su hombría,-yo aguanto más, ergo, yo soy más macho. Diez copas de aguardiente secuestraban su discernimiento, por lo que seguirían otras cinco y, así, hasta quedar tirados por los suelos.
- Oye, Corea, somos amigos y por eso te voy a decir una cosa. Tienes muchas cabras recién paridas y otras que en estos momentos estarán pariendo, el ganado te necesita, anoche les diste la sal y están muertas de sed. Tienes que echarlas al agua. Tú eres el mejor cabrero de la comarca y lo sabes mejor que nadie. Tus compañeros también tienen sus obligaciones y tienen que ir a sus tareas. ¡Es que no te haces cargo, coño!
- Pon otra ronda.- Lo dijo con un rono ronco, arrastrando las erres, como un macho cabrío cuando se encabrita. Aquel tono era inapelable. Todos lo sabían. Podían entrar en juego las cabriteras. O los garrotes.
- ¡Que la ponga!, saltó Pirón, que este no tiene media hostia. –Se refería a Corea, que efectivamente, pese a ser corajudo y violento, era petiso y se libró de la mili por la talla.
De forma imprevista, Corea le saltó por la espalda y con la cabritera, (de 108 girodias), le cortó la gorja, degollándole. Quedó tendido en un charco de sangre. Sus mal pronunciadas palabras, sin resuello, fueron algo así como… “Te espero en los piornales, barraco de mierda...”
MUERTES IMPROBABLES PERO POSIBLES.
Ludovico Pio ha nacido con marcadas tendencias ubicuas. Esta faceta de su carácter le permitía, entre otras cosas, simultanear varios empleos, con los que se ganaba la vida de forma más que aceptable. A ello le ayudaba otra cualidad de su carácter, un gran desparpajo y simpatía
Su principal empleo era el de limpiabotas de sala en el bar del Palase, trabajo que requería de unas cualidades especiales; léase buen porte, limpieza, habilidad, simpatía y discreción; amén de otras no menos importantes. También fue intendente de campo del Sr. Marqués de la Garriga, (Moncho Puchades) en los ambientes de la Jet Set. Gracias a él, D. Ramón presumía de los mejores “tacos” en las cacerías a las que solía acudir y organizar. Estos tacos se sustanciaban en unas suculentas tortillas de patata, lomo y chorizo de orza, (que el mismo aliña y prepara), elección del vino adecuado y otros manjares y menesteres afines, tales como la munición adecuada para las escopetas del Sr. Marqués (munición de boca y arma, suele decirse).
Moncho Garriga, (D. Ramón) tenía una gran afición al agua de Carabaña, que tenía por mágica. Idea inducida por Ludovico, que le hizo creer, a pie juntillas, que tenía propiedades afrodisiacas a la vez que depurativas, por lo qué, en sus puestos de rececho, nunca faltaba líquido de este manantial. También ocurría que el esnobismo del aristócrata, además de venados y otros cérvidos, le llevaba a cazar “Dianas Atolondradas”, con las que gustaba holgar en la floresta, cual lúdico silvano, podría decirse. Pero, ¡un respeto!, en este tipo de cosas Ludovico no intervenía, no mediaba. Hasta aquí podríamos llegar, solía decir para sus adentros. Este pundonor castellano admiraba enormemente al infanzón ampurdanés, Marqués de la Garriga, descendiente directo de Roger de Flor y emparentado con la más rancia aristocracia catalana. Hombre garrido por demás, D. Ramón tiene varias amantes entre las damas asistentes asiduas a las cacerías, por lo que goza de gran predicamento entre las –a decir de las beatas-, casquivanas de la Jet. Con ello quiero deciros qué, un hombre así, no necesita alcahuetes.
La casualidad quiso que aquél día, poco antes de la berrea, en una de sus jornadas de caza en un coto, en los Montes de Toledo, mientras esperaba sentado en su puesto, con la paciencia y el silencio necesarios para este tipo de caza, recibió la visita de una de sus linajudas amigas. Con su penetrante y estimulante “Coco Chanel”, su atuendo verde caza y su gorrito tirolés, bajo el que asomaban los rubios bucles, Moncho se puso como una moto. Pero tan nervioso estaba, que en lugar de ofrecerle una copita de cava, que se enfriaba en la champanera de campaña, prevista por el inefable Ludovico, le ofreció un vasito de Carabaña, con la intención de estimular su libido, infalible remedio, que en sus propias carnes siempre había funcionado a la perfección.
Ni que decir tiene que aquello fue una metedura de pata, pues la señora en cuestión y cuyo nombre no damos por razones obvias, tuvo un subidón y allí mismo, se arrojó en sus brazos y comenzaron a hacer el amor con enorme desenfreno, ahuyentando con sus espasmódicos alaridos, a las más que probables piezas de caza, creándose en la mente del amante cazador un sentimiento encontrado, de placer carnal y de frustración de su otra gran pasión, la caza. Esto, unido a los múltiples vegueros que se fumaba cada día, hizo que su corazón se partiera en dos, teniendo una agonía indescriptible, provocada por un IAM, (infarto agudo de miocardio). Se puede decir que D. Ramón murió con las polainas puestas.
La posterior reacción del agua en los intestinos de su amante póstuma se salvó gracias a los buenos oficios de Ludovico Pio, que proveyó a la dama del indispensable papel higiénico de triple capa y que ostentaba el anagrama del Gran Hotel.
Carta a mi amada Gema, desde el lecho de muerte.
Relájate, Gamma bienhadada. La existencia, o mejor, los pensamientos –axiomas-, que nos dicen que existimos, aquellos del “pienso, luego existo”, nos permiten discernir entre la estulta realidad y los enajenados sueños. La existencia simula que se guarece en las fragosidades de escarpadas sintaxis, disparatados intentos de emulación del lenguaje de lejanos olimpos, de parnasos sumergidos en el Tártaro. Nada más lejos de la realidad. La existencia es algo obvio, que a veces se insinúa con disfraces de tragedia y otras, las más, con el de comedia bufa, casi vodevil.
En el lecho de muerte, la mente sufre –a decir de los siquiatras-, una especie de sublimación, que agudiza sus percepciones extrasensoriales. El resultado es que el discernimiento racional se altera y distorsiona, con lo que, los que oímos al moribundo percibimos un discurso incoherente, una mixtura con forma de hemorragia verbal. Un lenguaje escatológico, una angustia terrible, debida el trance por el que está pasando. Llamar a la muerte - provocarla, insultarla, anhelarla, rogarla-, solo denota incoherencia, la incoherencia de la agonía.
El agónico, a ratos, deja de pensar, por tanto, deja de existir, -si hemos de creer a Descartes-, pero, si entra en coma, ¿vive pero no existe? Si tu interlocutor es un cristiano, u otra religión que crea en la vida después de la muerte, la polémica está servida.
Por eso, si cuando comience mi propia agonía eres tú quien está a mi lado, me oirás provocar a la Parca, piropearla, insultarla, rogarla que me lleve pronto. Mi alma estará ya viajando por los confines de Orión, veré millones de luciérnagas formando el sujeto inconexo de una rota oración.
Mi agonía puede que se prolongue, que tenga momentos de lucidez. Vislumbraré, a través de las cortinas, el coro de plañideras que me tienes preparado, mee enfadaré contigo y con ellas. Os insultaré a todas con palabras gruesas, roncas y diptongas, con la saña que solo los moribundos son capaces de tener. Pediré a gritos una pistola para levantarme la tapa de los seños y, inmediatamente, el orinal –que será de cuña-, en el que no solo caerán aguas menores. En vida, nadie me dijo nunca que yo fuera un baboso, pero lo seré, y, ¡de que manera!, en el lecho de muerte.
No se si me habrás perdonado el mal que pueda haberte hecho en vida - por ello te pido perdón ahora-, pero te pregunto. ¿Me perdonarás la incoherencia de mi sintaxis?
“Á cavera”
Galicia tiene un algo de “terra máxica”. Y lo digo porque, con bastante frecuencia acontecen cosas que.., bueno, a veces no son para contarlas. Yo lo voy a hacer porque estoy en deuda por vuestra comprensión hacia mi persona y os compadecéis de estas soledades que arrastro. Por estas embarradas sendas, tirando del ronzal de Á Coruña, mi acémila, no son sólo soledades lo que arrastro, que también arrastro la “pata chula” que dicen por la Castilla. El problema es que no puedo ir jinete de ella cuando va cargada de ajos y otras mercaderías. Yo sé que poder, puede, pero desde que ha aprendido que puede quejarse como cualquier otra “muller”, la hemos jodido. A cada paso que voy dando, voy cayendo en la cuenta de las cosas que van haciendo las brujas. Un ejemplo; la mula. No es que las mulas hablen, no. Eso no puede ser. Las mulas no hablan. La misma palabra lo dice, “mula”, o “semila”, que quiere decir que son bestias necias y por eso no pueden, ni deberían “falar”. El problema es que se ha metido una “meiga” dentro de ella y, esa puta, es la que la malea. Por eso muerde, cocea, se pone celosa. Pero, que no me oiga, entre nos; se la pienso vender al primer gitano que encuentre. “va se a xoder”.
No se si irme “pal” Paraguay. Las cosas que le pasan a uno aquí no se arreglan así como así. El otro día, sin ir más lejos, iba yo por una corredeira que atraviesa por mitad el cementerio Abreira. A mi no me importa cruzarlos, al fin y al cabo, yo hace tiempo que les perdí el respeto a esa jarca de ánimas, que son más falsas que judas. Pues bien, justo en mi camino, cortándome el paso, veo un bulto en el suelo –era ya noche cerrada-, y oigo que “sime” ah, ah,…y le mandé una patada con la pata tiesa para que se quitase de en medio. Pero claro, con la pierna mala no calculo la fuerza, por lo que aquello, lo que fuera, “a” o “x”, se rompió en mil pedazos. Yo seguí mi camino sin más. Pero no, la cosa no paró en eso. Un par de días después, estando yo en Carballino, cenándome una “carne o caldeiro”, quedé pasmado; una “cavera”, que llegó como sí nada, saltó sobre la mesa y dijo:
- “Boas noites”. –Calva si que lo era, pero aún le quedaban unos cuantos pelos.
- “Boas noites”, —contesté yo, disimulando y como la cosa mas natural del mundo. –sí quiere cenar le digo a la Xenara que le ponga plato.
- Mira, voy decirte una cosa. El otro día me faltaste al respeto en el cementerio de Abreira, me diste una patada y me esparciste por el barro.
- Algo harías, digo yo….Estar en el paso, estorbando. Además, yo no sabía qué era aquello. Tienes que ponerte en mi lugar, con tanta “bruxa” suelta que anda por ahí, a esas horas, con esta pata a la rastra, la acémila, que la tengo embrujada….no se lo que hubieras hecho tú en mi lugar.
- Yo estaba agonizante…He tardado ochenta años en morirme… Y de pronto, llegas tú y me arreas una patada.
- Pues anda que si te la da Á Coruña….
- Bueno, o me indemnizas o te pongo denuncia en Magistratura.
- “Vamos falar, vamos falar”…” tú non sabes con quen tas falando….”
El asunto se cerró con el compromiso por mi parte, que, amén de pagarle unas cuantas copas de orujo, del pago por anticipado en la Rectoral de su pueblo, de ¡sesenta misas! por la salvación de su ánima. Eso sí, me reconoció que había sido muy pecador.
Al final quedamos amigos y hasta me recomendó un “conxuro” para sacarle la bruja del cuerpo a la pobre mula. “O conxuro do congrio” me dijo que se llama.
El vuelo del alipende.
Y allí, echado bajo el árbol grande, la ensoñaba. Blanca nuca de adolescente, mirada soñadora y el candor que solo ella posee. Cómo no amarla tiernamente… …
Y en esas estaba cuando comenzó la llovida. La noche se puso de luto funeral, como si la Luna hubiera muerto. Las primeras gotas, las vanguardias, ya venían muy excitadas. Lo supe al instante. Eran solo gotas de agua, pero lo eran muy frías. Quemaban como lágrimas de hielo. También eran violentas. Al instante lo supe. Golpeaban con mucha fuerza, fuerza inusitada. Y unas gotas llamaron a otras y comenzó un llanto rabioso. La lluvia me caía encima acompañada de hojas y ramitas del gigantesco roble bajo el cual estaba; tal era la fuerza de aquella marabunta que nos mandaba el cielo. Allí de nada hubieran servido paraguas, impermeable y katiuskas. Aquello era mucho, o mejor dicho mucha, mucha agua para tan poco vino, diría, pero no era cosa de broma la noche aquella.
Al cabo de un rato observé que el suelo se había saturado de agua y su nivel empezaba a subir. No podía verlo bien, por la oscuridad reinante, pero sí notarlo. Comprendiendo que el rio se habría desbordado, inundando aquella amplia nava, una vega baja abrazada por el cauce en forma de ballesta. Opté por huir y buscar la seguridad de las ramas altas del viejo roble. Subir al árbol, pero no a cortar la flor “para la mí morena”, -qué más hubiera yo querido-. Era al revés, para que mi vida, aún en flor, no fuera cortada por aquella sierra de agua a presión. Subir no fue fácil, su tronco alto y grueso no tenían donde agarrarse. Fui ayudado por las alas del miedo, por las ganas de vivir y el recuerdo de ella. Una vez arriba tuve tiempo para reflexionar cuan peligrosos son los halagos. Son, a veces, como semillas malignas. Alguien pudo haberle dicho al rio: “Hala, cuanta agua traes, eres el Mississippi de estas llanuras, -o si lo prefieres,- el Amazonas”…Tú te lo creíste y, a la primera de cambio, te pusiste ancho y, ¡a inundar las vegas! Ya lo dijo el poeta..
-Insólita avenida
-que inunda fértil vega,
-de cumbre en cumbre llega,
-y arrasa por doquier….
Espronceda, (fragmento)
El nivel del agua seguía subiendo y observé que aquel árbol era muy hospitalario. Muchos pájaros habían tenido la misma idea que yo. Lo malo fue que no pudieron resistir la paliza del aguacero y me temo que cuando intentaron huir ya era demasiado tarde.
La paliza recibida fue brutal. El sentimiento fue de impotencia y frustración. Me pregunté, llorando, que culpa tiene un alipende como yo, del cambio climático.
Aprovechando que una de las ramas, casi horizontales, tenía una gran oquedad por su cara inferior, aproveché para esconder mi cabeza en ella y de esa forma protegerme de las rabiosas ráfagas de lluvia. Con piernas y manos me asía a otras ramas con desesperación. En esa postura noté de pronto un gran resplandor con matices fantasmagóricos tras la densa cortina de lluvia; evidentemente era la Luna, que no solamente no había muerto, la luz que difundía ayudaba a comprender que a cierta distancia, ya no llovía.
Lacerado por la tunda que me dio el agua, no pude hacer otra cosa que llorar. Me flageló con un látigo de tortura, aplicado con saña sádica. De pronto, movido por las fuerzas combinadas de viento y agua, el viejo roble se movió con un terrible crujido. Estuve a punto de caer a la corriente, insólita avenida, que rugía bajo mis píes. Pero cual no sería mi estupor, cuando al moverse el árbol, algo pesado golpeó mi cabeza. Soltándome un momento, con una de mis manos lo palpé y vi que podía tratarse de una bolsa de cuero. Estaba escondida en el mismo lugar en el que yo tenía defendida mi cabeza de los perdigones de lluvia, que ya habían magullado dolorosamente el resto de mi cuerpo. Cuando ¡al fin!, dejó de llover, sentí curiosidad por el contenido de aquella talega, muy desgastada por el paso del tiempo. Haciendo ciertos equilibrios, logré abrirla. Su contenido no podía ser más prosaico; dos gigantescas navajas de Albacete, completamente oxidadas y un indeterminado número de monedas, de oro y plata, cuyo valor y origen no fui capaz de determinar.
Cuando oí que venían a rescatarme, dejé aquella bolsa donde estaba. Fui conducido a un hospital y se me diagnostico pronóstico reservado por hipotermia, magulladuras, ansiedad y alucinaciones.
mefistito.
"O Pote"
Voy a contarles que “o espíritu de Galiza” vive en “o noso pote” . El caldo en estas tierras es cosa principal y lo toma toda la jerarquía, desde el Obispo de Mondoñedo, al menos recatado de los vaqueiros. El porqué de ello hay que buscarlo en lo más profundo de nuestras almas, que a su vez se esconde en lo más profundo de “a nosas fragas”. Esto que les digo lo sabe todo el mundo; “o caldo” es como la auténtica bandera de la gastronomía, y por tanto, de la vida de Galicia.
Para hacerlo bien tienes que ser gallego y haber nacido en nuestra tierra. A decir de una de las miles y miles de gallegas y gallegos que toman “o pote” todos los días, es por ser alimento curativo y a la vez depurativo; te saca “o relente” del cuerpo. Pero quía, tiene otras muchas propiedades, como son que te pone valiente ante la vida, te mete entusiasmo si estás atribulado, te hace compañía si sientes el mal de “a saudade”, por no decir una de las más importantes, la eterna cuestión de acto amoroso, pues te encampana el carallo como Dios manda.
Yo me gano la vida con una pata a rrastras, o mejor dicho, arrastrando una pierna, por mi mala cabeza. Me pasó un día que fui a pulpear; resbalé en las rocas y ya veis el resultado.
Por eso tengo que montar mi mula a mujeriegas; no es que me importe mucho, pues ya tengo práctica en ello y no se va mal del todo. Lo malo es el dolor del cuello, de tanto mirar torcido. Bueno, a lo que íbamos. Me dedico a vender ajos maragatos. Voy de parroquia en parroquia y de tantos años, ya tengo buena clientela. A pesar de mi pierna soy -o eso dicen-, mozo garrido y nunca faltan almas para este infierno. Pero voy pa viejo y conmigo el caldo solo funciona en lo de sacarme el relente de los huesos. En eso si va bien. Pero en lo del acto amoroso, en absoluto. Ellas me atiborran a “caldiño” pero como si nada. Lo único que se encampana es la pierna, que se pone más coja que de costumbre. Pero claro, cada maestrillo tiene su librillo, y yo tengo el mío. Se trata de salsa “a feira”, que se hace con ajo, aceite y pimentón, con un poco de sal gorda. Se maja bien todo con el “morteiro”, y lo pones en las vieiras. Entonces puedes comerlas con confianza. No hay otro afrodisiaco igual. Se te pone el carallo como el esquilón mayor del Obradoiro.
Siento deciros que La Coruña lleva dos semanas sin hablar. Anda enfadada por una disputa con la Genara, la dueña de la mejor pulpería de Carvallino; andan celosas la una de la otra. En la Genara tenéis la mejor “carne ó caldeíro”, amén de un “pulpo a feira” que hace raya.
crocenere
(En honor de ámbos)
En el ave, ese tren con cabeza de delfín, llegó a Sevilla - esa ciudad amistosa, cercana y llena de luz con olor a azahar, esa maravilla-, cuya cintura ciñe Quivir, el Guadal, una chiquilla. Una pintora muy pinturera y en el Parque de María Luisa, plantó su silla, para no perderla, que dijo aquél, al ver su duende de niña.
