El Abuelo Celedonio.
Los Pernía eran una familia al “viejo estilo”, podríamos decir, en la que convivían el matrimonio formado por Luís y Marisa, los dos hijos mellizos de la pareja, Luisito y Ramón, y Celedonio, el abuelo. Tenían una mascota a la que adoraban, Zulú, un perro bóxer, de edad muy avanzada para su raza, más de quince años. Los niños habían crecido con él y le consideraban un miembro mas de la familia. El pobre animal había empezado a tener achaques y a ensuciar el pasillo, en uno de cuyos recodos tenía su yacija. La vivienda era propiedad de Celedonio, el abuelo, un anciano bonachón que tenía una excelente relación con la familia, a la que entregaba la totalidad de la pensión que percibía, con la sola condición de que, dentro de lo posible, se dedicase a la educación de sus nietos.
Ocultaba a su familia que él, como Zulú, tenía problemas de contención de orina. De hecho, sospechaba que puede que ya lo supieran, pues alguna vez que otra, no podía evitarlo y se orinaba, mojando su ropa interior y el suelo del cuarto de baño. El, con mucho amor propio –siempre que podía-, lo ocultaba, lavando personalmente su ropa y colgándola en el tendedero, o metiéndola directamente en la lavadora, para que pasara desapercibida. Los nietos habían comentado a sus padres que oían al abuelo hablar solo, como enfadado.
“No tienes remedio –solía decirse a sí mismo, recriminándose-, el problema es que no te organizas. Deberías llevar una vida mas disciplinada, levantarte mas temprano, antes de la hora en la que suelen entrarte esas ganas de orinar, que luego no puedes contener. ¿Qué haces en la cama a estas horas? Si, será domingo y todo lo que tú quieras, pero ya deberías haberte levantado para sacar al pobre Zulú. Eres casi tan perezoso como los mellizos, que no hay forma de que madruguen. Levántate de una vez y descarga esa vejiga de cerdo agujereada que tienes. Si sigues en la cama, no tardarás en mearte encima. Menudo papelón: “Mi suegro es un viejo meón, la que me ha caído con él”” Y lo gracioso es que no tiene ninguna enfermedad, ni siquiera padece de próstata”. No tardarías en comprobar cuanto se reiría tu nuera de ti. Serías la comidilla de las vecinas, especialmente esa viuda del segundo, tan guapa. ¡Venga, arriba!, no seas perezoso, saca a Zulú y déjate de tonterías. Menos mal que los gemelos, tus nietos, te adoran, como tú a ellos. Quieren que les acompañes para que les veas entrenar con su equipo de fútbol ¡nada menos!, Si ellos supieran que tienes que ir al cuarto de baño constantemente y que estás peor que Zulú, que ya es decir, no pensarían en llevarte con ellos a los entrenamientos.
Luís, el hijo de Celedonio, pese a estar despierto, permanece en la cama. Espera paciente a que su padre se levante y saque a Zulú para darle unos achuchones a Marisa, su mujer. Es el único momento que tienen, mientras los niños duermen como troncos y el abuelo sale a sacar al perro al parque.
Se oye ruido, parece que el abuelo se está levantando, -reflexiona-, a ver si es verdad que esta vez se da un buen paseo. No anda apenas nada. Me tiene preocupado, está muy raro últimamente y se le está agriando el carácter. Menos mal que hoy es domingo y no tengo que madrugar. Estoy un poco harto de tomar el metro a diario, de aguantar a los clientes y, en especial, al nuevo director. No me extraña nada que nos jóvenes se revelen contra las normas establecidas y prefieran no atarse a la vida monótona, plana y rutinaria. Me siento explotado por todo cuanto me rodea. Pero en fin, que le vamos a hacer; también tengo mis compensaciones y una de ellas es aprovechar la mañana del domingo para abrazar a Marisa mientras mi padre se va al parque con el perro y los mellizos duermen como lechones. De todas formas tengo poco tiempo, también he de aprovechar la ausencia del abuelo para hablar con Marisa y los chicos sobre el futuro de Zulú y lo que ayer me dijo el veterinario. Tiene un cáncer terminal y su calidad de vida se verá mermada de día en día. Empezará a no poder controlarse en absoluto y la convivencia con él se hará imposible. Me ha dicho que si estamos de acuerdo, él puede encargarse de ponerle una inyección letal, o bien una pastilla. No sufriría en absoluto. Será muy doloroso para todos, especialmente para el abuelo y los chicos que, como aquel que dice, se han criado con él.
¡Juventud, divino tesoro!, -se dice el abuelo mientras se dirige al cuarto de baño- , duermen todos como leños, Lo únicos que no dormís sois Zulú y tú, Esto confirma que la vida hace extraños compañeros de viaje- Menos mal que has llegado al cuarto de baño, pese a que, como casi siempre, te has meado fuera. Coge la fregona y friégalo, si no quieres oír a tu nuera cuando vuelvas del parque. Menos mal, que dentro de lo malo, te trata como a un padre.