Preparó su paleta de arcoíris y sus pinceles y , mientras así hacía, llegó El Poeta. Impávido, Caballero, le preguntó: ¿Niña, en la cabeza tú que tienes? Ella le miró y se echó a reír. Mi madre dice que tengo pájaros. Pájaros en la cabeza…No –contestó el poeta-,quiero decir, te pregunto, qué idea tienes, ¿qué vas a pintar?. Aún no lo se –contestó la niña-, con un gracioso mohín. No se que podría yo pintar en un parque como éste; niños, árboles, pájaros, flores, tal vez…
¡Pinta un poema, niña mía!, pinta a Sevilla, pinta un rigodón de crisantemos amapola, pinta un nido de oropéndolas, mi niña, pinta tulipanes junco, pinta margaritas circunspectas, Pinta un corredor con belvederes y cortinas de lunares tuertos. Pinta la alegoría de esta montera que te brindo. Pinta un injerto de nardos y claveles reventones, pinta rosas verdes, rojas, gualdas, negras y turquesa. Pinta rosas de pasión, frontispicios con rosales de pitiminí y nidos de jilguero. Pinta, pinta tritones que descienden de las pérgolas, cisnes de raso satén, negros y azules, en un marco de ninfas y abedules. Pinta una tarde de toros y jacas cartujanas, con rejones de oro y filigrana, con toreros efebos y toros sodomitas. ¡Nada de pitos, nada de palmas! Solo el rasgar de una guitarra y un arranque por tarantas. Pinta mi niña, pinta y déjame verlo antes que muera.
Vale, dijo la niña, pero me lo tendrá Vd. que escribir, caballero. Tengo la cabeza llenas de pájaros, ya lo dice mi madre y me va a resultar un poco difícil acordarme de un paisaje tan extraño como el que Vd. me describe. Puedo empezar pintando los cisnes, que al fin y al cabo son aves –pájaros grandes, si Vd. quiere- Puedo pintarlos como si sus plumas fueran de raso satín y sus cuellos…como culebras en celo. Rodeados de ninfas y abedules, decía Vd. También podría dibujar la música de un arpa que suena, y la de una lira que está tocando un fauno que corteja a las ninfas. A las flores que Vd. me dice, es preciso colocarlas en parterres cercados con piedras volcánicas, ah, que no se me olvide, también debo pintar el aroma del azahar y de las rosas de pitiminí.
Y ocurrió; el poeta, aquel caballero, entró en trance. Fue abducido por las musas Había ocurrido, uno de sus poemas se había materializado, había tomado forma. El poema –que incluía una pintora con pájaros en la cabeza-, había llegado a Santa Justa, en el ave.
V E N C E J O S
Me pregunto si podría decirse que los “paseantes en Corte” tenemos “la cabeza a pájaros” . No lo se, pero lo que si es cierto es que, de vez en vez, cuando paseas por Madrid, lo que suele ocurrir es que alguna paloma te cague encima. Generalmente es la cabeza la que sufre la afrenta. Otras es el hombro o la nariz, - solo en el caso de que no seas manifiestamente chato, o chata, chati. Bueno, dejémonos de circunloquios y vamos al grano, que las cuatrocientas palabras llegan en cuanto te descuidas. Era yo pequeño y en la era –en la de trillar-, cuando le tocaba el turno a las algarrobas, el servicio secreto de los vencejos se enteraba. También lo hacía en de los gorgojos. Ambos como por arte de birlibirloque. Yo, de un año para otro, ya lo sabía, sabía que los vencejos nublarían los cielos con sus alas; miríadas de ellos venían a comerse los miles de millones de gorgojos que soltaba la parva de algarrobas que yo estaba trillando. Se me metían por la nariz, por los ojos, por las orejas, etc. Era terrible. Yo me protegía como podía. Los vencejos se ponían las botas. Pero no creáis que se iban de rositas; los alcotanes, halcones y algún que otra águila, también tacaban provecho. Pero algún feligrés le iba a la zaga a las rapaces. Con una vara larga, a la que se ataban largos alambres, era muy fácil cazarlos. Ya sabéis, son muy parecidos a las golondrinas. Eran un excelente aporte de carne para las ollas de verano. ¡Que cosas!. Pero no es a estos pájaros a los que ha querido referirse el tema de esta semana. Se trata de otro tipo de pájaros, que cuando llenan nuestra cabeza nos suelen poner torpones, cómo a “pájaros bobos”. Suele ocurrir cuando nos enamoramos
Ahora que me he jubilado y ya no vivo en el pueblo, echo de menos el campo y me ha dado por pasear por el Retiro, ese parque tan bonito, lleno de árboles y vendedores de barquillos. Me doy grandes caminatas, desde el Paseo de Coches al Estanque, y de ahí al Ángel Caído. Otras veces es al contrario.
El otro día, sin ir mas lejos, mientras paseaba, un perro pequeñajo, atado con una finísima correa, empezó a ladrarme, hecho una fiera, como si yo le hubiera hecho algo ¡Menuda corajina le entró al animal cuando me vio!. Al otro extremo de la correa había una preciosidad –pasaba de los cuarenta y tantos-, pero estaba como un tren, que decía; Atila no, Atila no. Ella llevaba el abrigo parcialmente abierto y me pude fijar en sus abundancias y a la vez en lo sonrosado de sus pómulos, seguramente debido a la fría brisa de la mañana.
¾ Hola, que perrito tan bonito tienes. Parece una fiera en miniatura –le dije yo zalamero-
¾ Claro, es un “pekinés”, que son como leoncitos en miniatura.-contestó ella haciéndose la interesante.
¾ Yo no entiendo mucho de perros y menos si son chinos. Además, yo creí que los chinos se comían los perros, así sin más –en esas, el perrito en cuestión me mordió el borde los pantalones y empezó a tirar como una hiena del cadáver de un búfalo. Al final me desgarró levemente el tejido.
¾ Lo hace por celos. Es muy celoso cuando alguien habla conmigo.
¾ No me extraña nada preciosidad. Yo también estaría celoso. No es para menos, con ese palmito que te gastas –piropee yo inmisericorde. Ella, que evidentemente no estaba acostumbrada a los piropos, a los ataques directos, no sabía donde ni como ponerse.
¾ ¿Nunca te han dicho que tienes unas pestañas que son para columpiarse en ellas?
¾ ¿Y Vd. está loco, verdad? –dijo ella evidentemente nerviosa.
¾ Me podría hacer un paraguas con tus pestañitas –y esto último la intrigó-, no entendía lo que yo quería decirle. Caí en cuenta. ¡No era española!, tenía un lejano acento francés.
¾ ¿Qué, qué?. ¿Qué dice de paraguas? – yo se lo expliqué lo mejor que pude-.
A todo esto ya estábamos caminando juntos, en dirección al Palacio de Cristal. El Sol empezaba a lucir de nuevo. Al poco, la conversación tomó tintes muy agradables. Yo iba como flotando mientras caminaba a su lado. ¡Que cañonazo de señora!. En una abrigada solana, abierta al mediodía, nos sentamos. Ella ahora reía abiertamente con mis gracietas. Suelo ser una persona muy tímida, pero ese día, sin que sepa explicar el porqué, perdí casi todas mis inhibiciones. Sentados en el banco, le pasé el brazo por encima del hombro. Nos estábamos contando nuestras vidas respectivas cuando me quedé atónito. El pekinés la emprendió con mi pierna y debía confundirla con “la perrita pekinesa”, aquella canción de la infancia. Nos echamos a reír a carcajada limpia y seguidamente uno en los brazos del otro.
Cuando llegué a casa, mi hija Lucy, en cuya casa vivo por ahora, me preguntó airada, la razón de no haber venido a comer a mi hora. Yo le contesté con evasivas; me encontré con un amigo del pueblo, etc. Su comentario, repetido a los largo de los meses siguientes fue_ “me parece a mi que tú tienes “la cabeza a pájaros”.
Absalón,
(In memoriam)
-Vd., es el Capitán; ¿o se cree que no me acuerdo?
-Pero hombre, Absa, apéame el Vd. Somos más o menos de la misma edad y jugábamos juntos de niños, ¿o ya no te acuerdas?
-Si que me acuerdo, si. Que bien lo pasábamos entonces. Es qué, verás, estoy esperando que me llamen de un momento a otro. Quiero tomar la alternativa en Las Ventas, pero solo si es Joselito el que me apadrina. Los otros no me importan, pero Joselito si.
-Hombre, no sabía que te gustasen los toros. Es un oficio peligroso.
-De toda la vida, me gustan mucho. Saldré a hombros y por la puerta grande o con los pies por delante.
Fue un nueve de septiembre del año 1952. Me acuerdo por que ese día era el cumpleaños de mi padre. Fue solo unos días antes de empezar el curso, mi primer curso escolar. Mi madre me envió a casa de D. Demetrio, el médico. Me dijo “ve a casa de D. Demetrio. Te dará un certificado médico para que puedas ir a la Escuela. Se lo tienes que entregar a D. Ramón, el maestro.” Deduzco que ese día yo tenía aún cinco años, a punto de cumplir los seis. Dejé de jugar y bajé a casa del médico. Toqué el timbre y me abrió ella, Dª Caridad. Era una señora afable y cariñosa. Me dio un beso y me introdujo dentro de la casa. Al poco apareció él, Absalón Tendría unos tres años entonces. Noté que era un niño extraño, muy extraño. Muy diferente a mi o al resto de los chicos del pueblo. Llevaba el pelo cortado a media melena, como una niña. Yo me reí de él para mis adentros. Andaba dando saltos –niño hiperactivo, diríamos hoy-, Nada más verme, se vino a mi y, sacando la lengua, empezó a hacerme burla. De la casa tengo recuerdos contradictorios. Por un lado era muy luminosa, con un gran ventanal abierto al sur, al mediodía, que daba a un patio con parras e higueras, en el que centenares de palomas zureaban por doquier. Por otro, aún no he podido olvidar aquellos grandes tarros de cristal con fetos sanguinolentos dentro de ellos. Desde siempre supe que Absalon no era hijo de ellos. Era hijo del Poeta Cojo. Cuando me fui haciendo mayor supe que él, D. Demetrio, era morfinómano y ella, casada con él por “boda roja”, o “civil”, como solía decirse, era la amante de Emiliano, el Poeta, El Cojo.
A él, a Absalon no volví a verle hasta dos o tres años después, cuando empezó a ir a la escuela. No se adaptaba y llegaba a hacerle burla al maestro. Las bofetadas que se llevó fueron de antología. Este se justificaba diciendo que había que quitarle “los pájaros de la cabeza” En los recreos formamos una pandilla en la que yo era “El Capitán” y él formaba parte de ella. Con el tiempo, él se olvidó de los mimos de su madrastra y el padre, al morir el médico, recuperó la patria potestad. Ella, muy criticada por derrochar el trigo alimentando palomas, al no ser reconocido su matrimonio, no recibió pensión de viudedad y pasó el resto de sus días viviendo de un puesto de “chuches” en la plaza del pueblo.
Lo último que supe de él, hará un par de meses. Un amigo me dijo que había aparecido muerto en plena calle, en los Carabancheles.
21/01/2009, 17:26
o
o Informar de abusos
El bacán.
La antigua corrala no era, a todas luces, un lugar para pasar desapercibido; docenas de ojos escudriñan el patio y los angostos corredores. Las puertas de los tabucos, poco mas que carboneras, estaban numeradas con tiza. Las hay que incluso tienen el nombre rotulado en letras góticas, negras, como aves de mal agüero; “La Encarnita”. El rótulo logra contrastar con el color de las puertas, beige claro en origen, hoy menos claro debido a la falta de un buen fregado. Pero Encarna, la titular gráfica de aquella puerta, ya no está. Según cuentan, se ausentó sin dejar señas. En voz baja, las comadres más añejas, comentan que un buen día se la llevaron los grises y no había regresado. También hay quien, tal vez mienta, asegura que la Encarnita había sido miliciana, cantinera del 5º Regimiento, por más señas. Pero eso, quién lo sabe. El olor a repollo rehogado con ajos, yuxtapuesto al aroma de sustancias del pucherillo cotidiano, hace que te sientas cálidamente acogido, como si de pronto, tu madre hubiera resucitado y se hubiera multiplicado por treinta. Tal fue la sensación que el misterioso inquilino debió sentir la primera vez que subió a los corredores y penetró en su habitáculo... Marcelino Fernández, un emigrante al Uruguay, recién repatriado, supo de su paradero, sin divulgarlo; dejó las cosas como estaban. Era un hombre de tez amarillenta, subido de bilirrubina, como enfermo de ictericia. Ella tiene un quilombo en Escalinata y vive con opulencia; visón, chanel, champagne, son algo cotidiano en la vida de Encarnita.
Cuando Marcelino alquiló el cuchitril, no sin antes regatear todo lo que pudo con el pusilánime administrador del casero, un riquísimo boticario de Antón Martín, supo de las bienandanzas y fortunas de la interfecta. Se lo contó el pusilánime, que para sacarse una comisioncilla, le dio la dirección de la viva ex miliciana.
Pero el pobre Marcelino no estaba para esas cosas, y no por falta de ganas –la bilirrubina no es óbice para las cosas de la libido-; muy al contrario, era un hombre con una marcada inclinación a la concupiscencia. Queda claro que ni un duro para La Encarnita. Faltaría más. El practicaba con fruición sus dos grandes vicios; el amor gratis y la economía.
Era Marcelino un hombre enjuto, magro de carnes, metódico y sobrio, sin pájaros en la cabeza. Su aventura en el Uruguay le había dejado un sabor agridulce; por un lado, abundancia de amor gratis y por otro, la inflación. Los millones de pesos ahorrados con gran esfuerzo habían quedado reducidos a poco más que el valor del billete de vuelta a Madrid. No obstante, su sexto sentido le hizo invertir, desde Uruguay, un buen pico en acciones de Telefónica, que por aquel entonces ya habían multiplicado por tres su valor de compra, casi a la par muchas de ellas. En suma, Fernández no era pobre y lo que necesitaba ahora era una novia. Tenía claro que de amor no se muere, por tanto, ¿a qué esperaba? Esperaba un buen partido, una mujer linda –como él gustaba decir-, guapa, que te quiera, que te gane, que te entienda y, a la vez, que te guste, que te excite, que te motive. Cualidades importantes, pero si a todas ellas sumamos dinero, riquezas, opulencia, entonces, entonces es cuando se produce lo esperado, ¡el éxtasis!, ¡la apoteosis!, En eso radicaba el “non pus ultra” de Marcelino. Soñaba con una viuda sultana, una bacana terrateniente, o situaciones afines. Él, Marcelino Fernández, por el momento puso su grano de arena; se fue a Casa Yustas –sombrerero de postín- y se compró una gorra nueva, una gorra de pichi, de castigador. Una gorra de chulapo; ¡él se jactaba de conocer el alma femenina!
Tendió sus redes. Comenzó a frecuentar los grandes cafés, El Chinitas, El Universal, Noche y Día, etc. Eso sí, se las arreglaba para no consumir más que cuando una caída de pestañas y el lenguaje del abanico le llamaban con insistencia. Al fin una ballena picó su diminuto anzuelo.
Su boda con la Encarnita se celebró por todo lo alto en San Ginés. Las más añejas de la corrala no daban crédito.
Pájaros atestados
Tras nuestra conversación –nos dieron las tantas-, hube de quitar la razón a mi buen amigo Baltasar, contertulio ameno donde los haya. Intentó convencerme, con irrefutables axiomas, de que no todos los seres humanos tenemos los mismos pájaros en la cabeza. Para animarnos, dispuso a nuestro alcance una mesita provista de Tequila Reposado, sal, limón y demás zarandajas de rigor, al gusto mexicano.
Acabó por descifrar las incógnitas, los aspectos ocultos en la biografía de Quasimodo, el inmortal Jorobado de Notre Dame. La elocuencia de mi amigo fue subiendo en la misma medida que el nivel de la botella de Tequila fue bajando. Concluyó que las gorgonas de los cimborrios de Notre Dame, huecas ellas, sirven de cobijo a los palomos solteros, desparejados. De ellos se ocupaba el campanero enamorado, acusando a Víctor Hugo de habérnoslo ocultado.
El hilo de sus razonamientos fue discurriendo por insospechados vericuetos, ya que los pájaros que tenemos en la cabeza no son todos iguales; no podemos olvidar que no es lo mismo un pingüino (pájaro bobo), que un albatros (¡pedazo de pájaro!), o un cóndor (de vuelo mayestático). Hay tantas clases de “pájaros en la cabeza” como de personas, decía Baltasar con rotundidad. Los hay que la tienen llena de pájaros mosca, otros de colibríes. Estos tienen gorriones y aquellos, oropéndolas. Los emprendedores tienen gallinas, y hasta avestruces. Los “gourmons” tienen pollos al chilindrón y perdices estofadas, por no hablar de aves fastuosas, como el faisán a la Romanoff o el pato a la naranja. ¡Ah los pájaros!. Esos grandes pavos de acción de gracias que tienen en la cabeza los norteamericanos, o esas poulardas rellenas de perdices y, estas a su vez, rellenas de codornices y gorriones, como muñecas rusas, otrora cumbres del arte coquinaria.
Fue concluyendo que con los “pájaros en la cabeza” hay que tener cuidado, que pueden resultar “tóxicos”, como ciertos activos bancarios. Pero esto no es lo peor, en los casos extremos, en los más graves, estos inquilinos de nuestras testas pueden incluso metamorfosearnos y convertirnos en “pájaros de cuenta”.
A todo esto, mi amigo Baltasar, que en los intervalos ya tarareaba por lo bajo “estas son las mañanitas”, soltó solemne; Yo presencié, con mis propios ojos, como mi compadre, Rosendo Fulgor, se lo hizo bien raro el solito, sin ayuda de nadie, el “probe.”
- ¿Y como fue?, le pregunté, ingenuo de mi..
- Se transformó en un ornitorrinco, el muy rompe huevos.
Desde ese día vengo dándole esquinazo. No me pongo ni al teléfono cuando él llama.
o
Pájaros, en femenino y singular.
Por aquel entonces se puso de moda - pero solo entre aquellos, que como yo, quedamos impresionados por la magistral interpretación de Burt Lancaster y Karl Malden en “El Hombre de Alcatraz”, bajo la dirección de John Frankenheimer-, la simbiosis hombre – pájaro. En su trama, esta magistral película, plantea, entre otros dilemas de índole moral, la cuestión de la paciencia, materializada en un preso (Lancaster), que consigue, no solo amaestrar y curar a los pajarillos que acuden a la ventana de su celda; logra hacerse una autoridad mundial en ornitología, venciendo para ello la desconfianza de su guardián (Malden). La simbiosis hombre – pájaro, fue un movimiento con solo algunas docenas de adeptos, entre los que yo me encontraba –locos años de juventud-. Consistía en llevar un pájaro en el hombro, que, alternativamente, subía a la cabeza y se colocaba en el hombro contrario. Solía llevarse prisionero con una cadenita que iba de la pata al ojal de la solapa de la chaqueta, al efecto de evitar inoportunas travesuras. El pájaro que mejor se adapta a este menester es -mundo adelante- el cuervo. Le da al que lo porta un aire romántico y aventurero. Algún calavera hubo que utilizó un loro, más por razones jocosas, que le son tan propias a estas personas, que por otra cosa con mas noble propósito.
En los años del desarrollo las cosas no estaban para lujos y cuando pregunté el precio de los cuervos en las pajarerías me dijeron que tenía que ser por encargo. Había que pedirlo a Inglaterra. Allí por lo visto abundan. Me tuve que conformar con un grajo, “Corvus frugilegus” que es el córvido que tenemos aquí, en las Batuecas, mas chulo que un ocho haciendo la siesta. Logré amaestrarlo y pasear ufano con el. Pero el movimiento fracasó y la moda no fue a más. A mi no me hubiera importado continuar, pero me contagié y se me metió otro pájaro en la cabeza, esta vez dentro; femenino y singular, por más señas. Os cuento lo que pasó.
En Madrid éramos cinco o seis los que seguíamos la moda “Raven head” y las quedadas solíamos hacerlas junto al lago de la Casa de Campo. No lo pasábamos mal. Intercambiamos marcas de alpiste, trucos para quitar las manchas de los scrmts de la ropa y el pelo, etc. Allí conocí a Paloma, que tenía cuervo. Me estuvo dando calabazas durante varios meses. Decía que mi grajo era un desprestigio, que sus padres no me admitirían con él en casa. Al final, la llamada de la selva; aprovechando que una graja le llamaba desde la rama de un pino, lo solté, no sin cierta pena. Ella, por el contrario, no soltó a su cuervo y a mí me siguió tomando por un pájaro de cuenta.
Desde entonces, los pájaros crudos, estén donde estén, me dan alergia.
Absalón,
(In memoriam)
-Vd., es el Capitán; ¿o se cree que no me acuerdo?
-Pero hombre, Absa, apéame el Vd. Somos más o menos de la misma edad y jugábamos juntos de niños, ¿o ya no te acuerdas?
-Si que me acuerdo, si. Que bien lo pasábamos entonces. Es qué, verás, estoy esperando que me llamen de un momento a otro. Quiero tomar la alternativa en Las Ventas, pero solo si es Joselito el que me apadrina. Los otros no me importan, pero Joselito si.
-Hombre, no sabía que te gustasen los toros. Es un oficio peligroso.
-De toda la vida, me gustan mucho. Saldré a hombros y por la puerta grande o con los pies por delante.
Fue un nueve de septiembre del año 1952. Me acuerdo por que ese día era el cumpleaños de mi padre. Fue solo unos días antes de empezar el curso, mi primer curso escolar. Mi madre me envió a casa de D. Demetrio, el médico. Me dijo “ve a casa de D. Demetrio. Te dará un certificado médico para que puedas ir a la Escuela. Se lo tienes que entregar a D. Ramón, el maestro.” Deduzco que ese día yo tenía aún cinco años, a punto de cumplir los seis. Dejé de jugar y bajé a casa del médico. Toqué el timbre y me abrió ella, Dª Caridad. Era una señora afable y cariñosa. Me dio un beso y me introdujo dentro de la casa. Al poco apareció él, Absalón Tendría unos tres años entonces. Noté que era un niño extraño, muy extraño. Muy diferente a mi o al resto de los chicos del pueblo. Llevaba el pelo cortado a media melena, como una niña. Yo me reí de él para mis adentros. Andaba dando saltos –niño hiperactivo, diríamos hoy-, Nada más verme, se vino a mi y, sacando la lengua, empezó a hacerme burla. De la casa tengo recuerdos contradictorios. Por un lado era muy luminosa, con un gran ventanal abierto al sur, al mediodía, que daba a un patio con parras e higueras, en el que centenares de palomas zureaban por doquier. Por otro, aún no he podido olvidar aquellos grandes tarros de cristal con fetos sanguinolentos dentro de ellos. Desde siempre supe que Absalon no era hijo de ellos. Era hijo del Poeta Cojo. Cuando me fui haciendo mayor supe que él, D. Demetrio, era morfinómano y ella, casada con él por “boda roja”, o “civil”, como solía decirse, era la amante de Emiliano, el Poeta, El Cojo.
A él, a Absalon no volví a verle hasta dos o tres años después, cuando empezó a ir a la escuela. No se adaptaba y llegaba a hacerle burla al maestro. Las bofetadas que se llevó fueron de antología. Este se justificaba diciendo que había que quitarle “los pájaros de la cabeza” En los recreos formamos una pandilla en la que yo era “El Capitán” y él formaba parte de ella. Con el tiempo, él se olvidó de los mimos de su madrastra y el padre, al morir el médico, recuperó la patria potestad. Ella, muy criticada por derrochar el trigo alimentando palomas, al no ser reconocido su matrimonio, no recibió pensión de viudedad y pasó el resto de sus días viviendo de un puesto de “chuches” en la plaza del pueblo.
Lo último que supe de él, hará un par de meses. Un amigo me dijo que había aparecido muerto en plena calle, en los Carabancheles.
El pájaro ludópata
Celedonio Maruenda es un tipo displicente, huraño. Todo por que se le ha metido un pájaro en la cabeza, pájaro qué, según él, va cambiando semana a semana. A veces es pájaro de mal agüero y otras al contrario, de buen agüero. Cuando esto ocurre, que él cree que está en fase de buen agüero, se va al casino y echa unas manos de Black Jack. Cuando su pájaro le es propicio, gana y cuando no, pierde. O al menos eso cree él.
Lo paradójico es que, con lo que gana en el Black Jack, se va a la ruleta americana y lo pierde todo. De ahí su permanente mal humor.
Invariablemente, cuando entrega las llaves del coche al portero del Casino –gusta de ir al Gran Madrid-, siempre se hace el firme propósito de no jugar a la ruleta americana, y menos aún a la francesa. Pero su pájaro duende, un córvido seguramente, que los ludópatas llevan en la cabeza, le induce picándole el magín, olvidándose del propósito de enmienda que se hizo cuando entraba en el casino.
Invariablemente se dirige a la mesa donde está una preciosa pelirroja, con ojos de un azul glaciar y con la que mantiene una relación de amor y odio. Cuando le da buenas cartas, cartas ganadoras, la ama con locura, cuando es al revés, le gustaría retorcerle el cuello.
Aquel día, el pájaro que tenía en la cabeza le gastó una mala pasada. En la primera partida sacó un “natural”, veintiún tantos clavados. ¡Bingo!. Había conseguido su primer Blackjack de la noche, con Jota y As. A este le siguieron otros tres. El croupier (ella), frunció levemente el ceño. En la siguiente mano, con un gesto hierático, barajó e hizo sus filigranas con los naipes, que en sus manos parecían estar vivos; repartió y ¡zas! Otro blackjack natural. Y, en ese instante, alguien, que parecía no ser él, soltó un graznido en forma de envite diciendo: “doblo”. El, nervioso por el graznido, se apresuró a poner sus fichas para cubrir la apuesta. La fría mueca de la pelirroja croupier se relajó, a la vez que levantando sus cartas, dijo: gana la banca.
Ni que decir tiene que se le puso un humor de perros. Se alejó de la mesa echando humo, maldiciendo su mala suerte. Le quedaban cien euros en el bolsillo y decidió marchar de allí cuanto antes. Aquella no era su noche, se dijo a sí mismo. Pero de pronto, una voz, en forme de graznido, le dijo:
¾ Pon cien pavos al trece, que tienes pleno. En la americana.
¾ Pero..¿esto que es?.¿ Quien eres tú ?.
¾ Yo, bueno, es muy largo de explicar. Soy Longinos, el pájaro que tienes en la cabeza.
¾ Y ¿Desde cuando estás ahí?.
¾ De toda la vida. Lo que pasa es que no te enteras. Pierdes por que no sabes jugar.
¾ ¡Y una leche!, pierdo por que, además de mala suerte, tu me induces a jugar cuando no debo.
¾ Hazme caso, juega cien pavos al trece y luego tírale los tejos a la croupier, que la tienes a punto de caramelo.
¾ -¿Tu crees?.
¾ No lo creo, ¡Estoy completamente seguro!
Decidió hacer caso al pájaro ocupa y apostó sus últimos cien euros a pleno al trece, en la ruleta americana. Y sonó la flauta. Consiguió el ansiado pleno, así, como suena.
Ante el inusitado acierto, decidió seguir el consejo de Longinos e intentar la conquista de la pelirroja, que era algo así como el “Taj Mahal” de las mujeres –tal era el morbo que tenía la criatura-.
Seguro de su éxito, mientras ella estaba barajando los naipes, él se le acercó por detrás y, tomándola levemente por la cintura, le dijo: “Te amo, me tienes loco”. Ella, asustada, se volvió y le arreó un bofetón de antología. Vinieron los de seguridad y, tras ponerle de “chupa de dómine” se le prohibió la entrada al casino durante un año. Por coacciones e intento de violar los reglamentos del juego, le dijeron.
El Chico Quiñones
Pepito se crió enclenque y debilucho. Era bajito. En el cole se le conocía por “El Tirillas”, pero no lograron acomplejarle y supo mantener a raya a los compañeros de clase. Vivian en la calle de San Bernardo, donde su madre, Bernabea, ejercía de portera. A su padre no le conoció; murió cuando él aún no andaba, le había contado su madre.
Tenía una mirada limpia e inteligente, de cara afilada y una gran nariz aguileña. Su madre, Bernabea, era una buena mujer, abnegada por demás, que sacaba a su hijo adelante cosiendo en su chiscón hasta las tantas. También sabía bordar primorosamente, lo que le permitía obtener algunos ingresos extras, bordando los ajuares de algunas jóvenes casaderas.
Logró entrar como aprendiz en un taller de joyería, pero en lugar de salario, su sufrida madre tenía que pagar por el aprendizaje, dado que era oficio muy buscado y con trabajo seguro y bien remunerado, una vez conseguido el grado de maestría.
En el taller de joyería no tardaron en darse cuenta de que el pequeñajo, que ya rondaba los diez y siete años, era una autentica águila en el tallado de gemas, manejando los tornos y otras herramientas como un virtuoso, con ideas propias y muy originales. En estas, su pobre madre, inesperadamente, falleció victima de una peritonitis. Esto le cogió por sorpresa al pobre muchacho y después de pagar deudas, se vio en la calle justo a la semana del fallecimiento; la nueva portera tomó posesión del chiscón en el que habían vivido toda una vida.
Sus únicos parientes lo eran muy lejanos –primos de su padre-, que vivían en un pueblo de Soria, no estaban en condiciones de ayudar a nadie y menos a él, el hijo de su primo José, el hijo pródigo de la familia. O eso decían.
Como decíamos, se vio en la calle y con un duro en el bolsillo, es decir, ni para un bocadillo de calamares. Estuvo largo rato paseando por el Retiro, meditando qué hacer o no hacer a partir de ese momento. De pronto le llegó la inspiración.
Con paso rápido se encaminó a la salida del parque, por la Puerta de Alcalá, para, al cabo de un rato, alcanzar el edificio de Telefónica, en la Gran Vía. En la guía de teléfonos buscó Viuda de Ayuso…..; para la que su madre había estado cosiendo largos años. No tenía mucha fe en la gestión, dada la fama de tacaña que tenía esta señora. El ya la conocía por haber llevado a veces, por encargo de su madre, las maletas con costuras y bordados, Y saltó la liebre.
--Mira Pepito, yo apreciaba mucho a tu pobre madre y por eso voy a ayudarte dándote estas cinco mil pesetas y algunos consejos. Tú no necesitas más dinero, lo dicen tus ojos, tu forma de mirar tan inteligente. Saldrás adelante mejor que otros con mucho más que tú.
--Gracias Dº Margarita. Tan pronto como pueda se las devolveré. Lo que yo quiero es terminar el aprendizaje. Aún me faltan dos años. En el taller dicen que aprendo rápido y que no lo hago mal.
--Devuélvemelo solo cuando no te haga falta, cuando hayas triunfado, que será muy pronto. Ven por aquí cuando quieras.
-Gracias, es Vd. muy amable. Adiós. Y salió de allí con sus cinco mil pesetas en el bolsillo.
Al salir de allí se acordó de que no tenía donde dormir. Comer había comido en casa de Dº Margarita, tanto que se sentía a reventar. Salía relativamente contento, eufórico. Las palabras de su benefactora le dieron aliento para seguir adelante. Intentó aplazar el pago de mensualidades con sus maestros del taller, pero resultó en vano. Mucho ponderar su talento, pero de crédito ni un solo duro.
Sus escasas pertenencias quedaron en un trastero de la casa donde trabajó su madre y, para ahorrarse la pensión, intentaría dormir allí, echando unos sacos en el suelo. Así lo hizo, sin contratiempos por el momento. Esperaba que los caseros le diesen unos días de árnica en este sentido. A la mañana siguiente se levantó temprano y tras comprarse un suizo en una panadería, fue a tomarse el café a un bar de las proximidades. En esas estaba cuando alguien le tocó el hombro. Era un anciano mal afeitado y que apestaba a anís.
- Tú tienes que ser el hijo de Pepito Quiñones. ¡Por Quiñones que tienes que ser él!
- Sí, soy su hijo. ¿Y Vd. quien es?
- Mira muchacho, tu padre y yo… ¡mas que hermanos! Las que nos habremos corrido juntos cuando él vivía…
- ¿Vive Vd. por aquí?
- En el treinta y uno; tengo una buharilla arrendada. Ahí tienes tu casa para lo que gustes.
- Se ha muerto mi madre y me han echado del chiscón. Estoy de aprendiz de pago en un taller de joyería, pero lo voy a tener que dejar si no encuentro pronto un trabajo para poder pagar las clases. Voy de cinco de la tarde a las diez de la noche.
- Mira chaval, te voy a contar algo. No hagas caso del refrán que dice “hombre de muchos oficios, táchale pobre”. Eso no siempre es así. Yo podría tener millones, pero mi vicio son las mujeres. Me secarían astillas si fuese árbol, no te digo más. También la bebida. Cuando me tomo dos copas tiro el dinero. He sido, durante años, “reventa” de entradas; de toros, futbol o teatro, da igual. Dios me dio una habilidad especial para ello. El otro oficio que te decía es el de “plumista”, es decir, reparador de plumines de estilográfica. Negocio honrado donde los haya. Va a menos, pero si te pones en una buena esquina y mientras la gente no tenga dinero para comprar plumines de calidad, tienes el negocio asegurado. La mayoría no tiene arreglo, sencillamente pones uno nuevo y a escribir. De paso vendes tinta y también estilográficas. Yo ya soy viejo y no tengo la vista bien para lo de las reparaciones y como estoy en bancarrota, quiero traspasar la maleta con las existencias y la herramienta.
- Si me enseñase Vd. ambos oficios, le estaría muy agradecido. Dicen que tengo buenas manos para los trabajos delicados y de la vista no me puedo quejar. De la estatura si que me quejo.
- Si me compras el maletín de plumista, cuenta con ello.
- ¿Cuanto pide por él?
- Es una ganga, te lo dejo por cien duros.
- ¡Hecho!, pero con la condición de que, antes de nada, me enseñe Vd. a reparar las plumas.
- Cuenta con ello Chaval. A eso de las ocho estaré en casa. También puedo enseñarte el arte de la reventa de entradas. Lo malo es que este oficio requiere algo de capital inicial. Te lo puedo enseñar sin cobrarte nada. Lo haré por la memoria de tu padre, que en la gloria esté.
- Allí estaré. A las ocho en punto.
- Por si no hubiera llegado, aquí tienes una llave de la buhardilla, la número doce... Te sientas y me esperas, yo no tardaré en llegar.
Tras despedirse, cada cual se fue por su lado. Pepe Quiñones a su taller, donde pagó dos meses por anticipado, dejando a sus maestros encantados y todos los demás boquiabiertos. A eso de las nueve llegó al treinta y uno de San Bernardo y subió a la buhardilla del misterioso amigo de su padre, a quien había olvidado preguntar el nombre. Buscó el número doce; allí estaba. Llamó a la puerta, pero nadie le respondió desde dentro. No obstante, ni corto ni perezoso, abrió con su llave y encendió la luz. Sorprendentemente era un lugar bastante limpio y relativamente ordenado. Tenía dos piezas; una pequeña cocina y un dormitorio. En la fresquera encontró queso, chorizo y pan fresco. Sobre la mesa de la cocina una escueta nota dirigida a él.
“Querido hijo:
He podido comprobar que no necesitas las clases de un vividor como yo. En la maleta hay un viejo manual para reparar las plumas, además de las herramientas. No te costará nada aprenderlo. Con los cien duros haz una obra de caridad. Puedes quedarte en esta buardilla el tiempo que necesites. En el cajón de la mesa encontraras el contrato a tu nombre, con el arrendamiento pagado para cinco años. Yo no volveré. “
A los pocos años, Pepe Quiñones fue contratado como Director de Diseño y Talla por Tiffany & Co. de Nueva York.
INFARTO AGUDO DE MIOCARDIO.
Me levanté temprano aquella mañana, tiritando de frio. Había dormido mal, con pesadillas y sueños obsesivos y recurrentes. Salí de la pensión con una resaca terrible, fruto de la borrachera de “pernod” de la noche anterior. Como es bien sabido, solo con un par de copas se puede combatir esa sensación de náusea y destemplanza. Lo malo es que estaba sin un duro; me lo había gastado todo.
Cuando salí a la calle me di cuenta de que había estado nevando a lo largo de la mañana. Hacía un frío glaciar. Mi estomago me recordó lo bien que me vendría un café con churros y un par de copitas de cazalla. La manía de tomar pernod me venía de mis tiempos de servicio en La Legión, donde, si bien es cierto que te haces un hombre, no lo es menos que coges unos vicios que no son fáciles de quitar. Me pregunté a mi mismo qué hubiera hecho mi sargento, Don Pedro Ribagorza, en el remoto supuesto de verse en una situación como la mía. De pronto, su vozarrón pareció estallar en mi cabeza:” Trabajar so vago, trabajar como un león, golfo de mierda”. Comprendiendo que tenía más razón que un santo, bajé por Embajadores -al paso legionario- y en pocos minutos me plante en la Glorieta de Legazpi y me brindé para la descarga de camiones de de patatas, que constantemente están entrando en la Plaza de Frutas y Verduras. Era la primera vez que iba; alguien –no recuerdo quién-, me lo dijo en cierta ocasión: “Si te ves jodido de dinero, vete a Legazpi, a la Plaza de Frutas y Hortalizas; suelen necesitar mozos para descargar los camiones”.
Pero las cosas no son tan fáciles como parecen. La bebida y los dos paquetes de “Celtas” que me fumaba al día me pasaron factura. Al tercer saco de patatas caí desplomado y semiinconsciente, al suelo. Afortunadamente para mí, a los pocos minutos, una ambulancia me recogía y me llevaba al Primero de Octubre. En Urgencias me dijeron que sospechaban que era un infarto. Acto seguido me metieron en la U.V.I.
Allí, en aquel paraíso, rodeado de ángeles vestidos de blanco, pasé veinticinco días, postrado y sin poder moverme de la cama. Los primeros días fueron terribles; heparina, suero, pinchazos, catéteres, cateterismo, ¡las mil y una perrerías me hicieron!, pero me salvaron la vida. Durante ese tiempo hice todo lo posible por cambiar, por tener una conducta diferente a como había sido en la etapa anterior. Aguanté los tratamientos sin rechistar, haciendo esfuerzos titánicos para ello. Dejé de fumar y beber, ¡a la fuerza ahorcan!, pasé el mono atado a la cama. Pero, en absoluto el mérito fue solo mío. Una de las enfermeras, Rocío se llama, de la que me enamoré perdidamente, me ayudó de forma decisiva, cogiéndome de la mano y dándome ánimos. Se hizo evidente que mi organismo, joven aún, se recuperó del terrible trallazo recibido, recuperándose casi por completo. Solo puedo deciros que, desde entonces, el día catorce de enero lo celebro como si de mi cumpleaños se tratare.
Conseguí un trabajo como celador en el propio Hospital y lo mejor; me casé con Rocío, por la que, como podréis comprender, a veces, quedarse sin un céntimo, es una ventaja más que un inconveniente
Un Euro (1€) por todo capital.
Han pasado los años y no dejo de acordarme de cuando a mi amigo Isidoro le tocó un premio de un millón de euros en la Lotería. Hace solo seis años y hoy ya está sin un céntimo. Trabaja como mozo con un pariente suyo que tiene un pequeño furgón para el transporte a pequeña escala.. Afortunadamente, mi caso es el reverso de la misma moneda´.