El abuelo se dispuso a sacar a Zulú, que le miraba apremiante desde la puerta de salida. No le faltaba más que hablar, “me estoy meando”, parecía querer decirle, “date prisa, que no puedo más”. Mientras el abuelo le pone la correa, el pobre animal se orina sobre el alfombrín de la entrada, mojandole incluso los zapatos. Celedonio maldijo por lo bajo y simuló castigar al animal con la correa, pero cayó en cuenta de que ambos estaban en situación parecida y una sensación de ternura se apoderó de él. Secó como pudo el orín y puso la alfombra a secar en el tendedero, más que nada para quitarlo de la vista de Marisa, su nuera. Lo último que deseaba era molestarla. Tras cambiarse de zapatos, salió a la calle con el perro y ambos se dieron un paseo por el parquecillo existente cerca de la casa. El animal caminaba lento y triste. Tras defecar en el césped, volvió junto a Celedonio. El animal se negó a seguir caminando en otra dirección que no fuese regresar a casa. El anciano comprendió al perrol perfectamente y juntos tomaron el camino de regreso. Cuando al final del ancho pasillo que formaba el portal, llamó al ascensor, sintió que se le aflojaba el vientre y, ¡ocurrió el desastre!, se lo hizo encima. Se contuvo como pudo y entró en casa apresuradamente, metiéndose en el cuarto de aseo, que tenía para su uso casi exclusivo. Se sentó en el WC, tras haberse desnudado casi por completo. Se dio una ducha y lavo a mano su ropa interior; todo con tal de evitar que aquello se supiese. Afortunadamente ninguna vecina le vio colgando sus calzoncillos, pensó para sí. Mientras tanto, Luís, el hijo de Celedonio, estaba en el salón con su mujer y los dos mellizos. Les estaba explicando lo que había dicho el veterinario. Lo mejor era una inyección letal. Garantizaba que el animal no sufriría en absoluto. Para entonces el abuelo mantenía uno de sus monólogos.
¿Y ahora qué?, ¡vaya mierda de vida!, y nos lo queríamos perder. Para que te des cuenta de que no se pueden dar pasos improvisados; deberías haber esperado para salir de casa y haber hecho tus “deberes fisiológicos”. Si sabías que a esa hora, más o menos, es cuando sueles ir al baño, ¿por qué no esperaste? Si, ya se que el perro no podía esperar más, el pobre animal, de hecho hasta te mojó los zapatos. Pero deberías haber razonado que si es el perro el que ensucia, la “culpa” sería de él y no tuya. Si tu te ensuciabas por un desliz del perro, la “culpa” era tuya y solo tuya. De ti es de quién dirían:” el pobre Celedonio se ensucia encima”,” el pobre Celedonio necesita pañales como un bebé”. ¿Te servirá de excusa tu senectud, tus tripas de viejo achacoso, con diarrea crónica? Sí, sí te servirá. Serás objeto de la lástima, de la piedad de algunos, de los que te quieren. Pero también lo serás del sarcasmo de otros, de los de siempre, de aquellos que tienen una risa fácil y el humor a flor de piel. Dirán: pobre hombre, se ensucia encima y no lo puede evitar. ¡Menuda cruz le ha caído a su nuera! Se impone organización, disciplina, Ajustarse, dentro de lo posible, a los horarios del cuerpo. Ah, y a no mentirte a ti mismo no acudiendo al médico para que ponga remedio, si es que lo hay, para las cosas que te pasan. De nada te servirá esconder la cabeza debajo del ala.
Cuando el pobre Celedonio terminó de componer –lo mejor que pudo-, el desaguisado causado por su colitis crónica, que hasta ese momento había mantenido en secreto, se encaminó a su dormitorio, junto al salón. Involuntariamente oyó que estaban todos hablando y, para su sorpresa, oyó lo que sigue:
- En la clínica me lo han dejado muy claro. Su calidad de vida irá a menos, de día en día. El pobre sufrirá al ver que su cuerpo no le responde. Se lo hará encima, manchará la casa y por supuesto la cama donde duerme. Tendrá vómitos y hasta hemorragias. Al fin y al cabo es un enfermo terminal.- dijo Luís, su propio hijo.
- A mi no me importa, -terció Marisa, su mujer-, al fin y al cabo, con lejía, amoniaco y detergente para la lavadora, estas cosas se pueden sobrellevar mejor que en tiempos de nuestros abuelos. Pero comprendo, pese al cariño que todos le tennos, que es repugnante. Lo mejor, desde mi punto de vista –ya que no va a sufrir-, es que le demos la pastillita y a otra cosa. También podemos llevarle directamente a la clínica y que allí se ocupen de todo.
El abuelo, que seguía escuchando desde su dormitorio, no daba crédito a lo que estaba oyendo. Los chicos, los dos mellizos, con la nobleza que caracteriza a los jóvenes, se ofrecieron voluntarios para limpiar lo que hiciera falta, con tal de no llegar al extremo de darle la pastilla final. Celedonio, al oírles, no pudo evitar echarse a llorar amargamente.
El aanciano se recluyó en su cuarto, armado con el cuchillo jamonero, negándose a probar bocado, con la excusa de estar empachado. A los dos días desapareció de la casa y presentó una denuncia en comisaría contra su hijo y su nuera por intento se asesinato.
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