Ambos trabajábamos como aprendices en una pescadería. Teníamos que madrugar mucho para acompañar al señor Luís -el dueño de la pescadería-,a Mercamadrid, para ayudarle con la carga de pescados y mariscos. El trabajo era duro pues estábamos en contacto con el hielo a todas horas y teníamos las manos hinchadas y hasta quemadas por esta causa. Vivíamos en la misma casa de huéspedes. A los dos nos echaban a la vez por las quejas de los demás huéspedes, que no soportaban el olor que nuestros cuerpos y ropas desprendían a pescado, pese a que procurábamos ducharnos en los baños públicos antes de llegar a casa.
A Isidoro le gustaba mucho jugar en las tragaperras. Siempre estábamos en bancarrota, él por el juego y yo por mis “lujos” en comida y ropa. El solía decir: “si no comemos, cubrimos gastos”.
Un buen día tuvo suerte con las máquinas y la ganancia la invirtió en Lotería. Recibió el premio de un millón de Euros. Como quiera que yo le echara constantemente en cara su ludopatía, se vengó de mí no dándome nada. Al día siguiente se despidió del trabajo y, hasta años después, no volví a saber de él.
Por mi parte, tuve la suerte en contra, me despedí del trabajo, harto de oler a pescado, y pasé un mes buscando un nuevo empleo, pero sin resultado. Agoté las pocas reservas que tenía, incluida la liquidación del finiquito. Estaba la borde de la desesperación. Hubo un momento en el que todo mi capital era un Euro, una sola y miserable moneda de un Euro.
De pronto Dios me iluminó y cambié la moneda por varias piezas de veinte céntimos, que utilicé en movilizar a los pocos conocidos que tenía en la Madrid. Dos horas después, llamé a mi antiguo jefe.
¾ ¿Hablo con el Sr. Luís?, pregunté.
¾ Si, ¿quién es?.
¾ Soy Jorge, el dependiente que se despidió el mes pasado.
¾ Dime, chaval, ¿Qué quieres?
¾ He hecho unos contactos en Mercamadrid y me voy a hacer distribuidor de pescado congelado, - le mentí piadosamente – y querría hablar con Vd. sobre el tema.
¾ Mira, si lo que quieres es un préstamo, te anticipo que no me interesa. Pero si quieres nos asociamos. Se que eres trabajador y formal. Me tienes a tu disposición como socio.
Su respuesta me dejó helado. Sin pensarlo más, me entrevisté con él, que me invitó a comer en la tasca de la esquina. Por la tarde fuimos a su abogado, que en tres días preparó los papeles para la sociedad que formamos. En ese mismo instante recibí un anticipo de mil euros para los primeros gastos. Él como el socio capitalista y yo socio industrial.
Han pasado ya cinco años de aquello y, la verdad es que estamos teniendo bastante éxito en la empresa, en la que ahora trabajamos catorce personas. Ayer ha venido a verme mi viejo amigo Isidoro, confesándome que está sin un céntimo. Yo le he ofrecido el empleo que dejó cuando le toco la lotería, con la promesa de que, a la vista de su rendimiento y conducta, se le iría ascendiendo paulatinamente. El no ha aceptado. Yo hubiera hecho lo mismo. Se despidió dándome un abrazo y diciéndome que jamás volvería a jugar; mi respuesta fue: “La mejor Lotería, ahorro y economía”.
Un Euro, el valor del dinero.
Ya hacía mucho calor a una hora tan temprana. Aún no eran más que las siete de la mañana y el metro iba imposible, hasta los topes. Cuando llegué a la plaza de España me vino a la cabeza la pregunta de si realmente se podría decir que en esos momentos, yo había alcanzado mis metas vitales. Largo había sido el camino recorrido, duro y sacrificado, pese a que, en cierto sentido, se pudiera decir que había alcanzado el éxito. En aquel momento, desde el punto de vista económico, las cosas parecían marchar hacia adelante. Tenía una pequeña empresa propia, me había casado, tenía un hijo y seguía enamorado de mi mujer. Vivíamos en una preciosa casa en las afueras de Madrid y los fines de semana organizábamos divertidas barbacoas con los amigos, que finalizaban con largas partidas de cartas. ¿Se puede pedir más? En teoría no, pero la vida te da lo que sepas pedirle, con constancia, audacia y ganas.
Un buen día, en el pequeño despacho que tenía en la nave, tocaron la puerta y allí estaba ella. Ni guapa ni fea, ni alta ni baja, muy a mi medida. Me gustó a primera vista. Era la comercial de zona de una conocida marca de bebidas. Flechazo. Fue reciproco; ambos nerviosos. Le hice su pedido pero se olvido la agenda sobre mi mesa, con lo que no tuvo más remedio que volver. Fue cómico. A los seis meses me separé de mi mujer, con la que tengo buenas relaciones. Vivo con Victoria desde hace dos años. Su aportación a mi vida ha sido providencial. Pero soy consciente de que todo se los debo a la estafa sufrida y al hecho de haberme visto con menos de un duro en el bolsillo.
Recién llegado a Madrid, me instalé a vivir con mi primo Olegario, quien en pocos días me puso al día de cómo funcionaban las cosas aquí. Tenía catorce años y era la primera vez que visitaba una gran ciudad. Como quiera que Olegario, que era muy serio, quisiera, a toda costa, hacer de mí un hombrecito -aseguraba que, mi padre en persona se lo había encomendado desde su lecho de muerte-, me buscó un trabajo nocturno fregando platos en la cocina de una sala de fiestas. Aún no se habían inventado los lavaplatos, por lo que se hacía a mano.
Por las mañanas me matriculé en una academia mixta, de mecanografía, contabilidad e idiomas, en la que permanecí un par de años. Mi sueldo era de risa, por lo que, algunos meses, para poder comer, tenía que hacer horas extraordinarias. No necesito deciros que mi trabajo era agotador, fregando montañas de cacerolas, platos, vaso, cubiertos; fregar, aclarar, secar, colocar y guardar centenares de piezas de vajilla y baterías de cocina industrial. Después fregar suelos, estantes. Cuando esto estaba hecho, vuelta a empezar, pelando patatas, picando cebollas, Y así hasta la extenuación. Fue francamente duro.
Y, por si fuera poco, cuando después de ímprobos esfuerzos, conseguí, gracias a las horas extras, ahorrar unos cuantos miles de pesetas para la entrada de un piso, firmé el contrato y resultó una estafa. Perdí las cincuenta mil pesetas entregadas como señal. Estuve al borde del suicidio. Afortunadamente, cuando se es joven, se resiste todo y volví a empezar. Me preparé un currículo, hice cincuenta copias y me dediqué, en ratos libres, a entregarlo, puerta a puerta, en cada restaurante que encontraba. Como había aprendido contabilidad y mecanografía, cuando conseguí entrar en uno de ellos, no tardaron en ascenderme. Dado que no me importaba hacer horas extras, en año y medio conseguí ahorrar para la entrada de otro piso.
Como podréis comprender, yo no exploto a mis colaboradores, no les trato como me trataron a mí, sería completamente estúpido hacerlo. De algo me tiene que haber servido pasar yo por ello. Los diez trabajadores que hay en la Empresa, gozan de todos sus derechos y su sueldo está unido al celo y la productividad inteligente de su trabajo. Cada cual gana en proporción a sus méritos. Se trata de un almacén de suministros a hostelería. Más de la mitad de los trabajadores son comerciales, el resto llevan el almacén, distribución y transporte.
Cuando me casé, harto ya de andar rodando como una peonza fuera de control, comencé a hacer una vida ordenada y de provecho, pero aburrida y con un horizonte carente de paisajes
Hasta que apareció ella. Una preciosidad que supo motivarme y sacar de dentro de mí el “triunfador” que llevo dentro. La dificultad hace al hombre. No niego que en el futuro las cosas puedan cambiar, sería lo normal, pero por el momento, con el consabido esfuerzo, los sinsabores normales de la vida, no me puedo quejar.
LA SENTINA.
Siempre tengo hambre, hambre de lobo, como dice mi madre La Juana ; siempre quiero comer y por eso voy al campo, a comer, solo a comer. Siempre encuentro algo, casi todo me gusta; como acederones, - solo los de cristiano, no los de culebra, también huevos de burraca cuando los hay, brotes tiernos de zarza, zarzamoras y más cosas. A los melonares y huertas no voy, pega mi padre y también La Juana . A las viñas sí voy, pero mas a higos y siempre de noche. El guarda es viejo y se duerme por las noches. Tengo un morril de perotes y otro de membrillos en los olivares. Las aceitunas no me gustan, saben amargas. Cuando varean las olivas ayudo a La Juana a coger aceitunas; pagan a real el celemín. También voy a vendimiar, pero sólo para el acarreo de cestas al bidón, todavía no soy grande para poder con los bidones. Crispo dice que tengo doce años, que me va a mandar de zagal con algún cabrero y así podríamos robar algún chivo y comer como la gente. También me va a enseñar a poner los lazos y las perchas para las perdices y las torcaces
Dicen los muchachos que La Juana está medio tonta, pero yo se que es lista, más que ellos. Ella pone pieles de conejo en las albarcas para que abriguen y ellos no saben. Tampoco buscar criadillas de tierra, ni entienden los níscalos ni las bellotas dulces, ni los cardillos y menos las collejas. También sabe que las ortigas se comen y ellos no. Ayer trajo un costal de cardillos y los fue vendiendo casa por casa.”
Cuando sea mayor me haré melitar como Cachanela, que robó un carro de la guerra que parece de juguete. Ahora lo usa para acarrear troncos gordos para las matanzas y también piedras grandes de las canteras. Tiene ruedas anchas y pequeñas, pero las llantas de madera están forradas de hierro muy fuerte. Dice que es el mejor del mundo. Cuando está borracho dice que también robó el cañón, pero que lo tiró por un barranco por que hacía mucho ruido. El carro lo engancha a dos bueyes muy viejos pero que todavía tienen temple y le ganan buenas huebras “
“”Cachanela es un borracho malo y mi Crispo bebe mal vino cuando se juntan. Mucho mucho llamarse camaradas y decir esa brutalidad de “a mí la legión” y decirla más veces cuanto más borrachos están. Y se lo gritan al Tío Colores, que ya sabe que quiere decir “danos más vino”. El Cachanela se da grandes golpes en el pecho con el puño cerrado para demostrar que es muy valiente. Dice muchas palabras malas cuando bebe y de las de Pecado Mortal con el aguardiente de las mañanas; éstas la gente no se las oye pues es cuando marcha con el carro al campo .El día que le pille el cura, avisa a los civiles, seguro. Yo me alegraré pues ya sé que mi Crispo es malo pero lo es mucho más cuando se juntan.
La gente es muy mala y muy asquerosa y quieren pegar a mí muchacho Dominguín que es muy bueno, lo que pasa es que le dan ataques, “leticos”, dice el medico y un día se cortó un cacho de la lengua. Mi Crispo, su padre, quiere que se enganche de zagal de alguna piara para que pueda hartarse de leche, que ahora está creciendo y le hace falta alimento de sustancia. Espero que no le pase lo que a él, que está mordido por un perro lobero cuando se estaba mamando una cabra. Desde entonces no ha vuelto a probar la leche, ni el agua.
“””Dicen que la Juana es tonta. Son los envidiosos. Es bien lista y sabe arreglarse con lo que apaña por el campo. Yo le traigo algún que otro conejo de vez en cuando, cuando no puedo venderlos a nadie; últimamente, con eso de las guías la cosa se ha puesto más difícil. Como no se escribir tengo que decírselo a Cachanela, pero me cobra tres rondas de aguardiente por escribírmela. Y luego hay que aguantarle eso de que el sabe y yo no sé. La Juana no me quiere coser los capillos y ya no me trae huevos de burraca para El Bicho. Yo le suelo dar las asaduras de los conejos y la sangrecilla. Es el mejor de España. Lo tengo bien escondido para que no me lo encuentren los picos. Si lo encuentran, a él le matan y a mi me muelen a palos.
** Que malo es no tener dinero; menos mal que anoche, que por todo, solo nos quedaba un duro, Minguín, que ha debido de vender algo de caza, me ha dado veinte duros para que compre unos metros de tela de pana y le encargue a la Tía Siriaca que les haga unos pantalones al muchacho y otros para él. ¡Menos mal!, daba pena verles con tantos remiendos como llevan
LOBOS DE LA ESTEPA
El ruido de unas cajas al caer cortó en seco mi micción. ¡Putos gatos!. Dos fogonazos, como dos relámpagos tenebrosos, siseo silente de dos serpientes mágicas, venían veloces desde el fondo del callejón donde, segundos antes, yo orinaba.
Mi instinto de supervivencia me avisó y me arrojé al suelo simulando haber caído herido. Quedé tendido allí, en la oscuridad, mordiendo el polvo, como una hiena herida. Oí unos pasos, el ruido de unos gruesos zapatos que, corriendo, pasaron junto a mi y velozmente se alejaban. Tuve el tiempo suficiente para armar mi pequeña “Beretta” y descargarla contra la sombra que huía. Oí un grito de dolor, un grito en la semioscuridad reinante. Le vi caer. Me alejé de allí con pasos rápidos y en unos instantes había desaparecido de la escena de los hechos.
Todo empezó cuando, en aquel viaje a Moscú, mientras esperaba la hora de la cena, sentado en el Hall del Hotel, una rubia esplendida, como una estrella del celuloide, me habló en un mas que aceptable español con acento cubano y se enrolló con el pretexto de que necesitaba practicar su español. Con habilidad sibilina me preguntó –con bastante mosqueo por mi parte-, el motivo de mi viaje a Rusia y cual era mi profesión. Como quiera que, una de las razones fuera divertirme y gozar de un buen caviar, la invité a cenar. Por instinto no le dije mi profesión. ¿Qué carajos le importaba a aquella niñata a que me dedicaba yo?. A los tres días, empalagado de tanto “bloody mary”, regresé a Madrid.
Cuando entré en “El Capricho” –serían las once y cuarto más o menos-, Vladimiro, un chaval búlgaro, de mi confianza, me dijo:
- Hola Jefe; ándate con cuidado. Han venido unos rusos preguntando por ti. Un par de cabrones, pinta de peligrosos. Tipos flacos, como perros de la estepa.
- Je, Vladimirito hijo, no te preocupes. Es que me quieren comprar el negocio y no nos ponemos de acuerdo. Diles a los chicos que tengan los ojos bien abiertos. Llevan pistolas ametralladoras debajo de los abrigos de cuero. Disparan “a ráfagas”, ya sabes. Estamos negociando. No creo que hagan nada.
Mi instinto de supervivencia me dijo que debía largarme de allí, lo que hice con diligencia, haciendo ver a los chicos que me había olvidado de algo. Puse en marcha mi Jaguar rojo y me fui a tomar una copa a un bar de la competencia. Pero, evidentemente, ellos me siguieron.
En El Capricho trabajaban unas veinte chicas, más o menos. Chicas libres, bien tratadas. Arriba tenemos ocho habitaciones que ellas me pagan religiosamente. Mi comisión entra dentro de este coste para ellas. Tampoco reciben comisiones por consumición. Se les contabilizan, pero no la cobran; no en vano trabajan y se ocupan en El Capricho. La mafia nunca me había causado problemas. Mi negocio era totalmente legal. Nada de drogas, nada de mujeres ilegales. Los chulos tenían restringido el acceso.
Detecté su presencia al recordar las palabras de Vladimiro: “Tipos flacos, como lobos de la estepa” Como conocía bien el lugar, simulando que iba al baño, salí por una puerta falsa que daba al callejón. Una vez allí no pude evitarlo y me puse a orinar. El resto ya lo sabéis.
Todo empezó cuando, en cierta ocasión, una partida de dados me dejó un euro en el bolsillo. No sabía que hacer. Deambulé como un sonámbulo y, por la noche, en la zona de La Castellana, vi a una chica, bastante guapa por cierto - que a todas luces estaba haciendo la carrera-, como se estaba secando las lágrimas con un pañuelo. Tuve el impulso de comprarle un clavel a una chinita que pasaba por allí y regalárselo. De perdidos, al rio, me dije. Ella me lo agradeció echándose al cuello. Nos hicimos amigos, me llevó a su casa y me hizo su “gigoló”. Solo tuve que enseñarle los dientes a Felipe, su macarra anterior, que no volvió a aparecer.
Sushi, que así se llama mi chica, financió mi acceso al mundo empresarial. Hoy está retirada y vive como una reina gracias a la participación en mis beneficios, a la que tiene perfecto derecho legal. De los rusos, nunca más se supo.
El Sustanciero.
A lomos de un borrico blanco, de paso corto y ligero, voy por los pueblos de España, llevando sustancia, a ollas y pucheros. Bromas aparte, esa es mi vida, ir cargado de huesos sustanciosos, cediendo su usufructo, de pueblo en pueblo, de puchero en puchero.
Bueno, si he de confesaros la verdad, aprovechando viaje, también vendo a mis clientas manteca rancia, especias y algunas cosas más. Pero no creáis que es tan sencillo; tiene sus trucos. No es lo mismo sustanciar una olla familiar que el pucherillo de una viuda. La clave está en la flama, en el fuego y en el tamaño de la olla. No es lo mismo un hueso de primera sustancia que uno de cuarta o quinta. Todo tiene su punto de importancia y, dependiendo de cómo te manejes con los números, el negocio puede darte para comer o, sencillamente, ser una ruina. Por las primeras sustancias, una cocción de una hora, hueso de jamón, un primera –que digo yo-, se puede cobrar hasta una peseta por un puchero medio para cuatro personas, con buena flama. Los primeras pueden utilizarse hasta 10 veces. El truco está en salarlos antes y untarlos bien con manteca rancia. Pero he de confesar que la mayor parte de las ganancias venía de la venta de tocino saladillo, entreverado, que se vendía solo.
Me suelo quedar varios días en el mismo pueblo, hasta que se me agotan las sustancias o se les agota a ellas el dinero. La mejor época es el verano, con las siegas. La razón es que, para entonces, ya se les ha acabado la matanza que hicieron en noviembre. Me alojo en las posadas; si no la hay en el pueblo, también suelen darme pensión en alguna casa, acogiéndome como si fuera de la familia. Siempre me gustó la libertad. En mis años mozos, harto de trabajar para otros, un buen día decidí que yo sería mi propio jefe y trabajaría para mí. Desde entonces me dediqué a pensar a qué negocio dedicarme y, teniendo en cuenta los tiempos que corrían, pocas eran las cosas a las que yo podía dedicarme. Hacía pocos años que había acabado la guerra. Casualmente conocí a un anciano muy parlanchín y, sin él saberlo, me dio la idea. Resucitaría un antiguo oficio, que existió en España desde la Edad Media. Me haría sustanciero. ¿Verdad que no suena mal?
Empezaba temprano y llevaba una lista con los encargos. Pasado mañana, a las diez o diez y cuarto, tercera sustancia y veinticinco gramos de manteca ráncia. Nunca podré olvidar lo que me pasó en uno de estos encargos. Tenía yo un hemoso muñón metido en el puchero de una viuda-no penséis mal-, y allí le dejé sustanciando mientras atendía a la vecina de al lado, con pinta de pudiente, y que me requirió para una sustancia doble, por lo que la introduje dos primeras con hervor de tres cuartos de hora. Lo anoté y volví a la viuda, para retirar el muñón hermoso. Los huesos van bien atados con una fina cuerda de bramante, de algo más de un metro de longitud, que se suele atar a un clavo de la campana de la chimenea. Me fijé en que la viuda estaba un poco nerviosa y como atolondrada. Yo no solía hacer caso de las clientas – por vergüenza, más que nada-, pero ésta estaba muy rara y me sentí atraído. Cuando entré para retirar el hueso, cuál no sería mi sorpresa al ver que el hueso no estaba, había desaparecido como por arte de birlibirloque. Ella estaba junto a mi y tan sorprendida como yo. De pronto se oyó un maullido y vimos que sobre un haz de leña que tenía preparado para atizar su lumbre, estaba el gato, con el hueso al cuello, como un gran cascabel y la cuerda de bramante enroscada entre los sarmientos Se ve que el pobre animal se había enredado y no podía escapar. Tampoco, por más que lo intentaba, podía morder el suculento muñón que llevaba al cuello. Yo intenté cogerlo y me saltó a la cara, dejándome las marcas de dos terribles arañazos. De un manotazo volví a echarle sobre los sarmientos donde antes estaba. La viuda acudió solicita a socorrerme y, por celos seguramente, el gato volvió a saltar sobre mi y casi me saca un ojo. Menos mal que la pobre mujer, con todo su amor, me desinfectó las heridas y me aplico un ungüento para las quemaduras que no me hizo mal. Me puso una gasita y un esparadrapo. Con esto y sus apasionados besos, mano de santo. Lo peor fue que no recuperé el hermoso muñón, con lo que, aquél día, mis ganancias se vieron mermadas
Un poeta varado en el estero.
El camarero llega con el café; abrasa. Hace frio, mucho frio; abro el periódico y sus noticias, aún calientes, son pasado y por tanto más deprimentes aún, si cabe. Hay una ventana abierta y una ráfaga de aire me despeina desconsiderada. Los vendedores ambulantes se han volatizado y el camarero me cobra apresurado, exento ya del uniforme de hombreras doradas. Oigo la caída metálica de los cierres de la cantina, este lugar de reiteraciones; café con leche, vaso de agua, un vino, cerveza, bajando a la derecha, picar algo, bocadillo, jamón, queso, chorizo, tortilla, gracias, muchas gracias, de nada, adiós, ¿qué le debo?, resoplidos de la vieja y gigantesca cafetera, que exhala los cafés de doce en doce. Los muros parecen rezumar los ecos de estas palabras repetidas, lustro a lustro, por los viajeros, siempre repetidos, como los cromos para cambiar que guardábamos en la infancia. Este sitio me resulta familiar; mesas de mármol negro, sillas de madera, macizas, resistentes. Bombillas en anticuados plafones, penden del techo, negro por el humo de decenas de miles de cigarrillos. Viajantes de comercio, tratantes, campesinos, emigrantes, maestros en “itinere”, monjitas, fugitivos, policías de paisano, soldados de reemplazo y yo, yo mismo, que no vengo ni voy a ninguna parte, solo espero, espero paciente, como un lobo al acecho. Caigo en cuenta de que no se bien donde estoy, no lo recuerdo. El camarero ha desaparecido. Ha dejado una sola luz encendida, justo la que alumbra la gran cafetera. Se ha olvidado de cerrar la ventana. Debe ser Nochebuena; era por ahora. Oigo por la megafonía, de forma muy distorsionada por su propio eco, que hasta mañana a las diez no llegarán más trenes, que la estación se cierra. Que si queda alguien, tiene diez minutos para salir. Después soltarán los perros. No le hago caso, no me gusta que me amenacen; además, el cierre de la estación yo no lo tenía previsto. Pensaba pasar aquí la noche, como otras veces, juntando cuatro sillas y tapándome con el abrigo. Lo mío es esperar. ¿Pero esperar a qué?. Inspiración, espero la inspiración. Quiero escribir el poema definitivo, el poema que salve a la humanidad de la inercia en que se mueve. Soy consciente de que ese día puede tardar.
Oigo ladridos; dos perros grises entran –por la ventana-, en la cantina en penumbra y vienen hacia mí. Me huelen y gruñen. Afortunadamente traen los bozales puestos y no me pueden morder. Siento que esto les frustra. Tratan de arañarme. Oigo el sonido agudo de un silbato, que les hace huir con el rabo entre las piernas. Son dos perros preciosos, tipo pastor alemán, pero no tan grandes. Son de color gris y blanco.
Ø - Buenas noches,- Dice alguien que entra por la ventana y que deduzco que es el guarda nocturno de la estación.
Ø - Buenas noches,- Contesto yo, como si tal cosa.
Ø - ¿No ha oído Vd. el aviso de cierre por megafonía?,- Me preguntó, dándose, ufano, aires de autoridad.
Ø - Pues no, la verdad,- Mentí con descaro.- Estaba dormido. Me despertaron los perros. ¡Que ejemplares tan bonitos! ¿Cómo se llaman?
Ø - Zipi y Zape.
Ø - Muy propio, ¿son hermanos?.
Ø - Sí, y muy traviesos cuando eran cachorros. Como los de los “comics”.
Ø - Bueno, Vd. sabe que no puede quedarse aquí. Está prohibido.
Ø - Hoy es Nochebuena, día excepcional. Tal día como hoy, nació Jesús.
Ø - No digo que no, pero el Reglamento no dice nada al respecto y, yo me debo al Reglamento.
Ø - Compréndalo, no tengo a donde ir. Además hace mucho frio. Si me deja quedarme, le invito a cenar.
Ø -¿Cenar, donde?.
Ø - Aquí mismo, en la Cantina. Podemos calentar alguna cosa en el microondas. Mañana, cuando abran, yo pagaré lo que consumamos. Aún me queda dinero.
Ø - Y si se entera el Inspector…
Ø - No se enterará, y si lo hace, te ascenderá por haber sido humano en Nochebuena.
Ø - Bueno, acepto, pero con la condición de que sea Vd. quien pague las consumiciones cuando abran mañana la cantina.
Ø - Eso está hecho, generoso.
Buen chico el vigilante nocturno. Aún es muy joven; algún día aprenderá que la felicidad está en compartir.
CALZONCILLOS DE SEDA CHINA:
CARTA A LA REINA DE MIS MUSAS.
Fiel a mi costumbre de mostrarme a ti, tal y como soy, te cuento ciertas excentricidades sobre mis atuendos íntimos que - ¡por favor!, no son para divulgados-. No es que yo sea una nueva versión de Beau Brummel –o Beau Nash-, es decir, un “nodandy” o algo así. Lo qué, en mi caso, marca la diferencia con los Beau Brummel o Beau Nash, es la testosterona, que me sigue creando problemas. “Te cuento”:
Además de mi especial relación con la cornucopia –ya te digo-, he de confesarte que mis “gayumbys” me los hago enviar desde Capadocia, en la remota región de Anatolia. Ello es posible debido a que en uno de mis viajes conocí a una vieja costurera, cuya madre fue corsetera de la Zarina, y que habita en una cueva sahumada con inciensos “hors d’âgé”,los confecciona a mano, a base de tres capas de seda china.
Te estarás preguntando que tienen de especial estos calzoncillos capadocios y no es para menos, pero ten un poco de paciencia y enseguida lo sabrás. Lo de menos es la finísima seda con la que están hechos, lo bien enjaretados y rematados, y a la vez lo suaves y agradables de llevar, etc. Lo más importante es el secreto conjuro bordado en ellos, que los convierte en un mágico talismán. Se trata de un exotérico hechizo bordado en hilo rojo que se coloca justo en el centro de la taleguilla y encima de mis iníciales. El conjunto simula, a primera vista, un escudo heráldico, pero no, si lo miras de cerca, parecen dos pequeños alfanjes, colocados en forma de cruz aspada o de San Andrés, pero no con los filos enfrentados, por su parte convexa, que por su parte cóncava, de ahí su extraña forma, que si te fijas mas aún, parece el anagrama del conejito de “Play Boy”, con las orejitas tiesas. Hay quien ha visto en este jeroglífico dos dedos cruzados haciendo una higa. Pero, definitivamente, al final llegas a la conclusión de que se trata de un símbolo cabalístico con una gran riqueza polisémica y mágica. Según cuenta la leyenda, fue sustraído a Rasputín cuando su cadáver estaba aún caliente.
Los pedidos me llegan por tren y cuando abres una de las cajas donde vienen estuchados, un embriagador olor a incienso lo anega todo. Siempre pensé que la decoración de las cajas, en grafía turquesa, serían salmos o cosas parecidas. Pero no, he hecho que los traduzcan y dicen algo así:
-Contine conjuro poderoso contra impotencia, sentimiento de castración – síndrome del eunuco-, mal de ojo, etc.
-Previene contra la monogamia, pecado de masturbación, holgar con infieles, etc.
Merecen la pena solo por lo que te ahorras en Viagra.
Gracias por tu infinita paciencia.
Crocenere.
El Cetrero.
Un jinete vestido de negro avanzaba en un rápido trote por la estrecha vereda, allá, al fondo de un valle, largo y angosto. Con la mano izquierda, portaba las riendas y en la derecha, enguantada, un gran halcón amaestrado para el arte de la cetrería.
Filiberta, desde su lecho, no podía verle, tan solo presentir que él se estaba acercando, que venía a buscarla al recóndito lugar donde se escondía. Ella se sentía llamada por la voluntad de él, que la conminaba a regresar, que le ordenaba rendirse sin condiciones. El tampoco podía verla, solo imaginanarla oculta en algún lugar, pero su determinación era grande, cual grande la recompensa que le esperaba cuando la encontrase.
Ella huyó con la ayuda de una de sus damas. Ambas se escondieron en algún lugar que el marido presentía y cuya montura parecía conocer, a la vista de la resolución con la que avanzaba libremente y hacia un lugar desconocido. Ella estaba sumida en sentimientos contradictorios; sentía el terror hacía el hombre al acercarse, al que solo había visto una vez y de lejos y, por otro lado, íntimamente, le halagaba el hecho de ser deseada por un hombre capaz de galopar al fin del mundo para encontrarla. Su padre, un rico comerciante, le había entregado en matrimonio a un hombre maduro y enigmático, que pagó su peso en oro. Ella no tuvo mucho tiempo para averiguar de quien se trataba y solo supo que gustaba de la caza con halcones. Hermelinda, la dama con la que huyó, era también su mejor amiga y confidente, de hecho, ambas eran muy parecidas y de parecida edad.
- Debe ser un hombre muy apuesto, dijo Filiberta, pero siento terror solo de pensar que me poseerá sin miramientos, como el garañón negro que monta posee a las yeguas en celo que encuentra a su alrededor.
- Algo así debe ser, dijo Hermelinda, a la vez que se ruborizaba solo de pensarlo. Espero que no nos encuentre. Este parece un lugar seguro. Encontrarnos sería como encontrar una aguja en un pajar.
- Sin embargo presiento que se está acercando, que viene derecho hacia aquí.
- Espero que te equivoques; es el miedo lo que te hace tener esa sensación.
- No Hermelinda, no es una sensación, es una certeza.
- ¡Como me gustaría estar en tu lugar!, ser yo la persona que ha sido capaz de lograr que un hombre tan apuesto cabalgue durante días, buscándome para hacerme suya. Me haría sentirme más mujer.
- ¡Que idea!
- ¿En qué estás pensando?
- ¡En que me sustituyas cuando llegue!
- ¡Estás loca!, lo notaría al instante.
- Somos casi iguales, no lo hará. Se guiará por las ropas.
- ¡Es una locura!, no puedes pedirme una cosa así.
- Y en todo caso, cuando lo descubra, sus primeros ardores ya se habrán calmado contigo.
Hermelinda se echó a llorar y Filiberta vio horrorizada que un gigantesco halcón observaba la escena desde la ventana. Tenía las alas medio desplegadas y la miraba con los avaros ojos de las aves de rapiña.
Ellas se apresuraron a hacer el intercambio de ropas para engañar al ardiente esposo de Filiberta, pero cuando ambas estaban desnudas y apresuradamente comenzaban a vestirse, la puerta de aquella cabaña se abrió de golpe y el polvoriento jinete les miró complacido al ver la escena.
Ni que decir tiene que el recién llegado fue tacaño en palabras, pero no lo fue en besos y caricias para ambas jóvenes, que conocieron por vez primera las mieles de la pasión, del amor de hombre al que tanto temían, descubriendo gozosas que estaban equivocadas. La verdad es que fueron felices, los tres, y gracias al inteligente halcón, nunca faltaron perdices en su mesa
La Fuente del Ahorcado.
Roque Cedena era alojero –vendedor de aloja-, bebida que vendía en las eras de los pueblos en tiempos de trilla y también en las plazoletas, cuando en los tórridos veranos los vecinos se reúnen para charlar al fresco. Fabrica su aloja mezclando miel con agua fresca a la que añade canela, anises y vainilla. Cuando termina la temporada de la aloja, al final del verano, regresa a su pueblo y descansa unos días, en los que hace acopio de nueva miel y se transforma en melero, cuya comercio simultanea con especias. Este negocio de aloja le da opción a otros tipos de venta, como son relojes de bolsillo, unidos a una cadena y que se guardan en un bolsillo de la chaqueta o en la faja. También zarcillos de bisutería, anillos de plata charra y objetos afines. Una cosa ayudaba a la otra, por lo que, cada verano, redondeaba una razonable ganancia, que ponía a buen recaudo. Una baza importante para que el negocio funcionase era el hecho de que el bueno de Roque era una persona muy simpática y agradable. Sabía, con su presencia en las eras y en los “corros del fresco” nocturnos, romper el monótono aburrimiento de los lugareños. Sus chistes, a veces subidos de tono, hacían las delicias de los presentes.
Su comercio ambulante lo portaba en un carro de feriante, tirado por dos mulas profusamente adornadas con cascabeles. Entre nosotros, el negocio era ciertamente próspero.
En cierta ocasión que regresaba a la Alcarria después de una fructífera temporada, a la salida de uno de los pueblos donde había comerciado, tomó un camino de carros, poco transitado, que le servía de atajo para salir al Camino Real. A las dos horas de marcha, desde que salió del pueblo, aproximadamente, detuvo el carro en un lugar que ya conocía, por haber parado a descansar allí otras veces. Se trataba de una fuente, generalmente de agua abundante y fresca, pero en aquella ocasión, para su disgusto, estaba embarrada y un gigantesco escuerzo, un sapo de los llamados “campaneros”, se había enseñoreado del manantial y en esos momentos tomaba un terapéutico baño de lodo. Ni que decir tiene que al bueno de Roque, la vista del escuerzo le resultó repugnante. No le preocupó mucho, pues en el carro portaba una garrafa de agua de las que usaba para preparar la aloja. En estas estaba cuando, sin que él lo notase, dos caminantes que venían en dirección contraria, le saludaron muy respetuosos y le pidieron que les socorriera con algo de comida y agua.
Como quiera que nuestro hombre tenía por honra la tacañez, les dijo que lo sentía, pero que apenas le quedaban unas migajas él, pero que, por tratarse de ellos, les brindaba la oportunidad de cederles las ancas de la hermosa rana que, medio atontada, dormitaba en las enlodadas aguas de la fuente. Ellos, que debían traer muchísima hambre, aceptaron, por lo qué, con un palo mataron al batracio, lo limpiaron, desollaron y asaron en el tiempo de un padrenuestro. Tal era el hambre atrasada que uno y otro traían. Eso sí, les brindó agua y aloja a “tocateja”.
Después de comer, el se echó a dormir un rato bajo el carro. Las dos mulas estaban atadas a la sombra de una encina, a pocos metros de allí. Cuando despertó, reparó en que las mulas no estaban donde el les había dejado atadas, condenándole a tener que abandonar el carro para buscar ayuda o buscar las mulas robadas. De pronto se acordó del dinero ganado durante la temporada, por lo que corrió al carro a buscarlo, en el escondite donde el solía guardar la bolsa con los duros de plata. Horrorizado vio que también había desaparecido.
Días después de los últimos hechos narrados, otro arriero que por allí pasó, vio horrorizado que de la rama de una alta encina, el cadáver de un hombre, cubierto de moscas y en avanzado estado de descomposición, pendía de una soga, a todas luces ahorcado.
Historias del Tabernario
- Colores, ¡pon de beber! Somos cinco.
- Tranquilo Corea, que ya voy.
Colores, el anciano tabernero, curtido por muchos inviernos y por el trato con los rudos bebedores de su aguardiente de garnacha, presumía de tener el mejor alambique de aquel partido judicial. No lo daba malo, no; era la opinión de sus parroquianos.
El bebedor tempranero suele ser de tiro rápido; se echa la copa al coleto de un solo trago y gusta de chasquear la lengua, soltando una especie de “trallazo”, mostrando así su gran satisfacción por el “latigazo” ingerido. Son gente impaciente, que exige rapidez en el servicio. Ello obedece a que sus organismos reclaman sus primeras dosis de alcohol. Lo demuestran cuando, al entrar en la taberna, vienen ateridos por el relente, como entumecidos. Si la primera copa viene rápido, la segunda vendrá antes, parece que reflexionan.
- Colores, eres el mejor. Ya quisiera ese perico de Chicote que dicen que hay en los madriles. –Cacareó eufórico el “Verraco de Corea”, que así se apodaba el feligrés que había pedido la ronda, para, segundos después, soltar el chasquido de rigor, que fue secundado por sus comparsas con pequeñas variables-
- ¡Pon otra, Colorao!, que ésta es mía. –Soltó el Tío Mameluco, veterano en la ronda del aguardiente. Cuarenta años o más, solía afirmar. Mientras así decía, sacó la petaca y ofreció picadura a los compañeros.
- Corea, paga. –Le dijo Pirón, otro cofrade-, que luego te olvidas.
- Quién fue a hablar…El que no tiene palabras.-Así dijo Corea, a la vez que, con cierta pomposidad sacaba de su pelliza un enorme billetero, del que extrajo dos billetes de una peseta, el coste de la ronda de cinco copas, a cuarenta céntimos cada una.
Piron tenía fama de bruto. Parece ser qué, cuando llegaba a casa, borracho, requería de amores a su sufrida mujer - con la que, pese a no tener hijos, convivía desde hacía largos años-, y si le rechazaba, en venganza, se subía al tejado, se abrazaba a la chimenea y, simulando que fornicaba, la echaba abajo, llenando el hogar de cascotes y escombro. sobrio era una bellísima persona.
La peña siguió tomando sus copitas, hasta completar las cinco cabales. Cada uno pagó su ronda y, de pronto, alguien soltó un órdago.
- Colores, pon otra y que se cague el cielo. ¡Pinta en bastos!
A la vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, Colores, el tabernero, trató de moderar la situación. Era el Corea, que se había sentido provocado por el tío Pirón. El tema era que, al pedirse otra ronda, los restantes estaban obligados a corresponder. El tener que pagar las rondas siguientes tampoco era todo el problema. Lo malo estaba en tener que beber otras cinco copas cada uno. Negarse era una especie de deshonra, pues se tocaba el pundonor de cada uno de ellos, en lo tocante a dinero y, lo que es peor, a su hombría,-yo aguanto más, ergo, yo soy más macho. Diez copas de aguardiente secuestraban su discernimiento, por lo que seguirían otras cinco y, así, hasta quedar tirados por los suelos.
- Oye, Corea, somos amigos y por eso te voy a decir una cosa. Tienes muchas cabras recién paridas y otras que en estos momentos estarán pariendo, el ganado te necesita, anoche les diste la sal y están muertas de sed. Tienes que echarlas al agua. Tú eres el mejor cabrero de la comarca y lo sabes mejor que nadie. Tus compañeros también tienen sus obligaciones y tienen que ir a sus tareas. ¡Es que no te haces cargo, coño!
- Pon otra ronda.- Lo dijo con un rono ronco, arrastrando las erres, como un macho cabrío cuando se encabrita. Aquel tono era inapelable. Todos lo sabían. Podían entrar en juego las cabriteras. O los garrotes.
- ¡Que la ponga!, saltó Pirón, que este no tiene media hostia. –Se refería a Corea, que efectivamente, pese a ser corajudo y violento, era petiso y se libró de la mili por la talla.
De forma imprevista, Corea le saltó por la espalda y con la cabritera, (de 108 girodias), le cortó la gorja, degollándole. Quedó tendido en un charco de sangre. Sus mal pronunciadas palabras, sin resuello, fueron algo así como… “Te espero en los piornales, barraco de mierda...”
MUERTES IMPROBABLES PERO POSIBLES.
Ludovico Pio ha nacido con marcadas tendencias ubicuas. Esta faceta de su carácter le permitía, entre otras cosas, simultanear varios empleos, con los que se ganaba la vida de forma más que aceptable. A ello le ayudaba otra cualidad de su carácter, un gran desparpajo y simpatía
Su principal empleo era el de limpiabotas de sala en el bar del Palase, trabajo que requería de unas cualidades especiales; léase buen porte, limpieza, habilidad, simpatía y discreción; amén de otras no menos importantes. También fue intendente de campo del Sr. Marqués de la Garriga, (Moncho Puchades) en los ambientes de la Jet Set. Gracias a él, D. Ramón presumía de los mejores “tacos” en las cacerías a las que solía acudir y organizar. Estos tacos se sustanciaban en unas suculentas tortillas de patata, lomo y chorizo de orza, (que el mismo aliña y prepara), elección del vino adecuado y otros manjares y menesteres afines, tales como la munición adecuada para las escopetas del Sr. Marqués (munición de boca y arma, suele decirse).
Moncho Garriga, (D. Ramón) tenía una gran afición al agua de Carabaña, que tenía por mágica. Idea inducida por Ludovico, que le hizo creer, a pie juntillas, que tenía propiedades afrodisiacas a la vez que depurativas, por lo qué, en sus puestos de rececho, nunca faltaba líquido de este manantial. También ocurría que el esnobismo del aristócrata, además de venados y otros cérvidos, le llevaba a cazar “Dianas Atolondradas”, con las que gustaba holgar en la floresta, cual lúdico silvano, podría decirse. Pero, ¡un respeto!, en este tipo de cosas Ludovico no intervenía, no mediaba. Hasta aquí podríamos llegar, solía decir para sus adentros. Este pundonor castellano admiraba enormemente al infanzón ampurdanés, Marqués de la Garriga, descendiente directo de Roger de Flor y emparentado con la más rancia aristocracia catalana. Hombre garrido por demás, D. Ramón tiene varias amantes entre las damas asistentes asiduas a las cacerías, por lo que goza de gran predicamento entre las –a decir de las beatas-, casquivanas de la Jet. Con ello quiero deciros qué, un hombre así, no necesita alcahuetes.
La casualidad quiso que aquél día, poco antes de la berrea, en una de sus jornadas de caza en un coto, en los Montes de Toledo, mientras esperaba sentado en su puesto, con la paciencia y el silencio necesarios para este tipo de caza, recibió la visita de una de sus linajudas amigas. Con su penetrante y estimulante “Coco Chanel”, su atuendo verde caza y su gorrito tirolés, bajo el que asomaban los rubios bucles, Moncho se puso como una moto. Pero tan nervioso estaba, que en lugar de ofrecerle una copita de cava, que se enfriaba en la champanera de campaña, prevista por el inefable Ludovico, le ofreció un vasito de Carabaña, con la intención de estimular su libido, infalible remedio, que en sus propias carnes siempre había funcionado a la perfección.
Ni que decir tiene que aquello fue una metedura de pata, pues la señora en cuestión y cuyo nombre no damos por razones obvias, tuvo un subidón y allí mismo, se arrojó en sus brazos y comenzaron a hacer el amor con enorme desenfreno, ahuyentando con sus espasmódicos alaridos, a las más que probables piezas de caza, creándose en la mente del amante cazador un sentimiento encontrado, de placer carnal y de frustración de su otra gran pasión, la caza. Esto, unido a los múltiples vegueros que se fumaba cada día, hizo que su corazón se partiera en dos, teniendo una agonía indescriptible, provocada por un IAM, (infarto agudo de miocardio). Se puede decir que D. Ramón murió con las polainas puestas.
La posterior reacción del agua en los intestinos de su amante póstuma se salvó gracias a los buenos oficios de Ludovico Pio, que proveyó a la dama del indispensable papel higiénico de triple capa y que ostentaba el anagrama del Gran Hotel.
Carta a mi amada Gema, desde el lecho de muerte.
Relájate, Gamma bienhadada. La existencia, o mejor, los pensamientos –axiomas-, que nos dicen que existimos, aquellos del “pienso, luego existo”, nos permiten discernir entre la estulta realidad y los enajenados sueños. La existencia simula que se guarece en las fragosidades de escarpadas sintaxis, disparatados intentos de emulación del lenguaje de lejanos olimpos, de parnasos sumergidos en el Tártaro. Nada más lejos de la realidad. La existencia es algo obvio, que a veces se insinúa con disfraces de tragedia y otras, las más, con el de comedia bufa, casi vodevil.
En el lecho de muerte, la mente sufre –a decir de los siquiatras-, una especie de sublimación, que agudiza sus percepciones extrasensoriales. El resultado es que el discernimiento racional se altera y distorsiona, con lo que, los que oímos al moribundo percibimos un discurso incoherente, una mixtura con forma de hemorragia verbal. Un lenguaje escatológico, una angustia terrible, debida el trance por el que está pasando. Llamar a la muerte - provocarla, insultarla, anhelarla, rogarla-, solo denota incoherencia, la incoherencia de la agonía.
El agónico, a ratos, deja de pensar, por tanto, deja de existir, -si hemos de creer a Descartes-, pero, si entra en coma, ¿vive pero no existe? Si tu interlocutor es un cristiano, u otra religión que crea en la vida después de la muerte, la polémica está servida.
Por eso, si cuando comience mi propia agonía eres tú quien está a mi lado, me oirás provocar a la Parca, piropearla, insultarla, rogarla que me lleve pronto. Mi alma estará ya viajando por los confines de Orión, veré millones de luciérnagas formando el sujeto inconexo de una rota oración.
Mi agonía puede que se prolongue, que tenga momentos de lucidez. Vislumbraré, a través de las cortinas, el coro de plañideras que me tienes preparado, mee enfadaré contigo y con ellas. Os insultaré a todas con palabras gruesas, roncas y diptongas, con la saña que solo los moribundos son capaces de tener. Pediré a gritos una pistola para levantarme la tapa de los seños y, inmediatamente, el orinal –que será de cuña-, en el que no solo caerán aguas menores. En vida, nadie me dijo nunca que yo fuera un baboso, pero lo seré, y, ¡de que manera!, en el lecho de muerte.
No se si me habrás perdonado el mal que pueda haberte hecho en vida - por ello te pido perdón ahora-, pero te pregunto. ¿Me perdonarás la incoherencia de mi sintaxis?
“Á cavera”
Galicia tiene un algo de “terra máxica”. Y lo digo porque, con bastante frecuencia acontecen cosas que.., bueno, a veces no son para contarlas. Yo lo voy a hacer porque estoy en deuda por vuestra comprensión hacia mi persona y os compadecéis de estas soledades que arrastro. Por estas embarradas sendas, tirando del ronzal de Á Coruña, mi acémila, no son sólo soledades lo que arrastro, que también arrastro la “pata chula” que dicen por la Castilla. El problema es que no puedo ir jinete de ella cuando va cargada de ajos y otras mercaderías. Yo sé que poder, puede, pero desde que ha aprendido que puede quejarse como cualquier otra “muller”, la hemos jodido. A cada paso que voy dando, voy cayendo en la cuenta de las cosas que van haciendo las brujas. Un ejemplo; la mula. No es que las mulas hablen, no. Eso no puede ser. Las mulas no hablan. La misma palabra lo dice, “mula”, o “semila”, que quiere decir que son bestias necias y por eso no pueden, ni deberían “falar”. El problema es que se ha metido una “meiga” dentro de ella y, esa puta, es la que la malea. Por eso muerde, cocea, se pone celosa. Pero, que no me oiga, entre nos; se la pienso vender al primer gitano que encuentre. “va se a xoder”.
No se si irme “pal” Paraguay. Las cosas que le pasan a uno aquí no se arreglan así como así. El otro día, sin ir más lejos, iba yo por una corredeira que atraviesa por mitad el cementerio Abreira. A mi no me importa cruzarlos, al fin y al cabo, yo hace tiempo que les perdí el respeto a esa jarca de ánimas, que son más falsas que judas. Pues bien, justo en mi camino, cortándome el paso, veo un bulto en el suelo –era ya noche cerrada-, y oigo que “sime” ah, ah,…y le mandé una patada con la pata tiesa para que se quitase de en medio. Pero claro, con la pierna mala no calculo la fuerza, por lo que aquello, lo que fuera, “a” o “x”, se rompió en mil pedazos. Yo seguí mi camino sin más. Pero no, la cosa no paró en eso. Un par de días después, estando yo en Carballino, cenándome una “carne o caldeiro”, quedé pasmado; una “cavera”, que llegó como sí nada, saltó sobre la mesa y dijo:
- “Boas noites”. –Calva si que lo era, pero aún le quedaban unos cuantos pelos.
- “Boas noites”, —contesté yo, disimulando y como la cosa mas natural del mundo. –sí quiere cenar le digo a la Xenara que le ponga plato.
- Mira, voy decirte una cosa. El otro día me faltaste al respeto en el cementerio de Abreira, me diste una patada y me esparciste por el barro.
- Algo harías, digo yo….Estar en el paso, estorbando. Además, yo no sabía qué era aquello. Tienes que ponerte en mi lugar, con tanta “bruxa” suelta que anda por ahí, a esas horas, con esta pata a la rastra, la acémila, que la tengo embrujada….no se lo que hubieras hecho tú en mi lugar.
- Yo estaba agonizante…He tardado ochenta años en morirme… Y de pronto, llegas tú y me arreas una patada.
- Pues anda que si te la da Á Coruña….
- Bueno, o me indemnizas o te pongo denuncia en Magistratura.
- “Vamos falar, vamos falar”…” tú non sabes con quen tas falando….”
El asunto se cerró con el compromiso por mi parte, que, amén de pagarle unas cuantas copas de orujo, del pago por anticipado en la Rectoral de su pueblo, de ¡sesenta misas! por la salvación de su ánima. Eso sí, me reconoció que había sido muy pecador.
Al final quedamos amigos y hasta me recomendó un “conxuro” para sacarle la bruja del cuerpo a la pobre mula. “O conxuro do congrio” me dijo que se llama.
El vuelo del alipende.
Y allí, echado bajo el árbol grande, la ensoñaba. Blanca nuca de adolescente, mirada soñadora y el candor que solo ella posee. Cómo no amarla tiernamente… …
Y en esas estaba cuando comenzó la llovida. La noche se puso de luto funeral, como si la Luna hubiera muerto. Las primeras gotas, las vanguardias, ya venían muy excitadas. Lo supe al instante. Eran solo gotas de agua, pero lo eran muy frías. Quemaban como lágrimas de hielo. También eran violentas. Al instante lo supe. Golpeaban con mucha fuerza, fuerza inusitada. Y unas gotas llamaron a otras y comenzó un llanto rabioso. La lluvia me caía encima acompañada de hojas y ramitas del gigantesco roble bajo el cual estaba; tal era la fuerza de aquella marabunta que nos mandaba el cielo. Allí de nada hubieran servido paraguas, impermeable y katiuskas. Aquello era mucho, o mejor dicho mucha, mucha agua para tan poco vino, diría, pero no era cosa de broma la noche aquella.
Al cabo de un rato observé que el suelo se había saturado de agua y su nivel empezaba a subir. No podía verlo bien, por la oscuridad reinante, pero sí notarlo. Comprendiendo que el rio se habría desbordado, inundando aquella amplia nava, una vega baja abrazada por el cauce en forma de ballesta. Opté por huir y buscar la seguridad de las ramas altas del viejo roble. Subir al árbol, pero no a cortar la flor “para la mí morena”, -qué más hubiera yo querido-. Era al revés, para que mi vida, aún en flor, no fuera cortada por aquella sierra de agua a presión. Subir no fue fácil, su tronco alto y grueso no tenían donde agarrarse. Fui ayudado por las alas del miedo, por las ganas de vivir y el recuerdo de ella. Una vez arriba tuve tiempo para reflexionar cuan peligrosos son los halagos. Son, a veces, como semillas malignas. Alguien pudo haberle dicho al rio: “Hala, cuanta agua traes, eres el Mississippi de estas llanuras, -o si lo prefieres,- el Amazonas”…Tú te lo creíste y, a la primera de cambio, te pusiste ancho y, ¡a inundar las vegas! Ya lo dijo el poeta..
-Insólita avenida
-que inunda fértil vega,
-de cumbre en cumbre llega,
-y arrasa por doquier….
Espronceda, (fragmento)
El nivel del agua seguía subiendo y observé que aquel árbol era muy hospitalario. Muchos pájaros habían tenido la misma idea que yo. Lo malo fue que no pudieron resistir la paliza del aguacero y me temo que cuando intentaron huir ya era demasiado tarde.
La paliza recibida fue brutal. El sentimiento fue de impotencia y frustración. Me pregunté, llorando, que culpa tiene un alipende como yo, del cambio climático.
Aprovechando que una de las ramas, casi horizontales, tenía una gran oquedad por su cara inferior, aproveché para esconder mi cabeza en ella y de esa forma protegerme de las rabiosas ráfagas de lluvia. Con piernas y manos me asía a otras ramas con desesperación. En esa postura noté de pronto un gran resplandor con matices fantasmagóricos tras la densa cortina de lluvia; evidentemente era la Luna, que no solamente no había muerto, la luz que difundía ayudaba a comprender que a cierta distancia, ya no llovía.
Lacerado por la tunda que me dio el agua, no pude hacer otra cosa que llorar. Me flageló con un látigo de tortura, aplicado con saña sádica. De pronto, movido por las fuerzas combinadas de viento y agua, el viejo roble se movió con un terrible crujido. Estuve a punto de caer a la corriente, insólita avenida, que rugía bajo mis píes. Pero cual no sería mi estupor, cuando al moverse el árbol, algo pesado golpeó mi cabeza. Soltándome un momento, con una de mis manos lo palpé y vi que podía tratarse de una bolsa de cuero. Estaba escondida en el mismo lugar en el que yo tenía defendida mi cabeza de los perdigones de lluvia, que ya habían magullado dolorosamente el resto de mi cuerpo. Cuando ¡al fin!, dejó de llover, sentí curiosidad por el contenido de aquella talega, muy desgastada por el paso del tiempo. Haciendo ciertos equilibrios, logré abrirla. Su contenido no podía ser más prosaico; dos gigantescas navajas de Albacete, completamente oxidadas y un indeterminado número de monedas, de oro y plata, cuyo valor y origen no fui capaz de determinar.
Cuando oí que venían a rescatarme, dejé aquella bolsa donde estaba. Fui conducido a un hospital y se me diagnostico pronóstico reservado por hipotermia, magulladuras, ansiedad y alucinaciones.
mefistito.
"O Pote"
Voy a contarles que “o espíritu de Galiza” vive en “o noso pote” . El caldo en estas tierras es cosa principal y lo toma toda la jerarquía, desde el Obispo de Mondoñedo, al menos recatado de los vaqueiros. El porqué de ello hay que buscarlo en lo más profundo de nuestras almas, que a su vez se esconde en lo más profundo de “a nosas fragas”. Esto que les digo lo sabe todo el mundo; “o caldo” es como la auténtica bandera de la gastronomía, y por tanto, de la vida de Galicia.
Para hacerlo bien tienes que ser gallego y haber nacido en nuestra tierra. A decir de una de las miles y miles de gallegas y gallegos que toman “o pote” todos los días, es por ser alimento curativo y a la vez depurativo; te saca “o relente” del cuerpo. Pero quía, tiene otras muchas propiedades, como son que te pone valiente ante la vida, te mete entusiasmo si estás atribulado, te hace compañía si sientes el mal de “a saudade”, por no decir una de las más importantes, la eterna cuestión de acto amoroso, pues te encampana el carallo como Dios manda.
Yo me gano la vida con una pata a rrastras, o mejor dicho, arrastrando una pierna, por mi mala cabeza. Me pasó un día que fui a pulpear; resbalé en las rocas y ya veis el resultado.
Por eso tengo que montar mi mula a mujeriegas; no es que me importe mucho, pues ya tengo práctica en ello y no se va mal del todo. Lo malo es el dolor del cuello, de tanto mirar torcido. Bueno, a lo que íbamos. Me dedico a vender ajos maragatos. Voy de parroquia en parroquia y de tantos años, ya tengo buena clientela. A pesar de mi pierna soy -o eso dicen-, mozo garrido y nunca faltan almas para este infierno. Pero voy pa viejo y conmigo el caldo solo funciona en lo de sacarme el relente de los huesos. En eso si va bien. Pero en lo del acto amoroso, en absoluto. Ellas me atiborran a “caldiño” pero como si nada. Lo único que se encampana es la pierna, que se pone más coja que de costumbre. Pero claro, cada maestrillo tiene su librillo, y yo tengo el mío. Se trata de salsa “a feira”, que se hace con ajo, aceite y pimentón, con un poco de sal gorda. Se maja bien todo con el “morteiro”, y lo pones en las vieiras. Entonces puedes comerlas con confianza. No hay otro afrodisiaco igual. Se te pone el carallo como el esquilón mayor del Obradoiro.
Siento deciros que La Coruña lleva dos semanas sin hablar. Anda enfadada por una disputa con la Genara, la dueña de la mejor pulpería de Carvallino; andan celosas la una de la otra. En la Genara tenéis la mejor “carne ó caldeíro”, amén de un “pulpo a feira” que hace raya.
crocenere
martes 30 de diciembre de 2008
Un poeta varado en el estero.
Porque los pensamientos fluyen en el presente intangible, ya pasado, X intenta cabalgar sobre el delgado filo de la navaja, negando los abismos que se sitúan a ambos lados del corte, tratando de mantenerse en él, pese al riesgo de perecer demediado en dos mitades simétricas. Solo le salvará la levedad insoportable de su ser.
El camarero llega con el café; abrasa. Hace frio, mucho frio; abro el periódico y sus noticias, aún calientes, son pasado y por tanto más deprimentes aún, si cabe. Hay una ventana abierta y una ráfaga de aire me despeina desconsiderada. Los vendedores ambulantes se han volatizado y el camarero me cobra apresurado, exento ya del uniforme de hombreras doradas. Oigo la caída metálica de los cierres de la cantina, este lugar de reiteraciones; café con leche, vaso de agua, un vino, cerveza, bajando a la derecha, picar algo, bocadillo, jamón, queso, chorizo, tortilla, gracias, muchas gracias, de nada, adiós, ¿qué le debo?, resoplidos de la vieja y gigantesca cafetera, que exhala los cafés de doce en doce. Los muros parecen rezumar los ecos de estas palabras repetidas, lustro a lustro, por los viajeros, siempre repetidos, como los cromos para cambiar que guardábamos en la infancia. Viajantes de comercio, tratantes, campesinos, emigrantes, maestros en “itinere”, monjitas, fugitivos, policías de paisano, soldados de reemplazo y yo, yo mismo, que no vengo ni voy a ninguna parte, solo espero, espero paciente, como un lobo al acecho. Caigo en cuenta de que no se bien donde estoy, no lo recuerdo. El camarero ha desaparecido. Ha dejado una sola luz encendida, justo la que alumbra la gran cafetera. Se ha olvidado de cerrar la ventana. Debe ser Nochebuena; era por ahora. Oigo por la megafonía, de forma muy distorsionada por su propio eco, que hasta mañana a las diez no llegarán más trenes, que la estación se cierra. Que si queda alguien, tiene diez minutos para salir. Después soltarán los perros. No le hago caso, no me gusta que me amenacen; además, el cierre de la estación yo no lo tenía previsto. Pensaba pasar aquí la noche, como otras veces, sentado en este sillón metálico y con la cabeza apoyada sobre mis brazos. Lo mío es esperar. ¿Pero esperar a qué?. Inspiración, espero la inspiración. Quiero escribir el poema definitivo, el poema que salve a la humanidad de la inercia en que se mueve. Soy consciente de que ese día puede tardar.
Oigo ladridos; dos perros grises entran –por la ventana-, en la cantina en penumbra y vienen hacia mí. Me huelen y gruñen. Afortunadamente traen los bozales puestos y no me pueden morder. Siento que esto les frustra. Tratan de arañarme. Oigo el sonido agudo de un silbato, que les hace huir con el rabo entre las piernas. Son dos perros preciosos, tipo pastor alemán, pero no tan grandes. Son de color gris y blanco.
Ø - Buenas noches,- Dice alguien que entra por la ventana y que deduzco que es el guarda nocturno de la estación.
Ø - Buenas noches,- Contesto yo, como si tal cosa.
Ø - ¿No ha oído Vd. el aviso de cierre por megafonía?,- Me preguntó, dándose, ufano, aires de autoridad.
Ø - Pues no, la verdad,- Mentí con descaro.- Estaba dormido. Me despertaron los perros. ¡Que ejemplares tan bonitos! ¿Cómo se llaman?
Ø - Zipi y Zape.
Ø - Muy propio, ¿son hermanos?.
Ø - Sí, y muy traviesos cuando eran cachorros. Como los de los “comics”.
Ø - Bueno, Vd. sabe que no puede quedarse aquí. Está prohibido.
Ø - Hoy es Nochebuena, día excepcional. Tal día como hoy, nació Jesús.
Ø - No digo que no, pero el Reglamento no dice nada al respecto y, yo me debo al Reglamento.
Ø - Podemos cenar juntos.
Ø -¿Cenar, donde?.
Ø - Aquí mismo, en la Cantina. Mañana, cuando abran, yo pagaré lo que consumamos. Aún me queda dinero.
Ø - Y si se entera el Inspector…
Ø - No se enterará, y si lo hace, te ascenderá por haber sido humano en Nochebuena.
Ø - Bueno, acepto, pero con la condición de que sea Vd. quien pague las consumiciones cuando abran mañana la cantina.
Ø - Eso está hecho, generoso.
Buen chico el vigilante nocturno. Aún es muy joven; algún día aprenderá que la felicidad está en compartir.
Porque los pensamientos fluyen en el presente intangible, ya pasado, X intenta cabalgar sobre el delgado filo de la navaja, negando los abismos que se sitúan a ambos lados del corte, tratando de mantenerse en él, pese al riesgo de perecer demediado en dos mitades simétricas. Solo le salvará la levedad insoportable de su ser.
El camarero llega con el café; abrasa. Hace frio, mucho frio; abro el periódico y sus noticias, aún calientes, son pasado y por tanto más deprimentes aún, si cabe. Hay una ventana abierta y una ráfaga de aire me despeina desconsiderada. Los vendedores ambulantes se han volatizado y el camarero me cobra apresurado, exento ya del uniforme de hombreras doradas. Oigo la caída metálica de los cierres de la cantina, este lugar de reiteraciones; café con leche, vaso de agua, un vino, cerveza, bajando a la derecha, picar algo, bocadillo, jamón, queso, chorizo, tortilla, gracias, muchas gracias, de nada, adiós, ¿qué le debo?, resoplidos de la vieja y gigantesca cafetera, que exhala los cafés de doce en doce. Los muros parecen rezumar los ecos de estas palabras repetidas, lustro a lustro, por los viajeros, siempre repetidos, como los cromos para cambiar que guardábamos en la infancia. Viajantes de comercio, tratantes, campesinos, emigrantes, maestros en “itinere”, monjitas, fugitivos, policías de paisano, soldados de reemplazo y yo, yo mismo, que no vengo ni voy a ninguna parte, solo espero, espero paciente, como un lobo al acecho. Caigo en cuenta de que no se bien donde estoy, no lo recuerdo. El camarero ha desaparecido. Ha dejado una sola luz encendida, justo la que alumbra la gran cafetera. Se ha olvidado de cerrar la ventana. Debe ser Nochebuena; era por ahora. Oigo por la megafonía, de forma muy distorsionada por su propio eco, que hasta mañana a las diez no llegarán más trenes, que la estación se cierra. Que si queda alguien, tiene diez minutos para salir. Después soltarán los perros. No le hago caso, no me gusta que me amenacen; además, el cierre de la estación yo no lo tenía previsto. Pensaba pasar aquí la noche, como otras veces, sentado en este sillón metálico y con la cabeza apoyada sobre mis brazos. Lo mío es esperar. ¿Pero esperar a qué?. Inspiración, espero la inspiración. Quiero escribir el poema definitivo, el poema que salve a la humanidad de la inercia en que se mueve. Soy consciente de que ese día puede tardar.
Oigo ladridos; dos perros grises entran –por la ventana-, en la cantina en penumbra y vienen hacia mí. Me huelen y gruñen. Afortunadamente traen los bozales puestos y no me pueden morder. Siento que esto les frustra. Tratan de arañarme. Oigo el sonido agudo de un silbato, que les hace huir con el rabo entre las piernas. Son dos perros preciosos, tipo pastor alemán, pero no tan grandes. Son de color gris y blanco.
Ø - Buenas noches,- Dice alguien que entra por la ventana y que deduzco que es el guarda nocturno de la estación.
Ø - Buenas noches,- Contesto yo, como si tal cosa.
Ø - ¿No ha oído Vd. el aviso de cierre por megafonía?,- Me preguntó, dándose, ufano, aires de autoridad.
Ø - Pues no, la verdad,- Mentí con descaro.- Estaba dormido. Me despertaron los perros. ¡Que ejemplares tan bonitos! ¿Cómo se llaman?
Ø - Zipi y Zape.
Ø - Muy propio, ¿son hermanos?.
Ø - Sí, y muy traviesos cuando eran cachorros. Como los de los “comics”.
Ø - Bueno, Vd. sabe que no puede quedarse aquí. Está prohibido.
Ø - Hoy es Nochebuena, día excepcional. Tal día como hoy, nació Jesús.
Ø - No digo que no, pero el Reglamento no dice nada al respecto y, yo me debo al Reglamento.
Ø - Podemos cenar juntos.
Ø -¿Cenar, donde?.
Ø - Aquí mismo, en la Cantina. Mañana, cuando abran, yo pagaré lo que consumamos. Aún me queda dinero.
Ø - Y si se entera el Inspector…
Ø - No se enterará, y si lo hace, te ascenderá por haber sido humano en Nochebuena.
Ø - Bueno, acepto, pero con la condición de que sea Vd. quien pague las consumiciones cuando abran mañana la cantina.
Ø - Eso está hecho, generoso.
Buen chico el vigilante nocturno. Aún es muy joven; algún día aprenderá que la felicidad está en compartir.
lunes 15 de diciembre de 2008
“Á cavera”
Galicia tiene un algo de “terra máxica”. Y lo digo porque, con bastante frecuencia acontecen cosas que.., bueno, a veces no son para contarlas. Yo lo voy a hacer porque estoy en deuda por vuestra comprensión hacia mi persona y os compadecéis de estas soledades que arrastro. Por estas embarradas sendas, tirando del ronzal de Á Coruña, mi acémila, no son sólo soledades lo que arrastro, que también arrastro la “pata chula” que dicen por la Castilla. El problema es que no puedo ir jinete de ella cuando va cargada de ajos y otras mercaderías. Yo sé que poder, puede, pero desde que ha aprendido que puede quejarse como cualquier otra “muller”, la hemos jodido. A cada paso que voy dando, voy cayendo en la cuenta de las cosas que van haciendo las brujas. Un ejemplo; la mula. No es que las mulas hablen, no. Eso no puede ser. Las mulas no hablan. La misma palabra lo dice, “mula”, o “semila”, que quiere decir que son bestias necias y por eso no pueden, ni deberían “falar”. El problema es que se ha metido una “meiga” dentro de ella y, esa puta, es la que la malea. Por eso muerde, cocea, se pone celosa. Pero, que no me oiga, entre nos; se la pienso vender al primer gitano que encuentre. “va se a xoder”.
No se si irme “pal” Paraguay. Las cosas que le pasan a uno aquí no se arreglan así como así. El otro día, sin ir más lejos, iba yo por una corredeira que atraviesa por mitad el cementerio Abreira. A mi no me importa cruzarlos, al fin y al cabo, yo hace tiempo que les perdí el respeto a esa jarca de ánimas, que son más falsas que judas. Pues bien, justo en mi camino, cortándome el paso, veo un bulto en el suelo –era ya noche cerrada-, y oigo que “sime” ah, ah,…y le mandé una patada con la pata tiesa para que se quitase de en medio. Pero claro, con la pierna mala no calculo la fuerza, por lo que aquello, lo que fuera, “a” o “x”, se rompió en mil pedazos. Yo seguí mi camino sin más. Pero no, la cosa no paró en eso. Un par de días después, estando yo en Carballino, cenándome una “carne o caldeiro”, quedé pasmado; una “cavera”, que llegó como sí nada, saltó sobre la mesa y dijo:
- “Boas noites”. –Calva si que lo era, pero aún le quedaban unos cuantos pelos.
- “Boas noites”, —contesté yo, disimulando y como la cosa mas natural del mundo. –sí quiere cenar le digo a la Xenara que le ponga plato.
- Mira, voy decirte una cosa. El otro día me faltaste al respeto en el cementerio de Abreira, me diste una patada y me esparciste por el barro.
- Algo harías, digo yo….Estar en el paso, estorbando. Además, yo no sabía qué era aquello. Tienes que ponerte en mi lugar, con tanta “bruxa” suelta que anda por ahí, a esas horas, con esta pata a la rastra, la acémila, que la tengo embrujada….no se lo que hubieras hecho tú en mi lugar.
- Yo estaba agonizante…He tardado ochenta años en morirme… Y de pronto, llegas tú y me arreas una patada.
- Pues anda que si te la da Á Coruña….
- Bueno, o me indemnizas o te pongo denuncia en Magistratura.
- “Vamos falar, vamos falar”…” tú non sabes con quen tas falando….”
El asunto se cerró con el compromiso por mi parte, que, amén de pagarle unas cuantas copas de orujo, del pago por anticipado en la Rectoral de su pueblo, de ¡sesenta misas! por la salvación de su ánima. Eso sí, me reconoció que había sido muy pecador.
Al final quedamos amigos y hasta me recomendó un “conxuro” para sacarle la bruja del cuerpo a la pobre mula. “O conxuro do congrio” me dijo que se llama.
-
Galicia tiene un algo de “terra máxica”. Y lo digo porque, con bastante frecuencia acontecen cosas que.., bueno, a veces no son para contarlas. Yo lo voy a hacer porque estoy en deuda por vuestra comprensión hacia mi persona y os compadecéis de estas soledades que arrastro. Por estas embarradas sendas, tirando del ronzal de Á Coruña, mi acémila, no son sólo soledades lo que arrastro, que también arrastro la “pata chula” que dicen por la Castilla. El problema es que no puedo ir jinete de ella cuando va cargada de ajos y otras mercaderías. Yo sé que poder, puede, pero desde que ha aprendido que puede quejarse como cualquier otra “muller”, la hemos jodido. A cada paso que voy dando, voy cayendo en la cuenta de las cosas que van haciendo las brujas. Un ejemplo; la mula. No es que las mulas hablen, no. Eso no puede ser. Las mulas no hablan. La misma palabra lo dice, “mula”, o “semila”, que quiere decir que son bestias necias y por eso no pueden, ni deberían “falar”. El problema es que se ha metido una “meiga” dentro de ella y, esa puta, es la que la malea. Por eso muerde, cocea, se pone celosa. Pero, que no me oiga, entre nos; se la pienso vender al primer gitano que encuentre. “va se a xoder”.
No se si irme “pal” Paraguay. Las cosas que le pasan a uno aquí no se arreglan así como así. El otro día, sin ir más lejos, iba yo por una corredeira que atraviesa por mitad el cementerio Abreira. A mi no me importa cruzarlos, al fin y al cabo, yo hace tiempo que les perdí el respeto a esa jarca de ánimas, que son más falsas que judas. Pues bien, justo en mi camino, cortándome el paso, veo un bulto en el suelo –era ya noche cerrada-, y oigo que “sime” ah, ah,…y le mandé una patada con la pata tiesa para que se quitase de en medio. Pero claro, con la pierna mala no calculo la fuerza, por lo que aquello, lo que fuera, “a” o “x”, se rompió en mil pedazos. Yo seguí mi camino sin más. Pero no, la cosa no paró en eso. Un par de días después, estando yo en Carballino, cenándome una “carne o caldeiro”, quedé pasmado; una “cavera”, que llegó como sí nada, saltó sobre la mesa y dijo:
- “Boas noites”. –Calva si que lo era, pero aún le quedaban unos cuantos pelos.
- “Boas noites”, —contesté yo, disimulando y como la cosa mas natural del mundo. –sí quiere cenar le digo a la Xenara que le ponga plato.
- Mira, voy decirte una cosa. El otro día me faltaste al respeto en el cementerio de Abreira, me diste una patada y me esparciste por el barro.
- Algo harías, digo yo….Estar en el paso, estorbando. Además, yo no sabía qué era aquello. Tienes que ponerte en mi lugar, con tanta “bruxa” suelta que anda por ahí, a esas horas, con esta pata a la rastra, la acémila, que la tengo embrujada….no se lo que hubieras hecho tú en mi lugar.
- Yo estaba agonizante…He tardado ochenta años en morirme… Y de pronto, llegas tú y me arreas una patada.
- Pues anda que si te la da Á Coruña….
- Bueno, o me indemnizas o te pongo denuncia en Magistratura.
- “Vamos falar, vamos falar”…” tú non sabes con quen tas falando….”
El asunto se cerró con el compromiso por mi parte, que, amén de pagarle unas cuantas copas de orujo, del pago por anticipado en la Rectoral de su pueblo, de ¡sesenta misas! por la salvación de su ánima. Eso sí, me reconoció que había sido muy pecador.
Al final quedamos amigos y hasta me recomendó un “conxuro” para sacarle la bruja del cuerpo a la pobre mula. “O conxuro do congrio” me dijo que se llama.
-
domingo 14 de diciembre de 2008
MUERTES IMPROBABLES, PERO NO IMPOSIBLES
MUERTES IMPROBABLES PERO POSIBLES.
Ludovico Pio ha nacido con marcadas tendencias ubicuas. Esta faceta de su carácter le permitía, entre otras cosas, simultanear varios empleos, con los que se ganaba la vida de forma más que aceptable. A ello le ayudaba otra cualidad de su carácter, un gran desparpajo y simpatía
Su principal empleo era el de limpiabotas de sala en el bar del Palase, trabajo que requería de unas cualidades especiales; léase buen porte, limpieza, habilidad, simpatía y discreción; amén de otras no menos importantes. También fue intendente de campo del Sr. Marqués de la Garriga, (Moncho Puchades) en los ambientes de la Jet Set. Gracias a él, D. Ramón presumía de los mejores “tacos” en las cacerías a las que solía acudir y organizar. Estos tacos se sustanciaban en unas suculentas tortillas de patata, lomo y chorizo de orza, (que el mismo aliña y prepara), elección del vino adecuado y otros manjares y menesteres afines, tales como la munición adecuada para las escopetas del Sr. Marqués (munición de boca y arma, suele decirse).
Moncho Garriga, (D. Ramón) tenía una gran afición al agua de Carabaña, que tenía por mágica. Idea inducida por Ludovico, que le hizo creer, a pie juntillas, que tenía propiedades afrodisiacas a la vez que depurativas, por lo qué, en sus puestos de rececho, nunca faltaba líquido de este manantial. También ocurría que el esnobismo del aristócrata, además de venados y otros cérvidos, le llevaba a cazar “Dianas Atolondradas”, con las que gustaba holgar en la floresta, cual lúdico silvano, podría decirse. Pero, ¡un respeto!, en este tipo de cosas Ludovico no intervenía, no mediaba. Hasta aquí podríamos llegar, solía decir para sus adentros. Este pundonor castellano admiraba enormemente al infanzón ampurdanés, Marqués de la Garriga, descendiente directo de Roger de Flor y emparentado con la más rancia aristocracia catalana. Hombre garrido por demás, D. Ramón tiene varias amantes entre las damas asistentes asiduas a las cacerías, por lo que goza de gran predicamento entre las –a decir de las beatas-, casquivanas de la Jet. Con ello quiero deciros qué, un hombre así, no necesita alcahuetes.
La casualidad quiso que aquél día, poco antes de la berrea, en una de sus jornadas de caza en un coto, en los Montes de Toledo, mientras esperaba sentado en su puesto, con la paciencia y el silencio necesarios para este tipo de caza, recibió la visita de una de sus linajudas amigas. Con su penetrante y estimulante “Coco Chanel”, su atuendo verde caza y su gorrito tirolés, bajo el que asomaban los rubios bucles, Moncho se puso como una moto. Pero tan nervioso estaba, que en lugar de ofrecerle una copita de cava, que se enfriaba en la champanera de campaña, prevista por el inefable Ludovico, le ofreció un vasito de Carabaña, con la intención de estimular su libido, infalible remedio, que en sus propias carnes siempre había funcionado a la perfección.
Ni que decir tiene que aquello fue una metedura de pata, pues la señora en cuestión y cuyo nombre no damos por razones obvias, tuvo un subidón y allí mismo, se arrojó en sus brazos y comenzaron a hacer el amor con enorme desenfreno, ahuyentando con sus espasmódicos alaridos, a las más que probables piezas de caza, creándose en la mente del amante cazador un sentimiento encontrado, de placer carnal y de frustración de su otra gran pasión, la caza. Esto, unido a los múltiples vegueros que se fumaba cada día, hizo que su corazón se partiera en dos, teniendo una agonía indescriptible, provocada por un IAM, (infarto agudo de miocardio). Se puede decir que D. Ramón murió con las polainas puestas.
La posterior reacción del agua en los intestinos de su amante póstuma se salvó gracias a los buenos oficios de Ludovico Pio, que proveyó a la dama del indispensable papel higiénico de triple capa y que ostentaba el anagrama del Gran Hotel.
Ludovico Pio ha nacido con marcadas tendencias ubicuas. Esta faceta de su carácter le permitía, entre otras cosas, simultanear varios empleos, con los que se ganaba la vida de forma más que aceptable. A ello le ayudaba otra cualidad de su carácter, un gran desparpajo y simpatía
Su principal empleo era el de limpiabotas de sala en el bar del Palase, trabajo que requería de unas cualidades especiales; léase buen porte, limpieza, habilidad, simpatía y discreción; amén de otras no menos importantes. También fue intendente de campo del Sr. Marqués de la Garriga, (Moncho Puchades) en los ambientes de la Jet Set. Gracias a él, D. Ramón presumía de los mejores “tacos” en las cacerías a las que solía acudir y organizar. Estos tacos se sustanciaban en unas suculentas tortillas de patata, lomo y chorizo de orza, (que el mismo aliña y prepara), elección del vino adecuado y otros manjares y menesteres afines, tales como la munición adecuada para las escopetas del Sr. Marqués (munición de boca y arma, suele decirse).
Moncho Garriga, (D. Ramón) tenía una gran afición al agua de Carabaña, que tenía por mágica. Idea inducida por Ludovico, que le hizo creer, a pie juntillas, que tenía propiedades afrodisiacas a la vez que depurativas, por lo qué, en sus puestos de rececho, nunca faltaba líquido de este manantial. También ocurría que el esnobismo del aristócrata, además de venados y otros cérvidos, le llevaba a cazar “Dianas Atolondradas”, con las que gustaba holgar en la floresta, cual lúdico silvano, podría decirse. Pero, ¡un respeto!, en este tipo de cosas Ludovico no intervenía, no mediaba. Hasta aquí podríamos llegar, solía decir para sus adentros. Este pundonor castellano admiraba enormemente al infanzón ampurdanés, Marqués de la Garriga, descendiente directo de Roger de Flor y emparentado con la más rancia aristocracia catalana. Hombre garrido por demás, D. Ramón tiene varias amantes entre las damas asistentes asiduas a las cacerías, por lo que goza de gran predicamento entre las –a decir de las beatas-, casquivanas de la Jet. Con ello quiero deciros qué, un hombre así, no necesita alcahuetes.
La casualidad quiso que aquél día, poco antes de la berrea, en una de sus jornadas de caza en un coto, en los Montes de Toledo, mientras esperaba sentado en su puesto, con la paciencia y el silencio necesarios para este tipo de caza, recibió la visita de una de sus linajudas amigas. Con su penetrante y estimulante “Coco Chanel”, su atuendo verde caza y su gorrito tirolés, bajo el que asomaban los rubios bucles, Moncho se puso como una moto. Pero tan nervioso estaba, que en lugar de ofrecerle una copita de cava, que se enfriaba en la champanera de campaña, prevista por el inefable Ludovico, le ofreció un vasito de Carabaña, con la intención de estimular su libido, infalible remedio, que en sus propias carnes siempre había funcionado a la perfección.
Ni que decir tiene que aquello fue una metedura de pata, pues la señora en cuestión y cuyo nombre no damos por razones obvias, tuvo un subidón y allí mismo, se arrojó en sus brazos y comenzaron a hacer el amor con enorme desenfreno, ahuyentando con sus espasmódicos alaridos, a las más que probables piezas de caza, creándose en la mente del amante cazador un sentimiento encontrado, de placer carnal y de frustración de su otra gran pasión, la caza. Esto, unido a los múltiples vegueros que se fumaba cada día, hizo que su corazón se partiera en dos, teniendo una agonía indescriptible, provocada por un IAM, (infarto agudo de miocardio). Se puede decir que D. Ramón murió con las polainas puestas.
La posterior reacción del agua en los intestinos de su amante póstuma se salvó gracias a los buenos oficios de Ludovico Pio, que proveyó a la dama del indispensable papel higiénico de triple capa y que ostentaba el anagrama del Gran Hotel.
BERNARDINA
Bernardina
Dejó de llover y empezó a nevar; las canales de los tejados seguían evacuando el agua a la vez que iban tomando un color blanquecino, como pieles de grandes toros cárdenos, manchadas de blanco y negro. El humo que salía de las chimeneas distorsionaba esta imagen, dándole un aire preñado de vida. Los tapiales de calicanto que forman las pequeñas casas chorreaban agua y los tordos apenas se atrevían a asomar sus cabecitas desde sus refugios en las oquedades de las piedras. Desde los cercanos olivares se oían los maullidos de mochuelos y milanos. Los gorriones, más audaces, saludaban alegres mientras picoteaban las boñigas, aún calientes, de las vacas. Eran las yuntas de los carreteros que salían a los campos para el acarreo de leñas para las matanzas y los hornos del pan. Eran precedidos por las piaras de cabras y los rebaños de ovejas, que salían de sus majadas, habilitadas en la misma aldea para mejor defensa ante los ataques del lobo. Los perros ponían aún más confusión al conjunto, con su duelo de fieros y desaforados ladridos. Como contrapunto, un coro de gallos cacareaba en los corrales.
Bernardina había madrugado mucho aquel día. Tenía que ir al arroyo a lavar la ropa de D. Ruperto, el cura. El agua estaría muy fría y las manos le dolían por la artritis que le deformaba los dedos. Ojalá saliera el Sol, pensaba, á la vez que recitaba una jaculatoria que le había enseñado su madre. Hacía ya algunos años que se había quedado viuda. Bernabé, su marido, había muerto de una pulmonía doble, le había asegurado D. Servando, el médico. Se había quedado sola en este valle de lágrimas e Iba saliendo adelante como podía; como lavandera y niñera. También hacía las veces de ayudante de comadrona. Era una persona muy apreciada por su bondad y buen conformar. También era llamada para ayudar con las mortajas cuando alguien fallecía. A sus setenta años ya había acumulado una gran experiencia en todos estos menesteres.
Cuando salía de la casa de la Tía Capitana de comprar su cuartillo de leche de cabra para el desayuno, oyó el triste y solemne toque de ambas campanas, -ding dong- ding dong- ding dong- -dong…… Como movida por un resorte levantó la vista hacia el campanario y se sintió sorprendida de que alguien hubiera muerto y que ella se hubiera enterado por el tañido de campanas. Miró a su alrededor y no vio a nadie a quién preguntar. El toque a muerto seguía sonado. Llevaba unos días que se sentía cansada y lo achacó al reuma que le tenía los tobillos y rodillas tan hinchados.
Encaminó sus pasos hacia la tahona y se cruzó con la Eufemia, la mujer del panadero. Tiraba del ramal de su acémila, con los serones llenos de hogazas de pan. Era pan candeal y pan canedo, para los pastores y sus mastines, cuyos rebaños trashumantes pasaban su invernada en las Dehesas del Águila, al resguardo de las ventiscas. Bernardina se sintió dolida por la indiferencia de Eufemia, que no respondió a su saludo. No tuvo ocasión de preguntarle quien era el difunto de aquella mañana.
Cuando salió de comprar su libreta de pan vio venir al Mayordomo de la Hermandad de Entierros con uno de los acólitos. Les oyó comentar: pobre Bernardina, tan buena mujer como era. Somos muchos los que la echaremos de menos. Ella se sintió mareada y prefirió no preguntar nada. Les siguió por las embarradas callejuelas que conducían a su casa. Cuando vio al Mayordomo y su acólito entrar en su casa, el corazón le dio un vuelco y un llanto desconsolado le vino a la garganta. Supo en ese instante que en esa ocasión lloraba por sí misma, por su propia muerte.
Descanse en paz Bernardina, se oyó decir al Mayordomo. Descanse en paz, secundó el acólito.
Dejó de llover y empezó a nevar; las canales de los tejados seguían evacuando el agua a la vez que iban tomando un color blanquecino, como pieles de grandes toros cárdenos, manchadas de blanco y negro. El humo que salía de las chimeneas distorsionaba esta imagen, dándole un aire preñado de vida. Los tapiales de calicanto que forman las pequeñas casas chorreaban agua y los tordos apenas se atrevían a asomar sus cabecitas desde sus refugios en las oquedades de las piedras. Desde los cercanos olivares se oían los maullidos de mochuelos y milanos. Los gorriones, más audaces, saludaban alegres mientras picoteaban las boñigas, aún calientes, de las vacas. Eran las yuntas de los carreteros que salían a los campos para el acarreo de leñas para las matanzas y los hornos del pan. Eran precedidos por las piaras de cabras y los rebaños de ovejas, que salían de sus majadas, habilitadas en la misma aldea para mejor defensa ante los ataques del lobo. Los perros ponían aún más confusión al conjunto, con su duelo de fieros y desaforados ladridos. Como contrapunto, un coro de gallos cacareaba en los corrales.
Bernardina había madrugado mucho aquel día. Tenía que ir al arroyo a lavar la ropa de D. Ruperto, el cura. El agua estaría muy fría y las manos le dolían por la artritis que le deformaba los dedos. Ojalá saliera el Sol, pensaba, á la vez que recitaba una jaculatoria que le había enseñado su madre. Hacía ya algunos años que se había quedado viuda. Bernabé, su marido, había muerto de una pulmonía doble, le había asegurado D. Servando, el médico. Se había quedado sola en este valle de lágrimas e Iba saliendo adelante como podía; como lavandera y niñera. También hacía las veces de ayudante de comadrona. Era una persona muy apreciada por su bondad y buen conformar. También era llamada para ayudar con las mortajas cuando alguien fallecía. A sus setenta años ya había acumulado una gran experiencia en todos estos menesteres.
Cuando salía de la casa de la Tía Capitana de comprar su cuartillo de leche de cabra para el desayuno, oyó el triste y solemne toque de ambas campanas, -ding dong- ding dong- ding dong- -dong…… Como movida por un resorte levantó la vista hacia el campanario y se sintió sorprendida de que alguien hubiera muerto y que ella se hubiera enterado por el tañido de campanas. Miró a su alrededor y no vio a nadie a quién preguntar. El toque a muerto seguía sonado. Llevaba unos días que se sentía cansada y lo achacó al reuma que le tenía los tobillos y rodillas tan hinchados.
Encaminó sus pasos hacia la tahona y se cruzó con la Eufemia, la mujer del panadero. Tiraba del ramal de su acémila, con los serones llenos de hogazas de pan. Era pan candeal y pan canedo, para los pastores y sus mastines, cuyos rebaños trashumantes pasaban su invernada en las Dehesas del Águila, al resguardo de las ventiscas. Bernardina se sintió dolida por la indiferencia de Eufemia, que no respondió a su saludo. No tuvo ocasión de preguntarle quien era el difunto de aquella mañana.
Cuando salió de comprar su libreta de pan vio venir al Mayordomo de la Hermandad de Entierros con uno de los acólitos. Les oyó comentar: pobre Bernardina, tan buena mujer como era. Somos muchos los que la echaremos de menos. Ella se sintió mareada y prefirió no preguntar nada. Les siguió por las embarradas callejuelas que conducían a su casa. Cuando vio al Mayordomo y su acólito entrar en su casa, el corazón le dio un vuelco y un llanto desconsolado le vino a la garganta. Supo en ese instante que en esa ocasión lloraba por sí misma, por su propia muerte.
Descanse en paz Bernardina, se oyó decir al Mayordomo. Descanse en paz, secundó el acólito.
Historias del Tabernario
Historias del Tabernario
- Colores, ¡pon de beber! Somos cinco.
- Tranquilo Corea, que ya voy.
Colores, el anciano tabernero, curtido por muchos inviernos y por el trato con los rudos bebedores de su aguardiente de
El bebedor tempranero suele ser de tiro rápido; se echa la copa al coleto de un solo trago y gusta de chasquear la lengua, soltando una especie de “trallazo”, mostrando así su gran satisfacción por el “latigazo” ingerido. Son gente impaciente, que exige rapidez en el servicio. Ello obedece a que sus organismos reclaman sus primeras dosis de alcohol. Lo demuestran cuando, al entrar en la taberna, vienen ateridos por el relente, como entumecidos. Si la primera copa viene rápido, la segunda vendrá antes, parece que reflexionan.
- Colores, eres el mejor. Ya quisiera ese perico de Chicote que dicen que hay en los madriles. –Cacareó eufórico el “Verraco de Corea”, que así se apodaba el feligrés que había pedido la ronda, para, segundos después, soltar el chasquido de rigor, que fue secundado por sus comparsas con pequeñas variables-
- ¡Pon otra, Colorao!, que ésta es mía. –Soltó el Tío Mameluco, veterano en la ronda del aguardiente. Cuarenta años o más, solía afirmar. Mientras así decía, sacó la petaca y ofreció picadura a los compañeros.
- Corea, paga. –Le dijo Pirón, otro cofrade-, que luego te olvidas.
- Quién fue a hablar…El que no tiene palabras.-Así dijo Corea, a la vez que, con cierta pomposidad sacaba de su pelliza un enorme billetero, del que extrajo dos billetes de una peseta, el coste de la ronda de cinco copas, a cuarenta céntimos cada una.
Piron tenía fama de bruto. Parece ser qué, cuando llegaba a casa, borracho, requería de amores a su sufrida mujer - con la que, pese a no tener hijos, convivía desde hacía largos años-, y si le rechazaba, en venganza, se subía al tejado, se abrazaba a la chimenea y, simulando que fornicaba, la echaba abajo, llenando el hogar de cascotes y escombro. Sobrio era una bellísima persona.
La peña siguió tomando sus copitas, hasta completar las cinco cabales. Cada uno pagó su ronda y, de pronto, alguien soltó un órdago.
- Colores, pon otra y que se cague el cielo. ¡Pinta en bastos!
A la vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, Colores, el tabernero, trató de moderar la situación. Era el Corea, que se había sentido provocado por el tío Pirón. El tema era que, al pedirse otra ronda, los restantes estaban obligados a corresponder. El tener que pagar las rondas siguientes tampoco era todo el problema. Lo malo estaba en tener que beber otras cinco copas cada uno. Negarse era una especie de deshonra, pues se tocaba el pundonor de cada uno de ellos, en lo tocante a dinero y, lo que es peor, a su hombría,-yo aguanto más, ergo, yo soy más macho. Diez copas de aguardiente secuestraban su discernimiento, por lo que seguirían otras cinco y, así, hasta quedar tirados por los suelos.
- Oye, Corea, somos amigos y por eso te voy a decir una cosa. Tienes muchas cabras recién paridas y otras que en estos momentos estarán pariendo, el ganado te necesita, anoche les diste la sal y están muertas de sed. Tienes que echarlas al agua. Tú eres el mejor cabrero de la comarca y lo sabes mejor que nadie. Tus compañeros también tienen sus obligaciones y tienen que ir a sus tareas. ¡Es que no te haces cargo, coño!
- Pon otra ronda.- Lo dijo con un rono ronco, arrastrando las erres, como un macho cabrío cuando se encabrita. Aquel tono era inapelable. Todos lo sabían. Podían entrar en juego las cabriteras. O los garrotes.
- ¡Que la ponga!, saltó Pirón, que este no tiene media hostia. –Se refería a Corea, que efectivamente, pese a ser corajudo y violento, era petiso y se libró de la mili por la talla.
De forma imprevista, Corea le saltó por la espalda y con la cabritera, (de 108 girodias), le cortó la gorja, degollándole. Quedó tendido en un charco de sangre. Sus mal pronunciadas palabras, sin resuello, fueron algo así como… “Te espero en los piornales, barraco de mierda...”
- Colores, ¡pon de beber! Somos cinco.
- Tranquilo Corea, que ya voy.
Colores, el anciano tabernero, curtido por muchos inviernos y por el trato con los rudos bebedores de su aguardiente de
El bebedor tempranero suele ser de tiro rápido; se echa la copa al coleto de un solo trago y gusta de chasquear la lengua, soltando una especie de “trallazo”, mostrando así su gran satisfacción por el “latigazo” ingerido. Son gente impaciente, que exige rapidez en el servicio. Ello obedece a que sus organismos reclaman sus primeras dosis de alcohol. Lo demuestran cuando, al entrar en la taberna, vienen ateridos por el relente, como entumecidos. Si la primera copa viene rápido, la segunda vendrá antes, parece que reflexionan.
- Colores, eres el mejor. Ya quisiera ese perico de Chicote que dicen que hay en los madriles. –Cacareó eufórico el “Verraco de Corea”, que así se apodaba el feligrés que había pedido la ronda, para, segundos después, soltar el chasquido de rigor, que fue secundado por sus comparsas con pequeñas variables-
- ¡Pon otra, Colorao!, que ésta es mía. –Soltó el Tío Mameluco, veterano en la ronda del aguardiente. Cuarenta años o más, solía afirmar. Mientras así decía, sacó la petaca y ofreció picadura a los compañeros.
- Corea, paga. –Le dijo Pirón, otro cofrade-, que luego te olvidas.
- Quién fue a hablar…El que no tiene palabras.-Así dijo Corea, a la vez que, con cierta pomposidad sacaba de su pelliza un enorme billetero, del que extrajo dos billetes de una peseta, el coste de la ronda de cinco copas, a cuarenta céntimos cada una.
Piron tenía fama de bruto. Parece ser qué, cuando llegaba a casa, borracho, requería de amores a su sufrida mujer - con la que, pese a no tener hijos, convivía desde hacía largos años-, y si le rechazaba, en venganza, se subía al tejado, se abrazaba a la chimenea y, simulando que fornicaba, la echaba abajo, llenando el hogar de cascotes y escombro. Sobrio era una bellísima persona.
La peña siguió tomando sus copitas, hasta completar las cinco cabales. Cada uno pagó su ronda y, de pronto, alguien soltó un órdago.
- Colores, pon otra y que se cague el cielo. ¡Pinta en bastos!
A la vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, Colores, el tabernero, trató de moderar la situación. Era el Corea, que se había sentido provocado por el tío Pirón. El tema era que, al pedirse otra ronda, los restantes estaban obligados a corresponder. El tener que pagar las rondas siguientes tampoco era todo el problema. Lo malo estaba en tener que beber otras cinco copas cada uno. Negarse era una especie de deshonra, pues se tocaba el pundonor de cada uno de ellos, en lo tocante a dinero y, lo que es peor, a su hombría,-yo aguanto más, ergo, yo soy más macho. Diez copas de aguardiente secuestraban su discernimiento, por lo que seguirían otras cinco y, así, hasta quedar tirados por los suelos.
- Oye, Corea, somos amigos y por eso te voy a decir una cosa. Tienes muchas cabras recién paridas y otras que en estos momentos estarán pariendo, el ganado te necesita, anoche les diste la sal y están muertas de sed. Tienes que echarlas al agua. Tú eres el mejor cabrero de la comarca y lo sabes mejor que nadie. Tus compañeros también tienen sus obligaciones y tienen que ir a sus tareas. ¡Es que no te haces cargo, coño!
- Pon otra ronda.- Lo dijo con un rono ronco, arrastrando las erres, como un macho cabrío cuando se encabrita. Aquel tono era inapelable. Todos lo sabían. Podían entrar en juego las cabriteras. O los garrotes.
- ¡Que la ponga!, saltó Pirón, que este no tiene media hostia. –Se refería a Corea, que efectivamente, pese a ser corajudo y violento, era petiso y se libró de la mili por la talla.
De forma imprevista, Corea le saltó por la espalda y con la cabritera, (de 108 girodias), le cortó la gorja, degollándole. Quedó tendido en un charco de sangre. Sus mal pronunciadas palabras, sin resuello, fueron algo así como… “Te espero en los piornales, barraco de mierda...”
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Datos personales
Archivo del blog
-
►
2008
(20)
-
►
diciembre
(20)
- Un poeta varado en el estero. Porque los pensamie...
- “Á cavera” Galicia tiene un algo de “terra máxic...
- MUERTES IMPROBABLES, PERO NO IMPOSIBLES
- BERNARDINA
- Historias del Tabernario
- Los siguinentes serán en castellano. (I swear it ...
- LA SENDA
- LA HUIDA DE LA MUSALLERA
- TOMAR EL OLIVO
- DEVINO REVENGA
- SUSO DE ANDRADE
- Molly Malone’s Snacks & Draughts (Intown´s main Lo...
- EL BERRACO
- LA CORUÑA
- LA LLUVIA
- LUZ AZAFRANADA
- EL GALAPAGO
- EL FURTIVO Minguín, mi muchacho, quiere que le en...
- Crista se enamora de un malgache. Alcaparras pend...
- "O Pote"
-
►
diciembre
(20)